¡POR FIN! (3)
Las tradiciones budista y taoísta han asimilado el descubrimiento de la bondad esencial al proceso de clarificación del agua turbia. Naturalmente, el agua permanece clara y transparente, pero la agitación puede levantar el lodo del fondo y enturbiarla. Lo mismo ocurre con nuestra conciencia, esencialmente limpia y transparente, pero que también puede verse enturbiada por los pensamientos y emociones contradictorias. ¿Qué otra cosa podemos hacer si queremos limpiar el agua sino dejar que se sedimente? Si hacemos cualquier esfuerzo por limpiarla, no haremos más que seguir ensuciándola. No conviene, por tanto, que nos digamos: «los pensamientos positivos me liberarán de la tristeza» porque así sólo conseguiremos hundirnos más en ella hasta acabar en la depresión. Tampoco nos interesa decirnos: «la expresión del enfado me liberará de la ira» porque, en tal caso, no haremos más que extender la suciedad. El agua de la conciencia sólo recupera su transparencia cuando nos damos cuenta de la suciedad y reconocemos que nosotros no somos el ruido provocado por la turbulencia del pensamiento y del sentimiento.
La metáfora de dejar que el agua se sedimente y recupere sola su transparencia también se aplica al trabajo terapéutico. En el mejor de los casos, la terapia no implica analizar los problemas ni tratar de encontrar soluciones. Cuando un terapeuta puede tratar con Amor incondicional cualquier cosa que aparezca en su cliente y se permite estar y acompañarle, está ayudándole a aceptarse a sí mismo y a su experiencia. Entonces es cuando pueden dar el siguiente paso, es decir, conectar con su experiencia y permitir que se ponga de manifiesto lo que está ocurriendo por debajo de la superficie.
EXPIACIÓN
BUENOS DÍAS, EMPRESA
EL NIÑO PERIFÉRICO
UNA HISTORIA (QUE PREFERIRÍA QUE NO FUERA) REAL
APRENDER A PEDIR, APRENDER A RECIBIR
TAMBIÉN SE PUEDE SER SOLIDARIO SIN IR A ÁFRICA
DALE DURO A LA EXPERIENCIA
¿Es posible convertir al pensamiento en meditación? […]. ¿Cómo podemos entrar en ese estado? En el mismo momento en que tratamos de separarnos del pensamiento estamos generando una dualidad, una relación sujeto/objeto. Entonces es cuando rechazamos nuestra experiencia y nos separamos de ella, perdiendo el estado de conciencia […]. Pero cuando nuestra conciencia permanece en medio del pensamiento, el pensamiento mismo acaba disolviéndose […]. Manténgase, desde el mismo comienzo […] en el pensamiento, permanezca simplemente ahí […]. En tal caso se convertirá en el centro del pensamiento -aunque, en realidad, ahí no exista ningún centro y ese centro será el equilibrio. Pero aunque ahí no exista ‘ser’, ‘relación sujeto/objeto’ ni categoría alguna, al mismo tiempo, existe […] la apertura más completa […]. Cuando nos despojamos de todo pensamiento, todo pensamiento se convierte en meditación […].
Poco importa, cuando nos adentramos en esa dimensión, lo que estemos haciendo; poco importa que estemos conduciendo, sentados, trabajando o hablando; poco importa que estemos emocionalmente apasionados o inquietos; poco importa que nuestra mente se halle desbordada por las cosas más terribles; poco importa que no podamos controlamos o que nos sintamos deprimidos |…] porque, en cualquiera de esos casos, ahí seguirá sin haber nada […j o, dicho de otro modo, cualquier cosa que aparezca acabará formando parte de su meditación. Poco importa, cuando la conciencia se despierta y nos fundimos con el pensamiento, que estemos tensos, porque ese mismo instante puede ser más intenso y poderoso que la más prolongada de las meditaciones.