EL MARKETING DEL DESPERTAR

Desde hace unas semanas estoy conversando con un emprendedor que no encuentra la manera de gestionar su actividad con la suficiente pericia para obtener de ella la cantidad necesaria de recursos que le permitirían vivir con holgura económica. En la sesión preliminar, cuando conocí a la persona y el objetivo que perseguía, acepté el encargo de acompañamiento no sin antes resolver alguna duda. La reticencia inicial nació en mi razón que me decía que ésta era una consultoría tradicional que pertenecía a mi pasado y que no encajaba en mi nueva orientación. Sin embargo, a medida que profundicé en la conversación de ese primer encuentro, la intuición acabó por inclinar la balanza en favor del sí. Hacía pocos días que había descubierto el libro de John Welwood, La psicología del despertar, y, de alguna manera, sentí con ese emprendedor que podía poner en práctica el acompañamiento comercial de la presencia incondicional.

Cada una de las conversaciones que he tenido con esta persona, cada una de las ideas promocionales o propuestas creativas que he compartido con ella han surgido desde el ‘no hacer’, desde el sentir que aparece en la apertura a la experiencia, sin intentar ‘controlar’ lo que sentía. El proceso está siendo totalmente novedosos para mí y, a tenor de las sensaciones y del feedback que recibo, el resultado es, por ahora, satisfactorio.

Después del accidente, antes de ser coach, trabajé durante varios años como consultor de marketing estratégico para pymes y emprendedores. Realicé decenas de propuestas, estudios y asesorías tanto en el área comercial y de marketing como en el área de gestión. Hoy, ahora, tras experimentar las bondades del ‘marketing del despertar’, reconozco que ninguna de ellas me sacó una creatividad más coherente con las necesidades del proyecto en cuestión y ninguna de ellas me hizo conectar con tanta transparencia con la esencia de mi cliente.

¡POR FIN! (3)

Sigo con los pequeños tesoros que descubro en La psicología del despertar de John Welwood:

Las tradiciones budista y taoísta han asimilado el descubrimiento de la bondad esencial al proceso de clarificación del agua turbia. Naturalmente, el agua permanece clara y transparente, pero la agitación puede levantar el lodo del fondo y enturbiarla. Lo mismo ocurre con nuestra conciencia, esencialmente limpia y transparente, pero que también puede verse enturbiada por los pensamientos y emociones contradictorias. ¿Qué otra cosa podemos hacer si queremos limpiar el agua sino dejar que se sedimente? Si hacemos cualquier esfuerzo por limpiarla, no haremos más que seguir ensuciándola. No conviene, por tanto, que nos digamos: «los pensamientos positivos me liberarán de la tristeza» porque así sólo conseguiremos hundirnos más en ella hasta acabar en la depresión. Tampoco nos interesa decirnos: «la expresión del enfado me liberará de la ira» porque, en tal caso, no haremos más que extender la suciedad. El agua de la conciencia sólo recupera su transparencia cuando nos damos cuenta de la suciedad y reconocemos que nosotros no somos el ruido provocado por la turbulencia del pensamiento y del sentimiento. 


La metáfora de dejar que el agua se sedimente y recupere sola su transparencia también se aplica al trabajo terapéutico. En el mejor de los casos, la terapia no implica analizar los problemas ni tratar de encontrar soluciones. Cuando un terapeuta puede tratar con Amor incondicional cualquier cosa que aparezca en su cliente y se permite estar y acompañarle, está ayudándole a aceptarse a sí mismo y a su experiencia. Entonces es cuando pueden dar el siguiente paso, es decir, conectar con su experiencia y permitir que se ponga de manifiesto lo que está ocurriendo por debajo de la superficie.

EXPIACIÓN

Almudena me dice que su caso no es único. Que conoce a una compañera de profesión que también vende su cuerpo para mortificarse en vida. Se hace llamar Icíar y dice que es la puta más bella que conoce. Alta, agitanada, exuberante, exótica. ‘A pesar de ser la más cara del burdel, nunca le faltan clientes’- reconoce Almudena.
La tragedia de Icíar también empieza con una historia de amor gentil, recíproco y sano que, al contrario de lo que le sucedió a Almudena, se iba endulzando con el paso del tiempo. El idilio se truncó en seco una noche de pasión en la que Icíar experimentó con su marido un acto de sumisión sexual que se les escapó de las manos. Tras la catástrofe, Icíar deambuló durante muchos años de botella en botella para ahogar su culpa. Sin embargo, las únicas que sucumbieron a tamaña sobredosis de licor fueron su belleza y su dignidad. La primera vez que se acostó con un desconocido vio un rayo de luz, no tanto por el dinero que recibió, sino por el hecho de haber encontrado una manera más macabra y masoquista de ejecutar la penitencia que se había auto impuesto para el resto de su vida. Hartarse de alcohol era un castigo demasiado fácil, demasiado vulgar. La prostitución le daba la posibilidad de sentirse sucia, maltratada y de acercarse como víctima a un acto pasado en la que ella ejerció de verdugo. Hoy, Icíar ha dejado el alcohol y se sube cada noche a un tacón para lucir el brillo de su carrocería y, así, poder acceder a los clientes más soeces que saben humillarla como ella necesita.

BUENOS DÍAS, EMPRESA

Hace años colaboré en una escuela de negocios como asistente de un curso de desarrollo de liderazgo que se incluía en el currículo de la mayoría de programas ejecutivos. En el curso se hablaba de inteligencia emocional y se ofrecía a cada participante una sesión de coaching con el fin de ayudarle en el desarrollo de sus habilidades como directivo. La palabra emoción formaba parte intrínseca de los contenidos, pero, a mi modo de ver, se abordaba desde una perspectiva demasiado racional. Al participante, no sólo se le ofrecía la posibilidad de medir su capacidad emocional para ejercer una influencia positiva en los demás, sino que se le acompañaba en el diseño de su plan de acción para aprender a desarrollar las competencias necesarias para ello. 
Valoro positivamente este esfuerzo por introducir un tema tan ‘blando’ como la emoción en un mundo tan ‘duro’ como la gestión empresarial, pero el camino elegido se me queda corto. Es comprensible que las universidades sólo acepten en sus programas aquellos modelos que estén contrastados científicamente (como era el caso), pero, lo siento, intentar medir la capacidad empática de una persona me resulta, por decirlo amablemente, tan ambicioso como intentar medir su capacidad de amar. 
La empresa de elevar la conciencia de una empresa no es tan difícil. Basta aprender los mecanismos que se necesitan para salirse del ‘mainstream’, de la zona de confort; mecanismos que, por otra parte, se enseñan a bombo y platillo en las mismas aulas universitarias cuando se habla de innovación y creatividad. No hay que ir muy lejos para demostrar que las empresas también pueden despertar a la concencia. Joan Melé y su banco ético nos demuestran desde hace años que dinero y conciencia no son conceptos tan antagónicos como parece.

EL NIÑO PERIFÉRICO

Se acerca un grupo de sillas de ruedas infantiles, cada una de ellas empujada por un voluntario. Al llegar a mi altura, uno de los niños me grita: ‘¡Qué silla más chula!… ¿Dónde la has comprado?’. El señor que lo acompaña se para y lo acerca a mi vera. Yo hago lo mismo. Mientras le respondo, tiendo la mano para acariciar la suya. Tiene los dedos diminutos, inmóviles. Así como sus manos y sus brazos. La cara, en cambio, es una juerga, un no parar. Roberto me ríe, me observa, me interroga. ‘¿Cómo te llamas?, ¿Dónde vives?’. Le respondo con naturalidad sin dejar de recorrer el anverso de su mano con la yema de mi dedo pulgar. No es un gesto forzado, sencillamente me siento bien ahí. Al rato, se incorpora a la conversación un niño negro con serias dificultades para expresarse. Aquello es una fiesta. ‘¿Por qué no puedes andar?, ¿Tienes novia?, ¿Eres del Barça?’.
Ya en el paseo marítimo, entretengo mis pensamientos en Roberto y en la naturaleza de sus cuestiones. A mí también me intriga cómo ha llegado a esa silla, cómo y dónde vive, quién cuida de él y cuál es su jugador favorito. Pienso en la cantidad de personas que conocerá a lo largo de su vida y que, no sólo se callarán esas preguntas que ahora él hace de forma tan cándida, sino que, además, sentirán rechazo, pena o compasión por su persona tras descubrir la diminuta quietud de sus manos. 

UNA HISTORIA (QUE PREFERIRÍA QUE NO FUERA) REAL

Hace cinco años que Almudena ejerce la prostitución. Su carrera de meretriz empezó una noche de farra en la que su mejor amigo la retó a acostarse con el tío más rico del lugar. ¿A que no te lo tiras? A que sí. Y fue que sí. Al día siguiente, Almudena se despertó con un fajo de billetes bajo la almohada y una posibilidad para poder reconstruir la ruinosa situación económica y emocional en la que se encontraba.
La tragedia empezó como empiezan la mayoría de tragedias: con una historia de amor. Almudena trabajaba de directora comercial en una multinacional y se enamoró locamente de su presidente, quien la agasajó como una reina hasta convertirla en esposa y madre de sus hijos. Ya en el hogar, y desposeída de su independencia económica, Almudena tardó en descubrir los dos componentes básicos que su marido había aleado para forjar el metal de la daga que la estaba descuartizando psicológicamente: la superdotación y un patológico sentimiento de inseguridad. El punto y final de este calvario lo puso un juez ciego y machista que, no sólo le concedió la custodia de los tres hijos al padre, sino que echó a la madre de la vivienda familiar y la condenó a seguir un tratamiento psiquiátrico en un centro para enfermos mentales.
‘Cada vez que salgo del hotel con el dinero en el bolso, me siento una mujer rica’ -me confiesa. Cuando leí esta frase, la traduje como ‘cada vez que le saco pasta a un ejecutivo, es como si le devolviera una puñalada a mi ex marido.’ O también, como ‘cada vez que paso una noche fuera de mi casa, es una noche menos que dejo de atormentarme por la ausencia de mis hijos.’

APRENDER A PEDIR, APRENDER A RECIBIR

La gran lección vital que me ha dado la tetraplejia es, sin ninguna duda, la de aprender a pedir. Además de todo el listado de asistencias que recibo de mis cuidadores desde que me levanto hasta que me acuesto y que no las incluyo en la categoría de pedido porque llevan implícitas una contraprestación económica, hay una multitud de pequeñas ayudas anónimas y altruistas que recibo de mis familiares, amigos, vecinos y conciudadanos sin las que mi día a día sería bastante más miserable. Subir al autobús, cortar una pechuga de pollo, remontar un rampa del paso de peatones, azucarar el café, alcanzar una lata de la estantería superior del súper. Tengo acumulados millones de favores, millones de gestos que empezaron en un ‘por favor’ y acabaron en un ‘gracias’. Todos ellos, actos solidarios que hablan de la infinita bondad del ser humano.
Antes de la lesión, fui, entre otras cosas, un ejecutivo agresivo, perfeccionista y auto suficiente. También era un ‘ayudador’ que colaboraba en lo que me pidieran. Una conversación, una mudanza, un business plan. No tenía un no para el otro, fuera cual fuera la solicitud y fuera cual fuera mi motivación hacia ella. Sin embargo, cuando me ponía enfermo o me encasquillaba en alguna relación de pareja o necesitaba una taladradora para colgar un cuadro era incapaz de pedir auxilio. Incapaz e inexperto. Ya en la silla de ruedas, aún estuve varios años empeñado en querer mantener mi auto suficiencia en determinadas circunstancias. Por ejemplo, prefería llamar a mi ayudante antes que ‘rebajarme’ a pedirle a un amigo que me vaciara la bolsa de orina en el baño del restaurante o que me ayudara a acostarme tras una noche de juerga.
Eso, afortunadamente, pertenece al pasado. Y digo afortunadamente porque, como decía al principio, mi vida ha cambiado desde que aprendí a recibir. Con los años he entendido que para saber Amar también hay que saber pedir. Saber ver al otro como una posibilidad para que muestre su lado bondadoso. Saberse ver a uno mismo como un ser merecedor de esa ayuda.

TAMBIÉN SE PUEDE SER SOLIDARIO SIN IR A ÁFRICA

Una de las razones que sostienen los coach ejecutivos para multiplicar por diez el coste de su sesión (comparada con una sesión de coaching personal) es que el impacto de su trabajo, es decir, la mejora de desempeño que tendrá el coachee, se verá repercutida tanto en el desempeño y el bienestar del equipo de aquél como en la cuenta de resultados de la empresa. ‘Si el jefe está bien, todo lo que dependa del jefe irá bien’ – escuchaba. Cuando hice coaching ejecutivo me creí el primer argumento, es decir, el de pensar que cuando acabaría el proceso mejoraría el ambiente y el estado de ánimo de todos los colaboradores de ese directivo. Esa era mi motivación última. Con los años me di cuenta que la cultura de una empresa no se cambia tan fácilmente. Que muchos directivos hacen coaching porque se lo ‘sugieren’ desde arriba y no porque están genuinamente implicados en su proceso de aprendizaje. Y muchas otras cosas más que me sacaron la venda de los ojos.
Desde que dejé a un lado el coaching, sólo he aceptado hacer Conversaciones Genuinas con las personas que han venido a buscarme directamente. Sin directores de RR.HH. de por en medio, ni objetivos cuantificados, ni calendarios. Incluso sin remuneración. Sí. Me siento más cómodo con el trueque. Una fotografía, un banco de tiempo, una buena tarta, un libro. Lo que sea que esa persona quiera ofrecerme como contraprestación de lo que recibe, será un precio justo. Y eso me hace sentir en paz. Las Conversaciones Genuinas me han reconciliado con la primera motivación que me llevó al coaching. Recientemente, con el trabajo que estamos co-creando con un ‘conversador’ dedicado a ayudar a los demás, he vuelto a recuperar esa sensación tan gratificante que supone saber con certeza que cuando esta persona recupere la energía, habrá decenas de personas a su alrededor que se beneficiarán de su resplandor.

DALE DURO A LA EXPERIENCIA

Hoy no escribo. Hoy transcribo una cita de Tarthang Tulku que encontré en esta mina de oro:

¿Es posible convertir al pensamiento en meditación? […]. ¿Cómo podemos entrar en ese estado? En el mismo momento en que tratamos de separarnos del pensamiento estamos generando una dualidad, una relación sujeto/objeto. Entonces es cuando rechazamos nuestra experiencia y nos separamos de ella, perdiendo el estado de conciencia […]. Pero cuando nuestra conciencia permanece en medio del pensamiento, el pensamiento mismo acaba disolviéndose […]. Manténgase, desde el mismo comienzo […] en el pensamiento, permanezca simplemente ahí […]. En tal caso se convertirá en el centro del pensamiento -aunque, en realidad, ahí no exista ningún centro y ese centro será el equilibrio. Pero aunque ahí no exista ‘ser’, ‘relación sujeto/objeto’ ni categoría alguna, al mismo tiempo, existe […] la apertura más completa […]. Cuando nos despojamos de todo pensamiento, todo pensamiento se convierte en meditación […]. 

Poco importa, cuando nos adentramos en esa dimensión, lo que estemos haciendo; poco importa que estemos conduciendo, sentados, trabajando o hablando; poco importa que estemos emocionalmente apasionados o inquietos; poco importa que nuestra mente se halle desbordada por las cosas más terribles; poco importa que no podamos controlamos o que nos sintamos deprimidos |…] porque, en cualquiera de esos casos, ahí seguirá sin haber nada […j o, dicho de otro modo, cualquier cosa que aparezca acabará formando parte de su meditación. Poco importa, cuando la conciencia se despierta y nos fundimos con el pensamiento, que estemos tensos, porque ese mismo instante puede ser más intenso y poderoso que la más prolongada de las meditaciones.

ME SIENTO

Ir en silla de ruedas por Barcelona (*) tiene grandes inconvenientes (o, mejor dicho, retos) y la mayoría de ellos están relacionados con la movilidad. Rampas de pendiente vertiginosa, coches aparcados en mitad de pasos de peatones, estaciones de metro sin ascensor, pavimentos con la superficie rugosa. Muchos padres que pasean a sus bebés en carrito saben de lo que hablo. A pesar de toda esta retahíla de barreras que hay que superar diariamente, con los años empiezo a sentirme un privilegiado de llevar el asiento pegado al culo. La razón es que la silla me habilita para detenerme en cualquier parte y hacer lo que me apetezca hacer en ese momento: observar a la gente, meditar, descansar. Siempre que la meteorología y mi agenda lo permitan, tengo la posibilidad de echar el freno dónde y cuándo me plazca.
Parar. Detenerse. Observar. Observarse. La calle de una gran ciudad no invita a hacerlo dada la escasez de bancos públicos. Quienes quieren recogerse tienen que buscar un local, una casa, un jardín privado, y para ello, generalmente, tienen que planificar y coordinar una serie de acciones. Quizás ese día que se habían reservado surge un imprevisto. Quizás se ven obligados a cumplir con su compromiso aunque no tengan el cuerpo para silencios. La silla de ruedas, siempre que haya tiempo e intención para que ello ocurra, favorece y facilita el vivir en el aquí y el ahora. Ahora me apetece curiosear entre los paseantes. Aquí puedo disfrutar de una sombra refrescante. La respuesta al deseo es, puede ser, inmediata. Y eso, más que una barrera, es un privilegio.




(*) Y que conste que le da mil vueltas a cualquiera de las ciudades españolas que he visitado (me queda Ávila, entre tantas, que dicen que es el paraíso para las personas con movilidad reducida)
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