¡POR FIN! (2)

La Terapia de la Presencia Incondicional (TPI) que propone John Welwood difiere de la terapia convencional en que aquella no está orientada a la solución del problema sino a la recuperación de la presencia del ser. Algo que a mí me gusta llamarlo Amor. El supuesto sobre el que se sustenta la eficacia de la TPI yace en la creencia de que el ser humano es, en su esencia, Amor y cuando uno se conecta con ese Amor incondicional sólo obtiene recompensas positivas en forma de señales que indican el camino a seguir.
Opino que el coaching y, en general, la mayoría de terapias tradicionales consideran que hay un ‘yo aprendiz’ (caso del coaching) o un ‘yo problemático’ (caso de las terapias psicológicas tradicionales) que necesita aprender o cambiar algo. Desde esta perspectiva, el coach o el terapeuta se convierte en un observador externo cuya misión es gatillar el aprendizaje o el cambio que necesita el paciente o el cliente. Como conozco más el coaching, puedo asegurar que la mayoría de corrientes y escuelas enseñan al coach a centrar su atención en el coachee para adecuar toda su intervención (corporal, emocional y de lenguaje) en función de la interpretación que hacen de lo que ven, oyen y sienten de la persona que tienen enfrente. Como alternativa a este enfoque, Welwood propone:

«La transformación vertical alentada por la Presencia Incondicional promueve un cambio de contexto que acaba extirpando de raíz las condiciones mismas que permiten que surja el problema. En tal caso, la persona descubre que su actitud alienada, controladora o de rechazo del problema constituye, de hecho, una parte importante del mismo, con lo cual también puede descubrir nuevas formas de relacionarse con la situación problemática.»

Quizás, es cierto, que la persona aprenderá o cambiará algún comportamiento o emoción durante el coaching o la terapia, pero lo que dice Welwwood y suscribo con todo mi convencimiento, es que ese no debería ser el referente o el objetivo prioritario del profesional. La propuesta es que el coach y el terapeuta acudan a la sesión instalados en el Amor (en la Presencia) Incondicional y que sea ésa, y no el coachee o el paciente, su prioridad. Si es cierta esta teoría, será el Amor y no el profesional el que guíe cada evento, emoción o pensamiento que surja durante la duración del proceso, entendido éste como el tiempo que transcurre durante y, sobre todo, antes y después de las sesiones presenciales. Si es cierta esta teoría, también, será el Amor y no el profesional el que atraiga al coachee o al paciente a conectar con su conciencia amorosa para, desde, ahí permanecer completamente presente en el pensamiento, en la emoción o en la inquietud y sentir cómo toda la situación problemática (el ‘Ello’, que dice Welwood) se relaja, se vuelve transparente al fundamento mismo de la conciencia y, finalmente, se libera.

¡QUÉ RIESGO TIENE MI PRIMA!

De todo lo que he oído y leído en relación a la crisis económica concluyo que hay dos motivos fundamentales que la explican. El primero tiene que ver con la tendencia de los agentes económicos a potenciar su crecimiento en base a la especulación (comprar y vender), en contraposición a la producción (innovar y fabricar). Es decir, hemos construido el edificio del bienestar sobre un terreno pantanoso en lugar de hacerlo sobre una roca. La segunda causa de esta debacle nace, en mi opinión, en lo más oscuro del ser humano: el afán por la ostentación, el derroche y el consumo compulsivo a costa del endeudamiento. O sea, más fango.
Si analizamos el global de la deuda española (*), el 16% corresponde a las administraciones públicas, el 31% es responsabilidad de las empresas no financieras, el 32% es imputable a las empresas financieras  y el 21% corresponde a los particulares. Es decir, aquí no se salva nadie. El virus es ya una epidemia que afecta tanto al alcalde que construyó una biblioteca sin libros, como al ministro de fomento que aprobó un trazado de ferrocarril sin pasajeros, como al presidente de la comunidad que erigió un aeropuerto sin aviones, como al gerente de un club de fútbol que fichó a un crack sin pagar impuestos, como a la familia que firmó una hipoteca cuya cuota se comía las dos terceras partes de sus ingresos. Todos y cada uno de nosotros (o, mejor, una buena parte de nuestra sociedad) le hemos dado rienda suelta a la fastuosidad, la pompa. Nos hemos alienado de nuestra autenticidad y nos hemos convertido en dianas vulnerables para incubar la infección. En mi opinión, los bancos no son los únicos culpables. En tanto que empresarios, sí tienen su cuota de responsabilidad, pero en tanto que financieros, sólo se han aprovechado de una pájara monumental, de una adicción latente. Ellos nos han dado la cerilla, pero lo que nos ha llevado a prender la llama y acercarla al arbusto ha sido nuestra obsesión por el fuego. Ahora el incendio está descontrolado y el viento (los famosos mercados) soplan con furia para saciar su hambre destructiva.
Cuando Karlos Arguiñano o Jaume Barberá o tantos otros ciudadanos culpan a los bancos de la magnitud del desastre repiten, a mi modo de ver, el mismo patrón que lo ha causado. La queja fácil. La ausencia de autocrítica. El ‘mourinhismo’. En definitiva, la desconexión de su esencia amorosa. Es cierto, los bancos (o sea, sus accionistas) han hecho el agosto. Es cierto, no hay ningún interés ni valentía en buscar responsables sobre, por ejemplo, la vergonzosa caída de Bankia, o la rocambolesca y megalómana gestión de determinadas obras públicas. Hagamos lo que esté en nuestras manos para desenmascarar a los golfos que nombra Arguiñano. Pero, ojo. Revisemos también nuestro comportamiento compulsivo. Todavía no he visto a ningún empresario o a ningún trabajador dar un paso al frente para reconocer su adicción y entonar un mea culpa. Eso es una señal inequívoca de que el virus sigue muy, pero que muy activo.
¿Una vacuna? La Revolución Individual. El Consumo Consciente. La reconexión con nuestra esencia amorosa, humilde, generosa. Desde ese lugar se me hace difícil el contagio, por más seductora que sea la propuesta exterior. Si nos aferramos al centro, al Amor seremos incapaces de caer en la tentación y prender la cerilla . Al contrario, Él se encargará de proveernos del valor necesario para negarle el voto al político inconsciente y cerrarle la puerta a la especulación. El Amor será también quien nos señalará la ubicación de la parcela más fértil del bosque donde plantaremos y cultivaremos la semilla que proveerá el alimento para nuestra subsistencia. Ya lo dijo Clarissa Pinkola, «Ser nosotros mismos nos causa ser exilados por muchos otros. Sin embargo, cumplir con lo que otros quieren nos causa exilarnos de nosotros mismos.»



(*) Con toda la cautela y duda con que, desafortunadamente, hay que utilizar los datos oficiales publicados.

¡POR FIN!

Llevo varios días muy agitado, entusiasmado. Gracias a una información que encontré en uno de los blogs de mi admirado Andrés Schuschny, he conocido el trabajo de John Welwood. Tengo que reconocer que, tras Humberto Maturana, esta es la segunda vez en mi vida que encuentro un autor cuyas palabras resuenan en mi interior con una fuerza y alegría desmesuradas. Y esto es así porque Welwood ha sido capaz de darle un envoltorio conceptual a una idea que parí de la más pura intuición y a la que me aferré sin condiciones ni concesiones.

Cuando inicié este blog, como ya he explicado en varias entradas y en la declaración de principios de la cabecera, sentía la necesidad de desarrollar un concepto que fui elaborando de manera inconsciente durante mi etapa como coach: el Amor como espacio terapéutico y la conversación genuina como herramienta para conectar en el Amor. La idea, repito, se fue gestando de forma espontánea a lo largo de un prolongado período de mi vida que pasé en la cama, sin poderme levantar ni una sola hora al día, y tomó forma definitiva tras recuperar la salud y la actividad. Fue entonces cuando, en lugar de volver al coaching, me dediqué a pasear frente al mar. Aquí, entre olas y baños de sol, y de la mano de las personas que insistieron en conversar conmigo («No es coaching» – les decía) descubrí que cuanto mayor era mi centrado emocional, cuanto más puro era el Amor en el que me instalaba, más fluidos y mágicos eran sus procesos de cambio.

Mi algarabía desenfrenada, además del fulgor primaveral, nace a partir de la lectura del libro Psicología del Despertar donde John Welwood, entre otros, desarrolla un concepto que denomina Terapia de la Presencia Incondicional y cuyos principios básicos me saben a ‘este es mi hogar’:

«Yo sentía, sin embargo, la necesidad de encontrar una terapia más acorde con la cualidad de ‘no hacer’, típica de la presencia meditativa. Mi propio trabajo personal me había enseñado que la apertura a la experiencia tal cual es aporta una sensación más plena de presencia, una especie de ‘ser-sin-agenda’ que proporciona una gran sensación de quietud, aceptación y vitalidad. (…) Cuando el terapeuta permanece presente con la experiencia de su cliente, algo puede empezar a relajarse y abrirse dentro de éste. (…) Una y otra vez, he visto que la presencia incondicional es la más poderosa de todas las herramientas del cambio, precisamente porque insiste en que permanezcamos presentes con la experiencia, sin dividirnos en dos a nosotros mismos e intentar ‘controlar’ lo que sentimos. (…) Ésta es, por tanto, la cualidad más importante de un terapeuta; una habilidad que, curiosamente, apenas se menciona en las universidades y que, en consecuencia, tampoco se enseña. (…)  

El ‘no hacer’ de la presencia incondicional es compatible con un amplio abanico de herramientas terapéuticas, tanto directivas como no directivas Y debo decir que en modo alguno se trata de una actitud pasiva, sino de la predisposición activa a afrontar la experiencia sentida e indagar en ella de un modo completamente imparcial, no reactivo y no controlador. Lo que importa, en este punto, no es tanto lo que estamos sintiendo como el acto de abrirnos a ello. (…) Así, cuando permanecemos presentes en medio del enfado se pone de relieve la fortaleza; cuando permanecemos presentes en medio del sufrimiento se pone de relieve la compasión; cuando permanecemos presentes en medio del miedo se ponen de relieve el valor y la confianza, y cuando permanecemos presentes en medio del vacío se ponen de relieve la paz y la amplitud del espacio, cualidades diferentes, todas ellas, del ser en que se manifiesta la presencia.»

Sencillamente maravilloso.

HALLELUJAH

A lo largo de estos últimos diez años, y a raíz de mi inmersión en el mundo del coaching, he tenido contacto con una gran variedad de terapeutas, sanadores, conferenciantes o gurús que me han enseñado sus disciplinas. También he asistido en un par de ocasiones a uno de los festivales espirituales más multitudinarios que conozco: el No Mind Festival. Aquí entablé amistad con una mujer cercana a los sesenta que llevaba años asistiendo a éste y otro tipo de encuentros y retiros en busca de una serenidad que se le resistía. Terapias, curaciones, visualizaciones, reconexiones, … a tenor del trabajo realizado, presupuse que la señora debería estar próxima al nirvana. Sin embargo, después de conocerla con más profundidad, descubrí con sorpresa las elevadas dosis de amargura y sufrimiento que predominaban en su estado de ánimo. 
Y es que hay algunas personas que utilizan el entorno de lo esotérico y lo espiritual como un refugio inconsciente para evitar enfrentarse a sus miedos, fobias o conflictos no resueltos. No nos engañemos. La panacea a nuestra insatisfacción vital no siempre se encuentra en la meditación o la práctica espiritual. Dicho de otra manera, hay situaciones personales y de personalidad que necesitan un trabajo más terapéutico, en el sentido clásico de la palabra. Una cosa es abandonarse a la experiencia mística durante un fin de semana y otra muy distinta es sostener nuestra integridad física y emocional a lo largo de la vida cotidiana: familia, trabajo, pareja. Ponerse a buscar una verdad, una conciencia más elevada sin resolver antes los traumas pendientes puede resultar contraproducente o equívoco. No nos olvidemos, además, que un buen trabajo terapéutico puede ser un excelente punto de partida en el trayecto del auto conocimiento.

Y ENTONCES LLEGÓ LA LUZ

En la última edición del programa Millennium del Canal 33 hablaron sobre consciencia y experiencias próximas a la muerte. La mayoría de tertulianos eran profesionales de la salud física o mental que dedicaban su vida a acompañar a los enfermos paliativos en su tránsito hacia la muerte y que conocían algunos afortunados que habían tocado la puerta del más allá y que, por alguna razón, habían vuelto a la vida. A la pregunta de qué es y dónde está la consciencia, se versaron diferentes opiniones y definiciones. De todas ellas, la que utilizó la doctora Luján Comas fue la que más me fascinó.
Según la doctora Comas, la consciencia es una energía universal y omnipresente que tiene entidad de campo electromagnético y que el cerebro individual la descodifica en forma de pensamientos y emociones. Sería algo similar a lo que ocurre con el televisor, que capta una serie de ondas para transformarlas en luz y sonido. El cerebro, es decir nuestra entidad física, no sería la consciencia en sí o el creador de la propia consciencia, como algunos opinan, sino que sería el instrumento que necesitaríamos para descodificar esa señal cósmica.
Quienes viven una EPM (Experiencia Próxima a la Muerte) cuentan que en ese estado acorpóreo donde se desconectan del cerebro son capaces de sentir un estado de completud y de perfección en el que desaparece el tiempo y en el que se sincronizan con lo que podría definirse como la consciencia universal.

¡OH, DESCÚBREME!

Hace algunos días recibí este tweet: «No hay ninguna zona del cuerpo que no pueda ser erógena, ni tampoco ninguna sensación o emoción.» Me sorprendió que la autora incorporara las emociones como vehículo para sentir deseo sexual. Y me sorprendió porque esto es algo sobre lo que he escrito bastante a raíz de mi deriva personal y, sin embargo, no suelo leer en los textos que hablan de sexualidad. ¿Podemos excitarnos con una emoción? ¿Qué ocurre con nuestra lívido si tenemos una disfunción genital? ¿Qué es y dónde se encuentra el placer?
Conozco una persona que cuando escucha una determinada pieza de una determinada ópera sufre un proceso físico próximo al éxtasis. Con sus calores, sus bombeos sanguíneos y sus respiraciones agitadas. Tengo la teoría que hay muchas más personas que experimentan estas mismas sensaciones al escuchar música, o al mirar una obra de arte o al pasear por un determinado lugar, pero que prefieren callar su reacción por vergüenza al dedo señalador. También hay un buen número de personas que se excitan con situaciones o objetos que escandalizarían a más de uno y que la sociedad ha etiquetado con el nombre de parafilias.
El placer, en mi opinión, puede estar en cualquier zona y puede aparecer en cualquier momento y es una cuestión individual el explorar qué, cómo, cuando y con quien deseamos experimentar nuestra sexualidad. La pregunta, por tanto, no debería ser ¿Dónde está el placer? sino ¿Dónde está tu placer?

UN GLOBO, DOS GLOBOS

La burbuja inmobiliaria no es la única burbuja que ha explotado. También ha explotado la burbuja de la codicia empresarial, la de la acumulación y concentración de la riqueza. Las condiciones del mercado han obligado a unos cuantos multimillonarios a reconocer que la vaca ya no da tanta leche ni de tanta calidad como antes. Para que las grandes corporaciones puedan subsistir no basta con despedir a los trabajadores. Eso es tan fácil y ruin a corto plazo como ineficaz a largo plazo. Ahora los propietarios de las multinacionales tienen que ser más honestos con el precio de venta de sus productos, una variable que, a la vista de los descuentos que se ofrecen en la actualidad, demuestran la hinchazón de la avaricia en la que andaban inmersos. Los consumidores, gracias a la información que circula por internet, saben cuáles son los márgenes reales de los productos y evalúan con mayor conocimiento de causa el verdadero valor de cada euro que están gastando.
Trabajé seis años en una multinacional y tengo varios amigos y conocidos que corroboran conmigo esta tendencia. Algunos directivos (en línea con lo que hacen la mayoría de políticos) tratan de esconder la realidad a sus propietarios con cuentas maquilladas o mensajes incompletos, pero quienes juegan limpio con sus accionistas emplean todo su talento en convencerles para que reduzcan la velocidad de sus ordeñadoras y que les den los recursos necesarios para adaptar su oferta comercial a este nuevo consumidor con pocos recursos que paga muy alto el precio de convertirse en usuario de su producto. Algunos lo llaman consumidor responsable. A mí me gusta llamarlo consumidor consciente.

ADIÓS DON JOSÉ

«Cada palabra que les he dicho a mis jugadores era porque la sentía. (…) Me voy en paz conmigo mismo.» Son algunas de las palabras que dijo Pep Guardiola en la rueda de prensa donde comunicó el final de su su etapa como entrenador del primer equipo del F. C. Barcelona. Palabras, por otra parte, que, a mi entender, tuvieron poco eco en los medios de comunicación, más atentos a los pormenores que acompañaron a la elección de su sucesor.
El liderazgo ha sido analizado por multitud de expertos y desde multitud de puntos de vista. Que si las competencias para gestionar equipos, que si la habilidad para sintonizar con las emociones, … Cada autor, cada propuesta ha tratado de encontrar el santo grial que da acceso directo al podio de los líderes carismáticos. Mi opinión, como no podía ser de otra manera, es que, además del talento, es importante que la persona esté conectada con el Amor, con su genuinidad. Cuanto más profunda sea esa conexión y cuanto más transparentes sean las expresiones púbicas de esa autenticidad, mayores serán las posibilidades de que la persona sea reconocida como líder por parte del grupo.
Guardiola, además de su capacidad técnica y de gestión, habla de sentir lo que dice, de seguir las indicaciones que dicta su instinto para tomar las decisiones. Cuando escucho a Pep, noto una vibración en el estómago. La misma que, supongo, han sentido tanto los jugadores, como los socios del club o como los millones de personas repartidas por el mundo que se han identificado con la persona que había detrás del personaje público.
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