ENSEÑAS DE IDENTIDAD

A la hora de hablar sobre la toma de conciencia hay un aspecto dramático o, si se quiere, desalentador que, en mi opinión, tiene que ver con la poca efectividad, sino inutilidad, de todas las recomendaciones relativas al tema. Hay miles de libros, vídeos, conferencias y demás informaciones que explican qué y cómo hay que hacer para ser más conscientes de nuestra genuinidad y para vivir una vida más auténtica y conectada con nuestra esencia. Cuantas más personas conozco, cuántos más ejemplos leo, más me convenzo de lo aleatorias, simples e incompletas que son esas explicaciones.
Tomar conciencia es, en esencia, un acto personal, emocional y, si se me permite, espiritual. Tomar conciencia es, básicamente, una experiencia. Y, las experiencias, por más que nos empeñemos en quererlas transmitir sólo se pueden sentir. Gozar de un orgasmo o ser padre genera en cada uno de nosotros una avalancha de sensaciones que nunca podrán descifrarse a través de una ristra de palabras. ¿A qué sabe el chocolate negro? ¿Qué sentimos cuando muere nuestra pareja? ¿Y cuando escuchamos Tristán e Isolda?
Ayer cené con un amigo que intentaba explicarme todo el derroche de revelaciones que le estaba produciendo su proceso de toma de conciencia. Dejar de condescender, descubrir la pasión, hablar desde la sinceridad, vivir desde el aquí y el ahora, … Sus palabras trataban en vano de expresar unas vivencias tan poderosas como genuinas. Lo que él no sabía era que a través de sus ojos pude sentir con todo lujo de detalle cada una de sus emociones.

VER PARA MIRAR

El acto de ver es una hecho objetivo, mientras que el acto de mirar es completamente subjetivo. Desde esta acepción, todos podemos ver lo mismo, pero nunca podremos mirar lo mismo. Una obra de arte, por ejemplo, es vista de una sola manera pero es mirada de tantas maneras diferentes como observadores la contemplan. La diferencia está en la interpretación emocional que cada uno hace de ella, en la impronta que deja el objeto visionado. Lo mismo ocurre con las personas, que las podemos ver o las podemos mirar. En el primer caso, tenemos un rol pasivo donde participa, principalmente, nuestra fisiología. En el segundo caso, al mirar una persona nos involucramos activamente en su procesado emocional y energético. Me atrae. Me repulsa. Me excita. Me enternece. Me inspira. Me irrita. Me repugna. Me intriga. Las reacciones, las consecuencias que se reproducen a partir de esa mirada son únicas e individuales. 
Mi opinión es que ese sello, esa ‘marca de la casa’ se emite desde nuestra conciencia, desde nuestra genuinidad. Cuanto más despierta esté nuestra conciencia, cuanto más expertos seamos en descifrar los mensajes que subyacen en nuestra mirada, mayor será nuestra capacidad para elegir sin poner en riesgo nuestra integridad acerca de las cosas que queremos en nuestra vida y de las personas con quien queremos compartirla.

LA CARCOMA

Hay un tipo de personas que viven atiborradas de responsabilidad y preocupaciones y que ocupan su tiempo en algo que les produce el mismo grado de satisfacción que sienten cuando se cepillan los dientes al levantarse. Es decir, cero, nada. Pero, además, con una gran diferencia, porque cuando se asean la boca saben que están haciendo algo beneficioso para su salud y, en cambio, cuando cruzan la puerta de su despacho se deprimen pensando que están malográndola a base de reuniones interminables y un sinfín de tareas inútiles. Son personas que a pesar de su profunda insatisfacción y de sus constantes lamentaciones son incapaces de bajarse del tren artificial en el que andan metidos por miedo a encontrarse consigo mismos. Se reconocen fácilmente porque siempre hablan con el entrecejo arrugado y porque visten trajes almidonados salpicados de caspa y de insignias plateadas que desprenden un repelente olor a rancio.

ALGÚN DÍA LO PINTARÉ

Hay personas que en algún momento de su vida giran la mirada hacia el interior y se dan cuenta, no sólo de que hay alguien más ahí dentro, sino que vale la pena entretenerse un poco en averiguar de quién se trata. En mi trayectoria vital he presenciado en varias ocasiones este momento casi mágico en que una persona descubre que su vida puede ser diferente, más completa y con más sentido. Se le ilumina la mirada, se le abre la cara y le aparece una sonrisa radiante que permanecía sepultada bajo un montón de creencias limitadoras. En un abrir y cerrar de ojos, se despejan todos los miedos y surge un universo repleto de posibilidades. El informático aburrido se convierte en galerista de vanguardia, la comercial parlanchina en profesora, el médico descontento en cocinero creativo y el ejecutivo agresivo en terapeuta de parejas.
Se me hace muy difícil dar recetas o métodos de cómo conseguirlo. Los budistas recomiendan las Noble Eightfold Path. Steve Jobs, en su 2005 Stanford Commencement Address, habla de unir los puntos. Otros dicen que hay que escuchar el estómago. Sea como sea, cada uno de nosotros es libre de averiguar cuándo y cómo alcanzar esa vocación con la que, estoy convencido, nace todo ser humano. No tengo reglas ni pautas para guiar a la persona a darle sentido a su vida, lo único que puedo decir con la rotundidad que me otorga el conocimiento de causa es que eso es posible. 
Sí, se puede. Se puede cambiar la vida. Se pude encontrar el camino de la felicidad.

EL SEXO CONSCIENTE

¿Tocar o acariciar? ¿Hacer el amor o dejar que el amor te haga? Al contrario de lo que ocurre en el sexo instintivo, el sexo consciente no tiene como finalidad el orgasmo a través de la penetración. En el sexo consciente, el cuerpo, los genitales son sólo un medio para alcanzar un estado superior de conciencia. Caricias, silencios, susurros, … cuando una pareja consigue vibrar en la misma frecuencia, cualquier expresión amorosa es susceptible de convertirse en el transmisor energético hacia el éxtasis. En el sexo consciente no hay tiempos, ni cantidades, ni medidas, ni patrones. En el sexo consciente los amantes fluyen en absoluta libertad a lo largo y ancho de su intuición en busca del nirvana. En el sexo consciente el sexo, o, mejor dicho, la energía sexual, es el medio para elevar la conciencia.

EL COSTE DEL SILENCIO (2)

Para entender esta cuestión, me sirvió la lectura de un post que glosaba sobre la teoría de La espiral del silencio que había desarrollado Elisabeth Noelle-Neumann. Según esta socióloga alemana, la sociedad castiga con el aislamiento a los que no cumplimos con el status quo, los que se salen de la norma. Como tenemos miedo al rechazo, estamos permanentemente evaluando la opinión que estamos causando a los demás, lo que repercute en la frescura, sinceridad y espontaneidad de nuestras opiniones o declaraciones.
Si en la sociedad es frecuente este fenómeno, en la empresa se puede hablar de mal endémico. Cuando ejercí de coach ejecutivo, me encontraba una y otra vez con directivos que se callaban muchas opiniones, tanto de sus colaboradores como de sus jefes, quienes, a su vez, también evitaban hablar sobre determinados temas para no comprometer su posición. Como resultado de toda esta falacia, el nivel de confianza entre los componentes de la plantilla era mínimo. Igual o peor que el nivel de implicación y compromiso con la misión de la organización.

EL COSTE DEL SILENCIO

Conocí a Brad Blanton hace años en una actividad de desarrollo personal. La propuesta de este terapeuta estadounidense se sustenta en la idea de que cada vez que callamos nuestro bienestar paga un precio. Para demostrar su teoría, utilizó las experiencias de centenares de participantes en el taller de Honestidad Radical que imparte regularmente en diferentes lugares del mundo. Nos dijo que la finalidad de todas las actividades era conseguir que, de una manera u otra, los participantes pudieran ser capaces de verbalizar todo aquello que habían silenciado a lo largo de su vida. ‘El último día –nos dijo-, cuando ya se han compartido todos los secretos, se puede ver a un grupo de hombres y mujeres aliviados y sonrientes que podrían perfectamente enamorarse unos de otros’.
Comparto con Brad Blanton el mensaje de su propuesta. El camino del bienestar se despeja sobremanera si somos capaces de sacar nuestros secretos de la sombra, mostrar la naturaleza de nuestros miedos o hablar desde nuestra autenticidad. No sé si se puede llamar enamoramiento, pero cuando soy capaz de abrirme sin cortapisas a otra persona experimento una sensación de plenitud que hace que mi vida tenga un poco más de sentido.

¿DÓNDE ESTÁS CORAZÓN?

Ayer volví a ver este vídeo. Y me volví a emocionar. No es habitual escuchar a una neuróloga hablar de conciencia. Y aún es menos común hacerlo desde una experiencia individual. Me fascina la capacidad que tiene esta mujer de sacarse el traje de científica y desnudarse delante de la audiencia para describir lo que sintió. Sus lágrimas al término de su charla son conmovedoras. Testimonios así son, en mi opinión, piedras angulares para soportar y fundamentar los pensamientos de millones de personas que creemos en una dimensión espiritual y energética del ser humano. Personas que, en mayor o menor medida y con mayor o menor repercusión, hemos experimentado en algún momento esa clarividencia, esa conexión cósmica, ese esplendor, esa perfección del aquí y el ahora. Personas que, como Jill Bolte Taylor, hemos abrazado una parte muy íntima y exclusiva de nuestra condición que ha revolucionado la manera en que nos percibimos y recibimos a los demás. Personas, en definitiva, que venimos de pasar la noche en la Casa de la Razón y nos hemos despertado en un paraíso llamado Conciencia.


P.D. El vídeo tiene opción de subtítulo en español.


LADY IN RED

No sonríe nunca. Ni cuando va a buscar a su hija a la escuela, ni cuando se compra un par de zapatos. No habla con vecinos. No tiene aficiones. En su vida no hay sueños, sólo una gran pesadilla: su marido; el hombre que la engañó a base de talonario para sacarla de su pueblo serrano y encerrarla entre obligaciones. Las camisas bien planchadas y organizadas por colores. El piso impoluto. Las cuentas bien detalladas. El sexo unilateral. Así pasan sus días. Ahogada bajo toneladas de leyes internas y millones de apariencias externas. Ni una arruga en la piel. Ni un kilo de más. Ni una mirada a un hombre. Sería su sentencia de muerte.
‘¿Muerte?… ¿acaso no estoy medio muerta desde hace años?’ -se pregunta desquiciada. Mira el cuchillo. Piensa lo fácil que sería escapar de ese laberinto. Luego mira a su hija, se toca la barriga sietemesina y sigue planchando las camisas de su carcelero.

PEP I, EL PRUDENTE

Como ex enfermo de cáncer, sé lo que significa verbalizar esta palabra. La fatídica carga que tiene implícita impide plantarle cara sin tapujos. A mí costó algunos días. Hasta que no me di cuenta del error, me refería a ella como ‘el tumor’, un término que, por cierto, está a una letra de la palabra temor. Por el bien de los futuros enfermos, creo que hay que empezar a ‘desdemonizarla’, a integrarla en nuestro lenguaje cotidiano. Y quienes pueden dar pasos agigantados en esta tarea son los personajes públicos, como hicieron en su día Rock Hudson y ‘Magic’ Johnson con el sida.
Esta temporada, dos miembros del primer equipo del F.C Barcelona (Tito Vilanova y Eric Abidal) han enfermado de cáncer. Todas las informaciones periodísticas que he leído y escuchado y todas las declaraciones públicas de Pep Guardiola y de sus compañeros han esquivado la palabra maldita. Salvo muy contadas excepciones (sólo la escuché en la radio de boca de Carles Capdevila), el cáncer se sustituyó por la ‘enfermedad’ o el ‘tumor’, la quimioterapia se transformó en un ‘tratamiento’ o en una ‘medicación’ y el oncólogo se disfrazó de ‘médico’ o ‘especialista’.
Entiendo todos los razonamientos que justifican este maquillaje. Que si el respeto a la intimidad, que si la prudencia. En fin. Para mí, estos actos, además de mostrar buenos modales, esconden decenas de oportunidades perdidas para ‘desestigmatizar’ una enfermedad que, afortunadamente, cada vez se cura más y más pronto.
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