NI CONTIGO NI SIN TI

Parece claro que el sistema económico actual, basado en el crecimiento infinito, choca de frente con una realidad irrefutable: el planeta es finito. Frente a esta paradoja, el gran reto del futuro consistirá en diseñar un modelo que respete el medio en el que vivimos. Para ello, se me ocurre crear un sistema donde el precio de los productos y servicios no dependan de la oferta y la demanda, sino del impacto que la fabricación y distribución de dichos productos y servicios ejercen sobre el medio ambiente. A mayor impacto, mayor precio. Para el cálculo de ese precio se podrían tener en cuenta varios indicadores: las emisiones de CO2 que se realizan en el proceso productivo y logístico del producto, las condiciones de trabajo de las personas que han participado en dicho proceso, los residuos que dejará el producto una vez consumido, … 
No sé. Lo que está claro es que a este ritmo nos zampamos el planeta en dos días y estaría bien que, en lugar de criticar el sistema, empezáramos a buscar soluciones.

NO COMMENT

Las consecuencias de mi accidente no solo afectaron a mi cuerpo. Mi matrimonio también quedó herido de muerte. Agonizó durante un par de años en la UVI hasta que se consumó la ruptura. Cuando comento las condiciones, las causas y los detalles en que se produjo la separación, la gran mayoría de interlocutores entienden, aceptan y apoyan la decisión de mi ex esposa. Hay, sin embargo, un reducido número de personas, mayoritariamente mujeres, que reaccionan contrariadas. ‘Yo nunca me hubiera separado’ -afirman con una contundencia sospechosa.
Las preguntas que nos hacemos o nos hacen relacionadas con el pasado o con el futuro se mueven, a mi entender, en un terreno peligroso que transita por la inutilidad, pudiendo llegar a la perversión. Cuando llegan, me producen la misma pereza que siento cuando me dan o me piden dar un consejo. Me vienen ganas de cortar la conversación y cambiar de tema. 
Como dice Balsekar, ‘la única respuesta posible a la pregunta ¿qué hubieras hecho si…? o ¿qué harías si…? es no lo sé.’ Cuando consigo responder eso, siento que he dado un paso más para aprender a vivir en el presente.

RASCA Y GANA

Quienes trabajan como terapeutas o coach suelen decir que la mayoría de inquietudes y conflictos que tratan en sus consultas tienen muchas similitudes entre sí. Que, al fin de cuentas, todo se reduce a un par o tres de cuestiones fundamentales. Sin ir más lejos, en el primer post de este blog hacía una reflexión sobre la conclusión a la que había llegado en relación a este tema tras ejercer durante cinco años como coach. 
Dicho esto, quiere matizar mis palabras. Una cosa es la observación exterior que hacemos de una realidad y otra, bien distinta, la experimentación que cada individuo tiene sobre su propia realidad. Ahí, en la emoción generada por esa realidad, es donde reside la exclusividad del ser humano. Un mismo hecho es vivido y sentido de formas diferentes por cada uno de nosotros. Entender este rasgo, en mi opinión, es entender nuestra naturaleza única, irrepetible y exclusiva. No hay realidades buenas o malas, sino maneras diferentes de experimentar una determinada realidad. 
De ahí la importancia de la toma de conciencia. Cuanto más sepamos de nosotros mismos, cuanto más nos conozcamos en relación al mundo que nos rodea, mayor será nuestra capacidad para no depender de él a la hora de encontrar la fuente del Amor y, por tanto, del bienestar.

PALABRA DE OSHO

La palabra ‘orgasmo’ es bonita. Se refiere a la energía que se funde cuando dos personas (o una sola) se reúnen alrededor de la alegría. En el orgasmo llegamos al nivel más profundo de nuestro cuerpo, de nuestra mente, de nuestra alma. Un lugar donde no hay preocupaciones, ni límites. Donde sólo hay energía. Donde somos seres completos, amorosos. Cuando alcanzamos ese punto, cada fibra, cada célula de nuestro cuerpo se abre a una experiencia superior, sublime que amplia nuestro horizonte vital.

FILTHY TALK

Leo en Twitter: ‘Un buen terapeuta sexual es el que abre la puerta a que la persona descubra sus gustos y preferencias en el terreno de la sexualidad.’ La autora defiende esta postura en contra de la manía que tienen algunos expertos (y programas de TV) en recomendar cuáles son las mejores prácticas que tenemos que adquirir para gozar del sexo en su plenitud. ¿Quién no ha escuchado algún consejo sobre cómo tenemos que poner los labios para besar? ¿O sobre cómo hay que ejecutar el sexo oral para ‘volver loco’ a nuestro/a amante? ¿Y qué decir del tipo de sexualidad que proponen los productores de películas o webs pornográficas?
Como tetrapléjico, he tenido que descubrir una nueva sexualidad. Ni mi experiencia pasada, ni la mayoría de libros o películas que trataban este tema me servían para adaptar mi nueva condición física a los estándares del momento. Por eso me identifico tanto con la frase inicial, porque si hubiera hecho lo que me proponía el ‘sistema’ ahora sería un casto empedernido y, lo peor, un hombre frustrado. Y no sólo por eso, sino porque creo que la actitud que perfuma esa opinión es la que debería predominar en nuestra sociedad. Es decir, la de promover la heterogeneidad, el desapego a la verdad, la emoción y la experiencia en contraposición a la homogeneidad, el apego a la verdad, la racionalidad y la ciencia.

¿SE PUEDE NO QUERER A LOS PADRES?

Uno de los protagonistas del reportaje Los niños de Hitler (Children’s Hitler) se dedica a dar conferencias en las escuelas alemanas para explicar las atrocidades que su padre consintió y ejecutó como comandante de un campo de concentración. De todo su testimonio, lo que llamó mi atención fue la contundencia con que despotricaba de su padre. ‘No le quiero -aseguraba-, no puedo querer a un ser genocida’. Al hilo de este comentario, esta semana se publicaban los resultados de una encuesta que concluía que un 3% de los españoles odiaba a su padre o a su madre y que una décima parte les tenía miedo. Clarissa Pinkola también habla de este drama cuando se refiere a las mujeres que han sufrido abusos sexuales por parte de su progenitor.
Por tanto, creo que sí que se puede no querer a los padres y que no hace falta haber experimentado tanta brutalidad para llegar a ese sentimiento. También creo que un padre o una madre no siempre sabe, quiere o puede querer a sus hijos. La película Tenemos que hablar de Kevin aborda esta problemática. Por escandalosa que parezca, la naturaleza humana tiene estas demostraciones de inhumanidad, de incoherencia. Y son precisamente estas excepciones las que nos deberían hacer reflexionar sobre la vasta, infinita extensión de expresiones que tiene nuestra especie. Sobre nuestra exclusividad y unicidad como individuos. Sobre nuestra naturaleza irrepetible e inclasificable. 
Sobre la importancia de tomar conciencia de esa genuinidad.

BALL DE BASTONS

Me reí mucho con la película Intocables. Me pareció un ejercicio sano y divertido para explicar una realidad que, a veces, ni es tan sana ni es tan divertida. De todo el guión, hubo una frase que me resonó como una campana. La dijo el protagonista tetrapléjico después de escuchar a su hermano enumerar la lista de dudas que generaba en la familia el nuevo ayudante ex convicto, negro e inmigrante. ‘Es el único que me trata sin compasión’ -concluyó el millonario discapacitado.
Desde que tuve el accidente, he recibido miradas, gestos y palabras de todos los colores y matices. Con los años he aprendido a destilar la emoción que rezuma cada una de las diferentes aproximaciones: indiferencia, interés, admiración, rechazo, inseguridad, … De todas ellas, he descubierto que la que más me afecta es la compasión, más incluso que el rechazo. La persona que se apiada o siente pena por mí se instala en una emoción que nos incapacita a los dos a exponernos y expresarnos con naturalidad. Cuando doy pena me enfrío, me encierro y dejo de atender y entender al otro, provocando el mismo efecto que genera la desconfianza: la castración de mi genuinidad.

NOCEO, NOCES, NOCERE, NOCUI

Los detractores de la homeopatía argumentan que el beneficio de sus tratamientos no tiene base científica. Es decir, que no está probada la relación causa-efecto entre los componentes de un producto homeopático y el resultado físico en el paciente. Estos pro-científicos reconocen, eso sí, que algunas veces se observan mejorías en las enfermedades analizadas, pero que en estos casos hay que atribuir la curación al efecto placebo. Parece, pues, que el efecto placebo es aquel saco en el que la ciencia acumula todas aquellas observaciones que no se justifican desde su protocolo. Todo lo que no se puede demostrar, no existe a los ojos de los científicos.
Que no se pueda explicar un hecho, a mi modo de ver, no significa que no exista. ¿Qué es la intuición sino un fenómeno tan evidente como inexplicable? A mí, el efecto placebo me sirve para cuestionar el modelo newtoniano de causa-efecto que simplifica maquiavélicamente la condición del ser humano y lo convierte en una cosa, en una materia. Su presencia es la prueba evidente de que algo falla. ¿No será que el modelo ha quedado obsoleto? O mejor, ¿no será que el ser humano es multi-dimensional y que para su comprensión requiere, por tanto, una mirada multi-disciplinar?

PÁNICO

Cuando ves que tu vida se desintegra en porciones, cuando sólo eres capaz de mirar a través de un cristal negro, cuando crees que tu corazón se desenchufará del mundo, cuando te avergüenzas de la vergüenza que sienten tus padres por ti, cuando quieres morir, cuando la peste inunda tus alveolos, cuando te acostumbras a arrastrarte por las ciénagas del sufrimiento o cuando, por fin, llegas a la mierda donde tanta gente te ha enviado en los últimos treinta años de tu vida, hazme un favor. Te lo pido, hazme este favor. Vete cerca del mar y cierra los ojos. Cierra bien los ojos y empieza a escuchar tu respiración. Aunque huelas a desesperación, respira hondo y concéntrate en cada soplo de aire que atraviesa tus pulmones. Intenta no pensar nada, sólo céntrate en tu respiración. Inspira. Expira. Inspira. Expira. Así, cien veces, mil veces, un millón de veces. 
Nada más… y nada menos.

LA MADRE QUE LA PARIÓ

Tiene cincuenta años y a pesar de que se cubre las canas con negro vampiro aparenta sesenta. Se corta el pelo a lo chico, tiene orejas de soplillo y está convencida que la mayoría de personas que la ven se piensan que es la lesbiana más fea que se arrastra sobre la faz de la tierra. No se pinta los labios, ni se maquilla la cara, ni se arregla las cejas. Se compra la ropa más horrorosa que encuentra en los mercadillos de su pueblo. Es célibe por convicción. Le molesta el trato con la gente y gruñe con facilidad cuando huele que la quieren aleccionar o darle consejos. Si a alguien se le ocurre intentar convencerle con sutilezas sibilinas puede llegar a morderle la yugular. Su madre hacía lo mismo y le jodió la existencia. Por mil años que viva nunca entenderá la infame contradicción que supone tener que amar a una persona que le dio la vida y se la quitó a la vez. Por eso odia su lado femenino; porque si ser mujer es lo que aprendió de su madre prefiere ser nada. Asexual. Asocial. Ahumana.
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