UN PAR DE HUEVOS

A los tres meses de casi matarme había perdido treinta y cinco kilos. Estaba tan inválido que era incapaz de levantar el brazo y rascarme la nariz. Mi vida pendía de un hilo, literalmente. Era un hilo salvador que colgaba de un timbre y me permitía llamar a los enfermeros para que me ayudaran a expulsar los esputos que se acumulaban en mi laringe y que, de vez en cuando, me impedían respirar. Por esa época los médicos seguían alimentándome con dieta líquida y me atiborraban de pastillas para no enterarme de la bulla en el que andaba metido. Mis padres visitaban a diario mi debacle y trataban por todos los medios de levantar un ánimo que parecía sentenciado a muerte.
Hubo un hecho por esas fechas que me resulta especialmente nostálgico recordar. Fue la primera comida sólida que tomé después de recibir la preceptiva autorización facultativa. Excitado por la noticia, le pedí a mi madre que me hiciera un bocadillo de pan con tomate y tortilla de patatas. Tres horas antes de la hora, ya estaba salivando, como lo estoy haciendo ahora mientras escribo esta entrada. Cuando me puso aquel manjar en la boca, recuerdo, cerré los ojos para darle el primer mordisco. Aún estaba caliente. El huevo, de granja, coloreaba de amarillo canario el bocado. La patata estaba esponjosa, amable. Aquello sabía a campo, a excursiones juveniles, a chiringuito de playa, a fiambrera. Mastiqué cada porción de tortilla con la misma parsimonia con que un chef saborea su última creación, regodeándome con las sensaciones que iban apareciendo durante la ingesta. 
Al terminar el plato, miré a mi madre para agradecerle el alimento que me acababa de proporcionar. Al mirarle a la cara, en lugar de hablar, no tuve más remedio que dar rienda suelta a mi llanto: era la primera vez que la veía llorar desde que supo que no me volvería a ver de pie nunca más.

LA MUJER DE NUNCA ACABAR

Elvira es una experimentada directora de departamento que dice tener un problema de gestión del tiempo. Con el fin de solucionar su desorganización y su patente incapacidad para cumplir con los plazos de entrega en su trabajo, se compra el último best seller sobre el tema. La mujer sigue al pie de la letra todas las recomendaciones del famoso libro. Le va el puesto en ello. Después de intentarlo con todas sus fuerzas, tiene que desistir y buscar otro tipo de ayuda porque ni siguiendo los dictámenes del mayor entendido en el tema consigue respetar una sencilla fecha de entrega.
Elvira me busca para tratar su caos organizativo. En la conversación, descubrimos que Elvira nunca tuvo un jefe a quien reportar directamente y que, durante años, fue ella quien creó y definió sus propias tareas y responsabilidades en el departamento que dirige. A falta de un superior que pudiera planificar, guiar y corregir su trabajo, Elvira encontró en los propios colaboradores su fuente de inspiración y motivación. Al principio, las conversaciones hacían referencia a su departamento, pero, poco a poco, la mujer, empezó a dejar a un lado sus obligaciones, y se pasaba horas y horas hablando con todos y cada uno de los componentes de la plantilla, que veían en ella un consuelo a las macabras prácticas de gestión que imperaban en la compañía. Elvira, en contraposición a tantas horas de escucha, obtenía algo que no le había dado nadie antes en esa organización: reconocimiento. 
Por tanto la verdadera causa de que Elvira nunca entregue sus proyectos en el plazo acordado no es su incompetencia para gestionar el tiempo sino su necesidad de sentirse útil, reconocida y querida. Algo que, en ausencia de un superior como dios manda, consigue a través de sus compañeros de trabajo.

DEUS EX MACHINA

Dos hombres van paseando por un bosque para pasar una jornada recolectando setas. Uno es aficionado a la biología, en especial al estudio de los reptiles. El otro es un périto de seguros, gran amante de las hongos. A media mañana, mientras cruzan una vereda, se topan con una culebra que se arrastra unos metros por delante de ellos. El biólogo la mira con curiosidad y cuando identifica la especie sigue su camino como si tal cosa. El périto, por el contrario, al ver tan cerca y tan de sorpresa un animal que le repugna, siente una punzada en el estómago y se detiene de inmediato.
El hecho es el mismo en ambos casos, pero cada uno de los actores responde de manera diferente. El observador-biólogo siente un interés momentáneo que se disipa cuando ha descubierto que la serpiente es una culebra común. El observador-périto está aterrado y tiene que detener su andadura para gestionar el miedo que se le ha metido en el cuerpo. En el primer caso, la serpiente es ‘transparente’ para su observador. En el segundo, la culebra se convierte en una amenaza que obliga a su observador a tomar una serie de acciones para superarla.
Así somos. Observadores de una misma realidad con formas diferentes de verla, vivirla y sentirla.

DIME INTRÉPIDO

Cuando observo alguna conversación o debate entre varios contertulios me doy cuenta que las personas tenemos la mala costumbre de generalizar los comentarios u opiniones que emitimos. En general, observo que tendemos a darle un carácter universal a lo que sólo es fruto de una experiencia individual. Por ejemplo, si mi novio me metió los cuernos, todos los novios del planeta meten los cuernos. O, si mi suegra es una tiquismiquis todas las suegras del mundo también lo son. Creo que utilizamos la tercera persona del plural con demasiada laxitud y eso alimenta la creación de unos monstruosos esteriotipos que lo único que hacen es desmembrar nuestras posibilidades de desarrollar nuestro potencial. A veces, nos apoyamos en esas gigantescas creencias para eludir nuestra responsabilidad y, así, evitar tomar las riendas de nuestra vida. Todos los jefes son unos incompetentes, todas las personas se mueven por interés, todos los adolescentes son unos egoístas, todos los políticos son unos corruptos, todos los funcionarios son unos escaqueados, todas las mujeres buscan un millonario, todos los hombres sólo piensan en el sexo.

ECCE HOMO

En mi época universitaria tuve que ponerme a trabajar en los días de asueto académico para poder reunir una buena cantidad de dinero y, así, cubrir el importe de la abultada matrícula. Uno de los trabajos que me ocupó durante muchos sábados y algunas campañas navideñas fue el de vendedor de ropa. La encargada de la tienda era una chica menuda de ojazos azules que tenía un desparpajo que amilanaba al más lanzado de los hombres. Recuerdo que esta chica siempre defendía unas ideas que iban a contracorriente de lo que se estilaba en esa época y era muy habitual verla argumentar con elocuencia su convicción de no pasar jamás por la vicaría ni de tener hijos. Poco después de acabar la carrera, en uno de mis paseos por el centro de la ciudad, me la encontré en la entrada de un supermercado tirando de un carrito de bebé y luciendo unos hermosos anillos de pedida y de matrimonio.
A lo largo de nuestra vida nos pasan a menudo estas aparentes contradicciones. Hoy pensamos una cosa y mañana pensamos otra totalmente diferente. Hoy decimos que nunca haremos tal acción y, patapam, al día siguiente nos tenemos que comer las palabras mientras contradecimos nuestro pensamiento inicial. ¡Que se lo pregunten a las abuelas que ayer se hartaron de avisar a sus hijas de que no contaran con ellas para criar a los hijos y que hoy son las primeras en reclamar la presencia de sus nietos durante más número de horas! Lo mismo ocurre con las argumentaciones. Frente a una situación determinada, personal o ajena, un día utilizamos determinados porqués y a los pocos meses nos sorprendemos cambiando la lista por otros diametralmente opuestos.
Para mí no son contradicciones sino el fiel reflejo de lo que significa ser humano. Siempre ampliando la mirada. Siempre aprendiendo. Siempre evolucionando.

THE QUIET LIFE

Leo a Ramesh Balsekar que, en relación a la muerte y la reencarnación, dice:
“El ser humano especula e imagina que, llegado cierto momento, la entidad separada (denominada ‘espíritu’ o ‘alma’) se traslada a otro mundo bajo otra forma pero manteniendo su identidad separada. No se da cuenta de que, con su negativa a aceptar la muerte como algo final, se niega a sí mismo ser la Realidad misma. Debido a la fuerza del maia (la hipnosis divina) el ser humano acepta el mundo fenoménico ilusorio como real… ¡y rechaza la Realidad como vacío ilusorio!”

LA PRIMERA CITA

Cuando empecé mis pinitos como conferenciante y facilitador tuve una experiencia singular que quiero compartir. Al acabar una charla que di en un centro social para personas de la tercera edad de una ciudad del cinturón de Barcelona, una de las asistentes, que no me sacó los ojos de encima durante toda la intervención, se acercó a mi vera y me pidió con el más exquisito de los modales si podía darle la mano. Acepté su petición con cierto reparo. La señora, con la mirada vidriosa y el semblante abatido, colocó mi mano entre las suyas con la misma ternura y alegría que un veterinario acoge el cachorro recién salido del útero materno para mostrárselo a la madre y, así, permitir que ambos se husmeen por primera vez. La mujer cerró los ojos, hizo un par de respiraciones profundas y empezó a balancearse ligeramente sin dejar de acariciar el dorso de mi mano con la yema de sus dedos. Así estuvo varios minutos, en silencio y ajena al bullicio que se propagaba desde la trastienda de la sala. Cuando ella lo creyó oportuno, abrió los ojos y, antes de darme las gracias y levantarse para encarar la salida del centro, acercó mi mano a sus labios y le dio un beso amplio. 
De lo inesperado, contundente y sentido de la acción, no pude más que callar y atestiguar la emoción de la señora. Me quedé impresionado. Fue ella quien me eligió para lo que quisiera que pretendía sentir a través mío. Y, por su corporalidad, era evidente que allí estaba pasando algo. Yo me limité a estar presente.

EL PER QUÈ DE TOT PLEGAT

Estaba desayunando en el bar de siempre. La misma mesa, el mismo café con leche y el mismo bocadillo de atún. Lo único anormal era el mareo que me nublaba la vista y que impedía concentrarme en la lectura del periódico. A medida que el sopor se hacía más palpable, mi mente empezó a desconectarse de la realidad, como si estuviera sometida a los efectos de una poderosa droga. Todo lo que miraba estaba desenfocado. Todo lo que ocurría a mi alrededor era, a la vez, ficticio y veraz. Todo formaba parte de una obra de teatro cuyo argumento me era familiar. Los camareros y los clientes hacían y decían exactamente lo que supuestamente tenían que hacer y decir.
‘Ahora levantaré la mano’ -pensaba. Y a continuación levantaba la mano. ‘Ahora entrará alguien por la puerta’, y, de repente, alguien entraba por la puerta. ‘Ahora pensaré que me mira ese señor y no me mirará’, y, al instante, ocurría exactamente lo que había predicho. Mis pensamientos, mis observaciones y mis sentimientos estaban sincronizados entre sí. Todo estaba escrito. Todo era perfecto. Hasta mi respiración participaba de este engranaje sublime; como si cada inhalación y cada exhalación hubieran estado armoniosamente programadas para aparecer en el preciso instante en que se producían. 
Así estuve un buen rato. Fueron diez o quince minutos en los que me sentí parte de un Todo; conectado al Universo, al Cosmos. En ese estado, pensé también en mi muerte. Una sabiduría suprema me decía que ese tránsito también formaba parte de la Completud que estaba experimentando. Y, por primera vez, no me asusté.

TRÁGICO TRÁFICO

Con diez añitos mi cuerpo acumulaba una buena tunda de quimioterapia. Mi mente, sin embargo, solo quería ver la tele, hacer travesuras, ser niña. Como me habían prohibido la calle, la única compañía foránea que tenía era la de Paula, la voluntaria. Una hora a la semana. ¡Una hora a la semana! Cuando llegaba, desaparecían los dolores y las quejas en un abracadabra y me dedicaba a exprimir cada minuto con mi única amiga. Más que hablar, nos pasábamos el rato jugando a las cartas y leyendo revistas. Me gustaba su pelo. Tan lacio y tan largo. También me gustaban sus bolsos, no tanto por el diseño sino, y sobre todo, porque eran gigantes. ‘Un día me esconderé en uno de ellos y me escaparé de esta casa’ -le decía a menudo. 

Salgo corriendo del despacho para no llegar tarde al gimnasio. El tráfico está horrible por culpa de la lluvia. En uno de los semáforos, me recojo la melena para adelantar la faena. Al rato, vuelta a parar. Aprovecho para llamar a mi hermana que anda un poco triste, pero un mensaje en la pantalla del móvil me hace cambiar de destinatario. ‘Paula -me dice la coordinadora-, tengo una mala noticia’. Cuando cuelgo el teléfono, me hundo en el asiento y me llevo las manos a la cara para esconderme del mundo. Aparco el coche en la esquina y empiezo a llorar con ganas. Con rabia. ¿Por qué a ella? ¿Tanto mal ha hecho en tan poco tiempo? Las nubes empiezan a descargar con ganas su contenido, como solidarizándose con mi causa. ¡Cuánta injusticia! Llego a casa enojada, enajenada. Me tiro a la cama en busca de un sueño balsámico que esa noche nunca llegará. Tengo pupa en el alma. Empiezo a pensar en ella, en su fortaleza, en su inocencia. En la delicadeza con que me pedía acariciar el pelo que la quimio le había arrebatado a traición. Mañana iba a volver a verla. Lo mejor de mi semana. Reviento a llorar. Pero esta vez no es por ella. Es por mí. Por lo que he perdido con su marcha. Por todo lo que tenía que agradecer a esa niña y nunca tendré la posibilidad de hacer.

LA MUJER DE HIELO (3)

La noche refresca. Me ajusto la cremallera de la chaqueta sin perder de vista la parada del autobús donde hace más de diez minutos tenía que haber bajado mi pasaporte a la cama. El frío y el retraso de mi ayudante empiezan a remover las aguas de mi tranquilidad. Desfreno la silla y la aparco en un recoveco de la plaza que, además de protegerme de esta brisa engañosa, permite entretenerme con la actividad que me enseñan las ventanas más laxas con su intimidad familiar. Un movimiento lejano llama mi atención. Es una pareja que pasea sin prisa su mascota. A medida que se acercan, reconozco los rasgos tanto del animal como de uno de los integrantes del dúo. Ella, sin duda, es la mujer de hielo. Tan tiesa y misteriosa como siempre. A él no lo logro identificar. Espera, espera. Esa coronilla me suena. Ese andar de vaquero renqueante también. ¡Es un vecino de la plaza! Un tipo muy, pero que muy maduro que va de duro por la vida. Otro de los que me ha eludido el saludo sistemáticamente. Esta mujer no deja de sorprenderme. Ahora resulta que se ha liado con un señor, probablemente retirado, que viste pantalones tejanos para rejuvenecer, pero que se los abrocha a la altura de los sobacos, como en los años 50. ¿Qué hace una mujer tan joven con un anticuario como aquél? ¿Cuál es el nexo que los une? ¿Y el sexo?

Ya en la cama, reflexiono acerca de lo que he visto. Y me doy cuenta que, a medida que pasa el tiempo, en lugar de resolver mis dudas, la mujer de hielo tiene ese peculiar poder de añadir más intriga a su persona y su personalidad.
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