LA JOYA DE LA CORONA

Algunos de los detractores de Twitter dicen que ellos nunca pertenecerán a esta red social porque no quieren caer en la tentación de perder los nervios y dejar constancia escrita de un pensamiento visceral. Este comentario me sorprende. Porque si hay algo que me gusta de Twitter, que, dicho sea de paso, no es mucho, es la posibilidad de acceder a las bambalinas de las personas que sigo. De saber qué piensan acerca de los temas de actualidad, de presenciar sus reacciones frente a determinadas situaciones, de curiosear sobre el tipo de personas que les gusta seguir.
En un mundo tan pulcro y superficial, valoro la valentía de algunos políticos, periodistas o artistas en dejarse ver, en dejarse oír. Aunque sea de 140 caracteres en 140 caracteres y aunque sea de puntillas. Ya que no tengo la posibilidad de conocerlo cara a cara, este medio digital me permite matizar el perfil del personaje y acercarme un poco a la persona. Es, en verdad, o puede ser, un arma de doble filo. Claro. Al sacarse el maquillaje y desvelar manchas y arrugas uno corre el riesgo de causar decepción, desapego o, en el peor de los casos, rechazo. Pero también hay otro tipo de reacciones, como el interés o la admiración. En mi caso, prefiero las personas sin Photoshop, tal y como salen en la foto original. Y en Twitter, a veces, encuentro esas confesiones que sólo se hacen cuando estamos atrincherados detrás de la pantalla.

SIN PENSAR

Hoy es uno de esos días que me gustaría tener un poder mágico, un don. Y es que tengo tantas cosas por compartir, tantas emociones que transmitir que las palabras se me quedan cortas. Hoy sería feliz dejando el post en blanco y que cada lector pudiera interpretar el silencio a su manera. Pero como no es posible expresar algo desde una pantalla en blanco, me quedo con una palabra: Amor. 

Sí. Hoy creo más que nunca que el ser humano es, en esencia, un ser bondadoso, humilde, generoso, confiable y empático y que si deja de serlo es porque ha aprendido a darle más prioridad al pensamiento que al sentimiento. Hoy siento que cada una de nuestras células está inter conectada con un caudal interminable de energía blanca y amorosa que circula por el cosmos y que es presente y es infinita, a la vez. Hoy tengo la certeza de que nuestra vida ha sido, es y será perfecta. Que, seamos quienes seamos o sintamos lo que sintamos en cada momento, eso es lo que teníamos que ser o sentir en ese preciso instante de nuestra vida. Y que si aceptamos esta deriva y nos abandonamos a su suerte, encontraremos fácilmente el Amor. O, mejor dicho, permitiremos que el Amor nos encuentre con más facilidad.

LA PRIMERA PIEDRA

Entiendo la influencia que ejercen sobre nuestra confianza los diferentes chascos que vamos pisando a lo largo del camino. Entiendo la dificultad en volver a creer en alguien que hasta ayer era un referente moral y que hoy, sin saber cómo ni por qué, se ha disfrazado de negro para aliarse con las fuerzas del mal. Entiendo la suspicacia que florece en nuestra piel a medida que vamos subrayando en nuestro inconsciente las historias de traición y desengaño que llegan a nuestros oídos. Entiendo la precaución que rige nuestra iniciativa cuando se trata de abrir las puertas de nuestra casa o nuestra alma. Entiendo la blancura de nuestras interacciones sociales para tratar de esconder el arco iris de nuestra esencia y evitar caer en las redes de algún malhechor. Todo esto lo entiendo.

Pero, ¿qué ocurriría con la humanidad si todos siguiéramos este patrón? ¿Qué pasa con la presunción de inocencia? ¿Dónde están las segundas oportunidades? ¿Qué vida estamos eligiendo cuando siempre nos atrincheramos en la retaguardia a la espera de que alguien nos enseñe el color de su bandera? ¿Qué confianza puede generar una persona cuya carretera principal de comportamiento es la desconfianza? ¿Qué nos pasa o qué queremos evitar cuando preferimos atender y entender los indicios del exterior antes de profundizar en las causas interiores que promueven nuestros recelos? ¿Que tipo de persona estamos siendo cuando nos cerramos al contacto genuino y vivimos en un estado de alerta permanente?

Como me dijo ayer un buen vecino, en referencia a otro tema, ‘Si no lo pruebas, nunca sabrás’.

TODAY IS THE DAY

Llevamos varios desayunos alargando la sobremesa, como en los amistosos ágapes dominicales. Los primeros rayos primaverales calientan la terraza que ha visto nacer nuestras ganas de conversar. La temperatura ayuda a disipar la vergüenza que se interpone entre dos extraños que intuyen que han encontrado la media naranja para compartir esas experiencias vitales que, desafortunadamente, ocurren en la infancia con la misma asiduidad como se esconden en la madurez. Lo veo respirar fuerte, como cogiendo carrerilla. Hoy no quiere hablar de sus hijas o de la cuerda que tensa su matrimonio o de las trabas que tiene que sortear para demostrar su capacidad laboral. No. Hoy quiere hablar de él. Necesita hablar de él. Y aprovecha un comentario banal para tirar del hilo y desenredar su madeja emocional.

Clava la mirada en los zapatos, estruja la rabia entre los puños y me confiesa las palizas con el cinturón, los insultos, los gritos, los castigos injustos e interminables. Vomita las palabras con rabia, sin dejar de mirar al suelo. Su cuerpo se encoge como un adolescente arrepentido de su primera fechoría. ‘Es la primera vez que hablo de esto’ -dice entre sollozos. No hacía falta que me lo dijeras, pensé. Se entretiene en detalles macabros De repente, agotado, aprieta un poco más los puños, y abandona el relato ahogado en un pozo de lágrimas. Levanta el rostro húmedo y lo dirige al sol. En medio de un silencio sagrado me hace la peor de las preguntas. ‘¿Por qué? -suplica mirándome a los ojos- ¿por qué?’.

MON AMOUR

El otro día, en una cena con amigos, conversábamos sobre las relaciones interpersonales. El foco del debate se centró en discernir cuál era el secreto de una pareja duradera. Que si el sexo, que si la comunicación, que si los valores personales. Los argumentos iban y venían en una y otra dirección guiados por las experiencias de cada comensal. En un momento dado, el dueño del restaurante, aprovechando el impasse que se produjo mientras retiraba los platos, nos pidió permiso para intervenir. ‘Desde mi punto de vista -dijo convencido- todo es cuestión de energía. Para que una pareja funcione, los dos integrantes tienen que instalarse en la energía del amor, entendida ésta como la opuesta a la energía del miedo’.

Me llevé el comentario a la cama. Y estuve dándole vueltas durante varios días. Amor y miedo. ¿Podemos ser tan simplistas en el análisis emocional del ser humano? Si pensamos en el extenso abanico de emociones que pueblan nuestro estado de ánimo, al final veremos que sí, que las podemos ubicar en estas dos categorías. Las emociones positivas como la alegría, la pasión, la ternura o el deseo se pueden considerar manifestaciones de amor. Por otra parte, el asco, la rabia, la envidia, la tristeza o la culpa tienen que ver, de forma directa o indirecta,  con el miedo.
Etiquetas aparte, lo que importa es lo que sentimos cada uno. Y en ese sentir sabemos si la emoción nos mantiene en un estado de agitación o de serenidad. Si contrae nuestra vida o la expande.

CUM LAUDE

Ojo con el pensamiento positivo. Sí, esa corriente que dice que si quieres que te vaya bien en la vida o quieres alcanzar un determinado objetivo sólo tienes que desearlo de forma insistente y al final acabará por hacerse realidad. Ojo con este tipo de planteamientos porque, a veces, pueden resultar perversos. Para empezar no todos tienen la capacidad o la necesidad de definir un objetivo vital concreto, un sueño. Y no por ello tienen una vida menos gratificante. La experiencia me ha enseñado, ¡una vez más!, que esta regla no sirve para todos. Que para conseguir un objetivo no siempre es necesario visualizarlo, ni desearlo. A veces, incluso, no hace falta ni pensar en él. Mi vida, sin ir más lejos, tiene varios episodios que se adaptan a este patrón. El más llamativo, sin duda, fue el que tuvo que ver con mi decisión de convertirme en coach, un hecho que, accidente  de coche aparte, fue trascendental en mi trayectoria existencial. Antes de ese momento, nunca antes había considerado esa posibilidad y, mucho menos, me había visualizado haciendo coaching en un escenario futuro. Sin embargo, un día se paró ese tren en mi estación y me subí a él sin pensarlo ni un segundo.

Pero la perversión no acaba aquí. Porque, ¿qué ocurre con aquellas personas que sí han diseñado su escenario ideal de futuro y no pueden hacerlo realidad? Algunos fundamentalistas del pensamiento positivo atribuyen esos fracasos personales a la falta de claridad o insistencia en la creación de las metas. Les acusan de poner poca energía o convicción en sus proyectos. ¡Qué barbaridad! Fracasado por ser tibio. ¿Cómo se puede llegar a ser tan simplista o excluyente? Cuando escucho estos argumentos no puedo evitar de alimentar mi fundamentalismo por la defensa de la diferencia y la diversidad del ser humano.

ALGÚ S’HA BEGUT L’ENTENIMENT

Leo en un artículo que la Asociación Psiquiátrica Estadounidense quiere incluir la timidez en su vademecum de enfermedades mentales. Esta especie de biblia de la ‘descordura’ es el referente al que acuden los profesionales de la psique para atinar en los diagnósticos de sus pacientes. A mí, sinceramente, esta iniciativa me parece un despropósito, un rizo rizado. Si ya me pica todo lo que huele a etiqueta, el querer catalogar como defecto un rasgo tan común como la timidez me produce alergia, urticaria. Estoy a favor de considerar la timidez como una patología en aquellos casos extremos en los que la persona ve condicionada su calidad de vida por el terror al intercambio social. Pero de ahí a presuponer que la timidez es una enfermedad, va un abismo. Recuerdo el caso que expliqué hace meses de una clienta que abandonó el proceso de coaching por falta de fluidez en nuestras conversaciones. A pesar de ser una persona muy tímida, a mí nunca se me ocurrió pensar que esta mujer tenía una disfunción mental. A sus ojos, y a los de cualquier observador, este recato innato no le impedía participar de forma activa y saludable en el devenir de su familia y su trabajo.

Vuelvo a las andadas. Las etiquetas, cuando tratan de clasificar el ser humano, se pueden convertir en dardos envenenados. Me sorprende que un colectivo como el de los psiquiatras, que está tan acostumbrado a verificar en primera persona la magnitud de matices que perfilan la personalidad de los seres humanos, invierta sus recursos en promover la homogeneización de nuestra especie hasta extremos tan rocambolescos. Y no sólo eso, sino que lo que me descoloca y casi me cabrea, es la ligereza con que se da de alta una patología en un diccionario tan prestigioso. Con esta filosofía tan tendenciosa, ya tenemos el titular de mañana: ‘El 90% de la población mundial sufre o ha sufrido alguna enfermedad mental’.

Y las farmacéuticas frotándose las manos.

EL PRINCIPIO DE ARQUÍMEDES

Lidia es una mujer soltera que ha tenido varias relaciones estables y que ha acumulado una generosa dosis de culpa a lo largo de los años. ‘No sirvo para esto -concluye descorazonada-; no sé cómo hacer feliz a un hombre’. Me cuenta Lidia que cada vez que conoce a alguien intenta complacer sus gustos y adaptarse a sus necesidades. Sexo, ocio, moda, convivencia, … Lidia se vuelve permeable a cualquier exigencia por bizarra que sea con tal de agradar a su pareja. ‘Al principio, todo son cosas buenas -se confiesa-, pero, poco a poco, la relación entra en un sopor inaguantable y acaba por romperse’. 

A lo largo de las conversaciones, Lidia se da cuenta de su modus operandi y entiende que el afán por satisfacer a su pareja impide a ésta poder conocerla de verdad y establecer un vínculo emocional profundo y duradero. ‘Lo cierto -confiesa Lidia- es que no ha habido ni una sola de mis relaciones en las que me haya sentido suficientemente confiada como para abrir la puerta de mi autenticidad’.

Despertar la conciencia es un concepto infinito, que no me atrevo a precisar ni cuando empieza ni cuando acaba y que tampoco sé muy bien cómo se consigue. Lo que sí me atrevo a decir es que Lidia dio el primer paso de la auto conciencia cuando vio las consecuencias de su extrema adaptabilidad. El siguiente paso lo podrá dar cuando se atreva a expresar sus deseos y opiniones en público y en privado sin miedo a ser juzgada o rechazada.

THE CRYING LIGHT

A lo largo de los años he adquirido una fobia gutural hacia los consejos. No sólo a recibirlos, sino tambièn, y sobre todo, a darlos. Mi teoría es que si le doy un consejo a alguien, en especial si es relativo a un asunto personal, lo que estoy haciendo no es solucionar su problema sino minar su capacidad de aprendizaje. Más que dar respuestas, lo que siempre intento es hacer preguntas para que cada cual llegue a sus propias conclusiones. Y si la persona insiste mucho, la única licencia que me permito es proponerle al individuo que haga algo tan vago y poderoso como buscar en su conciencia. 

Sí. Despertar la auto conciencia. Éste es, en mi opinión, el camino más corto hacia el bienestar. Porque si analizamos en profundidad y con honestidad la mayoría de los atascos emocionales que retienen nuestro crecimiento, nos daremos cuenta que en todos ellos hay un conflicto entre nuestro ‘yo genuino’ y nuestro ‘yo cultural’. Frente a un conflicto con nuestra pareja, frente a un desencanto laboral o frente a una frustración personal lo que está saliendo a la luz es el grito de nuestra conciencia, de nuestra autenticidad que, harta de someterse a los designios sociales, reivindica su parcela de protagonismo. 

Cuando damos un consejo estamos acariciando la superficie del problema. Cuando le preguntamos a alguien dónde está dejando de ser genuino en esa situación concreta, le estamos abriendo las puertas de su despertar emocional.

LA MUJER DE HIELO (2)

Tardamos varios años (sí, años) en darnos el primer saludo. Y eso que nos cruzábamos a menudo por la plaza. Recuerdo que en los encuentros iniciales era yo el que torcía la mirada en busca de una contrapartida suya que me permitiera alzar la voz del cumplido. Pero ella jamás me correspondió con una señal corporal, un algo que valiera la pena para merecer mi hola. Ni una sonrisa, ni una mirada. Nada. Me ignoraba con una soberbia tan inusual y sádica que empezó a llamar la atención de mis pensamientos. ¿De dónde había salido esa mujer tan maleducada? ¿Era así de seca con todos los vecinos o sólo lo era conmigo? ¿Había alguna razón en su pasado para comportarse de una forma tan rancia con los desconocidos? ¿O quizás era mi silla de ruedas la causa de su desafección?

Aprovechando el escaparate que me ofrecía la ventana del salón, empecé a observarla con ojos de detective. O mejor dicho, con ojos de forense: tenía que sacar conclusiones de un ser inerte, frío y mudo. Poco a poco, día tras día comprobé con alivio que su aspereza formaba parte de su ADN y que la única relación que tenía en sus paseos era con su perro, al que trataba con ademanes castrenses. Ni holas, ni qué calores, ni hostias. La mujer de hielo no cruzaba palabra con ningún ser humano y sólo detenía su andar para recoger las boñigas que plantaba su mascota en el pavimento. Eso sí lo tenía. Mucha pulcritud. La ropa impoluta. Sin arrugas ni rozaduras. La melena, lisa como el cristal. Los zapatos, siempre de tacón, siempre limpios de trinca.

Un día, en uno de esos desencuentros callejeros, su perrito se dejó llevar por el instinto animal y se subió a mis rodillas para olerme. Mientras lo acariciaba, miré a su dueña de reojo. Detrás de sus perpetuas gafas de sol, adiviné un rostro encendido. Desencajado. Su boca sonreía a pesar suyo. ‘Hola’ -dijo mientras tiraba de la cadena sin disimulo. Fue un hola anodino, anémico. Un hola que sonaba a adiós. O, mejor, hasta nunca. 
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