WAITING TO EXHALE

En mi etapa de coach hablaba con muchas personas que decían estar muy interesadas en iniciar un proceso de coaching. Cuando esto ocurría, siempre utilizaba el mismo protocolo: hacía una primera sesión aclaratoria donde daba a conocer el método que utilizaba y les daba mi número de teléfono para, caso de confirmarse el interés, iniciar las sesiones. No tengo un dato fiable, pero me aventuro a afirmar que en las dos terceras partes de los casos la persona no volvía a llamar. Precios aparte, los motivos que, intuyo, influían en ese silencio tenían que ver con la oportunidad del momento, es decir, con la disponibilidad emocional de esa persona, no sólo para exponer los intríngulis de su personalidad a un extraño, sino para enfrentarse a ellos.

Con los años, cada vez estoy más convencido que, frente a un hecho concreto (reto, conflicto, relación, …) cada uno de nosotros hace lo que puede, como puede y cuando puede. Y no sólo eso. Sino que ese ‘qué’, ese ‘cómo’ y ese ‘cuándo’ son lo mejor que nos puede pasar. Por más que sintamos que estamos hundidos en la peor de las pesadillas y que no nos movemos, por más que nos castiguemos por no acudir en busca de ayuda, por más que creamos que esa ayuda no provoca ningún cambio en nuestro día a día, mi opinión es que todo lo que nos ocurre tiene una finalidad, una razón de ser. Por más inverosímil y macabro que nos parezca. Mi teoría es que si ese reto, ese conflicto o esa relación necesitaran una acción nuestra, ya la habríamos tomado. Y si no lo hemos hecho es porque hay algo en ese silencio turbulento, en ese estar quieto e inquieto, en esa inacción que, paradójicamente, se convierte en la acción precisa para nosotros.

NOW

Ramón Bayés, profesor emérito de la UAB, habla en una entrevista, entre otras muchas cosas, del tiempo. Dice este octogenario catedrático que, en términos psicológicos, no existe ni el pasado ni el futuro, sino el presente de las cosas pasadas, el presente de las cosas presentes y el presente de las cosas futuras. Es decir, sólo hay presente. Nadie ha vivido en el futuro y nadie ha sido capaz de cambiar el pasado. Sin embargo, nos empeñamos a condicionar nuestra vida con los eventos que ocurrieron antaño y con las expectativas que hemos puesto en los objetivos venideros. Pasamos gran parte de nuestra vida pensando en lo que nos preocupa, no en ocuparnos de nuestro momento presente, en el presente de las cosas presentes. ‘Es el aquí y el ahora’ -dice el profesor.

La gran pregunta -que también la hace el entrevistador- es cómo se consigue este ‘vivir en el hoy’. Y aquí el profesor diluye su respuesta. Y lo hace, a mi entender, por que es una pregunta que tiene tantas respuestas como seres humanos habitan el planeta. Para empezar el ‘vivir en el aquí y el ahora’ es un concepto que se define de forma individual y eso es así porque, más que un concepto mental, es un concepto emocional. Que se tiene que sentir. Y ese sentimiento es único y exclusivo de cada uno. Además, lo que hace difícil responder a la pregunta es que ese ‘cómo’, esa forma de alcanzar el ‘mindfullness’ también es individual. Exclusivo. No hay normas, ni panaceas, ni trucos. Lo que me sirve a mí no tiene por qué servirle al otro. De ahí la dificultad en dar con la clave.

UP IN THE AIR

Debaten en televisión sobre el auge de los libros de autoayuda y el coaching. Que si es una moda. Que si es un fraude. Que si es ineficaz. Los psicólogos defienden su terreno aferrándose a la profesionalidad y al conocimiento. Los aludidos tratan de justificarse con argumentos de índole diversa. Mi opinión al respecto es que la explosión de estos métodos de crecimiento personal responden a una evidente demanda de la población. Las personas están buscando ‘algo más’ y tratan de encontrarlo de mil y una maneras.

Y no es de extrañar. El ser humano lleva siglos aprendiendo a cubrir las necesidades básicas que, según Maslow, tienen que ver con la alimentación, la salud y la seguridad. Es ahora, cuando empezamos a subir en la pirámide de las necesidades y sentimos la llamada del autoconocimiento y la autorrealización. Pareciera que estamos dejando de sobrevivir para empezar a ‘supravivir’, es decir vivir en lo superior, en lo supremo. Pero, ¡ay!, aquí somos unos analfabetos, unos inexpertos. Hay muchas, pero muchas personas que quieren darle un sentido a su vida, pero no saben cómo hacerlo. No tenemos historia. No tenemos referentes. Nuestro bagaje en este terreno tan etéreo es escaso y nos aferramos a cualquier método que nos ayude a explorar en nuestro interior y a encontrar un propósito para nuestra vida.

LA MUJER DE HIELO

Hace más de quince años que observo cómo repite los paseos con su perro a lo largo de la jornada. Cada mañana, tarde y noche, la veo cruzar la plaza en dirección al parque. Sostiene el cuerpo con rigidez y lo mueve sin estridencias, con mucho sigilo. Su vestuario es muy oscuro y poco proclive a la sorpresa. Ni un hombro desnudo, ni una rodilla al aire y, por supuesto, ninguna insinuación pectoral. Es la mujer sin curvas. La mujer sin piel. La mirada, llueva o brille el sol, siempre agazapada tras unos enormes cristales tintados. Y pocas palabras con el vecindario. Algunas veces la veo pasear junto a un hombre que, por su fisonomía, parece miembro de su familia. A lo largo del tiempo, mi imaginación la ha ubicado en escenarios dispares que se movían entre la sordidez y la más aburrida de las monotonías. Más que un misterio, sus silenciosas apariciones son una fuente de inspiración.

Es nochevieja. Faltan pocos minutos para inaugurar el año nuevo. La mesa del comedor está rodeada de buenos amigos que se han acercado para congratularse por mi salud restaurada. La alegría circula sin límite de velocidad por toda la estancia. Tomo un sorbo de cava. Mi cuerpo ríe sin parar. De repente, una presencia exterior me invita a mirar por la ventana. Es ella. Negra como la noche. Sola como la luna. Va más abrigada que de costumbre e, incomprensiblemente, cubre el rostro con sus inseparables gafas de sol. Mientras espera a que su perro se descargue, levanta la cabeza en dirección a mi ventana y sostiene la mirada sin disimulo, como nunca antes había osado. En el primer momento, su repentina desfachatez me da un poco de miedo. Después, por contraste entre su realidad y la mía, tengo la tentación de invitarla a subir. Afortunadamente, es demasiado tarde: los cuartos han empezado a sonar.

CICATRICES DEL FUTURO

Veo la entrevista a una víctima de ETA que acaba de recibir una carta del terrorista que se llevó la vida de su hijo hace más de veinte años. La mujer se muestra fría ante esta iniciativa y así se lo hace saber al periodista. ‘Este señor dice que siente el dolor causado -explica con lágrimas en los ojos- pero no leo por ninguna parte que pida perdón o se arrepienta de su acto criminal’. 

Me pregunto qué hubiera pasado si el delincuente hubiera pedido perdón. Vaticino una actitud igual de indiferente. Por más que se haga o se diga, el hijo permanecerá bajo tierra. Y, junto a él, la paz que necesita la madre para vencer la angustia y llegar a perdonar al asesino. Porque, como dice Clarissa Pinkola en su obra maestra ‘Mujeres que corren con los lobos’, el perdón es fundamental para sobreponerse a los traumas, pero hay personas que sufren abusos tan abyectos y viven situaciones tan inhumanas que son incapaces de perdonar por completo.

Madres enfermizamente posesivas, padres maltratadores, amigos inquisidores, crímenes de guerra, … La sanación emocional de un hecho provocado por un tercero, a mi modo de ver, no pasa por el perdón de éste, sino por nuestra capacidad para pasar página y perdonarlo. En el primer caso, estamos poniendo nuestro futuro en la bandeja del otro. En el segundo, somos nosotros quienes tomamos las riendas de nuestra vida y nuestro bienestar.

MIAU

Hace seis semanas que me diagnosticaron un cáncer de colón. Hace un mes que me extirparon el tumor. Hace dos días que me confirmaron que mi cuerpo está libre de células cancerígenas y que no es necesario realizar ningún tratamiento de quimioterapia.

Volví a nacer. Por tercera vez en casi cincuenta años.

EL BOSQUE SILENCIOSO

Hace un par de días que, por diferentes motivos, me estoy acordando de una clienta que tuve durante mi etapa de coach ejecutivo. La mujer, de mediana edad, casada y con dos hijos, era la directora de un departamento formado por una decena de personas. Su jefa la había convencido para iniciar un proceso de coaching con el fin de desarrollar sus habilidades interpersonales y de comunicación, tanto con los miembros de su equipo como con el resto de colegas del comité de dirección.
Cuando intercambié las primeras palabras con, digamos, Mercè, me di cuenta que estaba ante la personificación de la timidez y que tenía ante mí un reto de proporciones colosales. Además de su estado civil, lo único que pude averiguar de ella era que había nacido en un caserío, en medio de la nada, y que había compaginado los estudios universitarios con las tareas cotidianas que requiere una granja de animales. Nada más. Por más que lo intenté, fui incapaz de romper la barrera del recato y entrar por alguna rendija en el interior de sus miedos, sus inseguridades o su desconfianza por lo desconocido. Construía frases muy cortas y, durante los silencios interminables que dominaban cada sesión, su rostro se tintaba de un rojo violáceo de matiz preocupante. Pocas veces había visto sufrir tanto a una persona en una conversación, por lo que, tras tres sesiones, no me quedó más remedio que proponerle poner fin a los malos tragos y al proceso.
Mercè encarna un rasgo que, en mi opinión, domina gran parte de nuestras relaciones interpersonales: la superficialidad, la cerrazón. Me cuesta encontrar personas que, en el primer envite, o incluso en envites ulteriores, abran el cerrojo de sus sentimientos y los muestren sin encogimientos a sus interlocutores. Hay tanta desconfianza que, incluso cuando el de enfrente ha hecho un esfuerzo por mostrarnos un aperitivo de su lado genuino, nos lo pensamos tres veces antes de sacar alguna gota de nuestra esencia.

LIVING IN A WORLD OF DIFFERENCE

A pesar de llevar varios años en silla de ruedas, desconocía por completo el fenómeno de los ‘wannabes’. Según la información que he podido recopilar, este tipo de personas tienen un deseo profundo de convertirse en personas discapacitadas y pueden llegar a llevar aparatos ortopédicos y sillas de ruedas, y en casos extremos, de provocarse autolesiones, con el fin de ver cumplido su sueño. No hay que confundir los ‘wannabes’ con los abasiofílicos, que son aquellas personas que se sienten atraídas sexualmente por los usuarios de complementos ortopédicos. 
La película Quid pro Quo aborda el tema de los ‘wannabes’ sin filtros de ningún tipo. En una de las escenas, la protagonista (que no tiene ninguna discapacidad, pero que se siente ‘wannabe’) dice algo que me ha dejado impactado: ‘Yo nací discapacitada, pero mi cuerpo no ha acompañado los deseos de mi mente’. Cuando miraba el reportaje sobre intersexualidad, escuché frases muy similares en relación a la dicotomía que tenían ciertas personas entre el género sexual que provenía de su mente y el que le otorgaba su fisiología.
Dejando a un lado las valoraciones médicas, psicológicas y morales, este tipo de descubrimientos refuerzan mi convicción de que cada uno de nosotros somos seres únicos e irrepetibles. Y de que, sean cuales sean las etiquetas que nos pongan o nos pongamos, siempre hay una posibilidad para hacer algo en pro de nuestro bienestar interior. Aunque ese algo suponga la amputación voluntaria de una pierna.
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