CANAL INVISIBLE: Cap. 41

Nada, llamaba para saber cómo estás.
Y para oír tu voz. Y tocar el cielo. Y perder el aliento. Llamaba para decirte nada y escucharte todo. Para saber que estás aquí, entre nosotros, regalándonos con tu bondad y tu belleza inaccesible. Llamaba para sentirme parte de ti y abrazarme a ese sentimiento con la misma fuerza con que el bebé agarra el dedo de su mami para decirle lo mucho que la necesita. Llamaba para sentir la primavera a través de tus silencios. En fin, llamaba para no decirte que te amo. 

ÁGORA

‘Cuando salgo a la calle, me pongo el disfraz y nadie se entera de lo que me pasa’ –me dice cabizbaja. Esta frase es de Diana, una mujer casada que está pasando por un calvario desde que sus cuadros ya no cuentan y sus cuentas ya no cuadran. Tiene que ser terrible no llegar a fin de mes, tiene que ser frustrante no poder vender tu obra para llenar la nevera, pero de toda la historia de Diana, lo que me causó más impacto, lo que me pareció más dramático es el doble juego. Sacar sonrisas donde sólo hay desesperación. Lucir orgullo cuando tienes ganas de morir. No sé. Por un lado, esta filigrana me causa admiración, pero, por otro, me parece una aberración.
Cada cual sabe sus razones, sus inercias. Pero cuando escucho a personas como Diana que viven en silencio las miserias, los abusos o los desengaños me pregunto qué hemos hecho como sociedad para que sus miembros sólo puedan mostrar su perfil más amable, su versión más dócil y tengan que cargar solitos con sus engorros. ¿Comodidad? ¿Desidia? ¿Amenaza? ¿Supervivencia? Se me ocurren decenas de teorías para justificar esta conspiración contra el carácter solidario que debería caracterizar una comunidad, pero ninguna de ellas ayudará a Diana.

MARCHANTE

Cuando la escultura sale del estudio del autor aún está incompleta. El cuadro no acaba cuando se fija a un marco y se cuelga en una pared. Para nada. La coreografía todavía cojea incluso cuando se ha ejecutado con perfección. El aria, la partitura o el guión teatral no terminan en el aplauso. Al contrario, es entonces cuando empiezan su verdadera andadura. Un edificio tiene que hacer vibrar al visitante. Una novela debe escarbar en el repertorio de los miedos o las pasiones del lector y sacarlos a flote.

Porque toda obra de arte, toda expresión artística necesita de los ojos del espectador para cumplir con su último cometido. De los ojos y, sobre todo, de las emociones. Sin emoción el arte queda manco, insuficiente. Inmóvil. El arte no es estático sino que deambula vulnerable por las interpretaciones de quien lo observa. Y es esa interpretación, ese rifirrafe interior el que dota de significado a cada pieza, cada letra o cada nota.

Un significado único, irrepetible e incatalogable.

PSSSSSSST

Hay veces que no es en la conversación donde ocurren los cambios personales. Es más, tengo la teoría (y van …) que es en el silencio donde una persona hace los clicks que, a la larga, serán más trascendentales para poner en marcha su bienestar. Creo que, salvo en entornos de reflexión íntima vis-à-vis con un conversador, estamos acostumbrados a hablar desde un lugar muy confortable y emocionalmente seguro. En esos foros, nuestro discurso fluye repetitiva y mecánicamente, escoltado por la autocomplacencia, el desconocimiento o el temor a agrietar nuestros anclajes vitales.

Me vienen a la memoria decenas de situaciones en las que un conversador, a raíz de un comentario o una pregunta o, ¿por qué no?, un libro o una película, se queda sin habla, conectado con el descubrimiento que acaba de realizar. En esos momentos, sobran las palabras. Basta con mirar la cara de la persona, para darse cuenta de la magnitud que esa silenciosa revelación tendrá para su vida. Los artistas, los creadores, los investigadores o, en fin, quienquiera que esté en contacto con el mundo de las ideas ha experimentado alguna vez la gloriosa sensación que supone parir algo de la nada, como si de un minúsculo Big Bang se tratara. Con los cambios personales, desde mi punto de vista, pasa lo mismo. Brotan del sigilo. Simplemente ocurren.

Callar es, a mi entender, una parte sustancial del conversar. En el silencio, uno dialoga consigo mismo. Los psicólogos dicen que nuestro ‘yo debería’ negocia entre bambalinas con nuestro ‘yo soy lo que soy’ y pacta el guión que regirá la función del día siguiente. Sea como sea, si de lo que se trata es de conectar con nuestro lado genuino para tomar el impulso que necesitamos para propulsarnos y rescatarnos del desencanto vital que nos aplaca, ¿qué mejor lugar que la calma de nuestro retiro interior para explorar las alternativas que tenemos a nuestra disposición?

¿A qué quiero dedicar mi vida? ¿Quiero compartir más tiempo en estas condiciones con esta persona? ¿Salgo del armario? ¿Cómo quiero educar a mis hijos? ¿Me gusta este trabajo? Una persona puede escribir decenas de páginas para argumentar las respuestas en uno u otro sentido, pero llegará un día, sin saber cómo ni por qué, que se despertará escoltado por el silencio de la noche con el voto decidido.

LA REVOLUCIÓN INDIVIDUAL

‘No hay nada que hacer –me dice un chico decepcionado con el rumbo que ha tomado el mundo-, no hay alternativas ni ganas de revelarse contra los abusos del sistema capitalista. La gente está dormida, embelesada con la Belén Esteban de turno.’
Mi teoría al respecto es que sí se están haciendo cosas, pero, quizás, no de la manera tradicional. En la Revolución Francesa, la gente, harta de pasar hambre, se lanzó a la calle a secuestrar a los monarcas. En Egipto, más recientemente, sin llegar al salvajismo del siglo XVIII, ocurrió algo similar para derrocar un sistema autocrático y, a todas luces, injusto. La duda que me planteaba este joven era, por una parte, si había alternativa, y, por otra, si, caso de ponerse en marcha, llegaría a triunfar.
Mi opinión es que lo que nos va a sacar de esta espiral consumista es la toma de conciencia individual. Ni marxismo, ni socialismo, ni capitalismo. Interiorismo. Es desde el despertar interior desde donde, creo, que se puede producir la revolución que tantos esperamos. La revolución de las revoluciones. Una nueva manera de cambiar las grandes cosas a base de cambiar muchas pequeñas cosas, donde Internet jugará un papel fundamental. ‘Llegará un día –le dije a este chico- que un hecho aislado prenderá una chispa en la conciencia individual de millones de personas que pondrá el mundo patas arriba.’

Y TODO A MEDIA LUZ, CREPÚSCULO INTERIOR

Explica el reportaje que Buenos Aires es la ciudad del mundo con mayor número de terapeutas per cápita. Uno de los protagonistas de la cinta tiene veinticinco años y ya acumula cinco de psicoanálisis. ‘Mi madre se psicoanalizó durante treinta años, mi padre estuvo veinte años y mi hermano lleva diez años de terapia –explica este joven-, por eso cuando me dejó la novia todos me recomendaron que fuera a un psicoanalista’. El chico está compaginando los estudios de periodismo con pequeñas incursiones en el mundo literario y, preguntado al respecto, declara que le gustaría seguir psicoanalizándose durante toda su vida. ‘Probablemente, es lo que también espera su terapeuta’ –malpensé.
Hay algo en este tipo de terapia que me chirría. Quizás tiene que ver con la interpretación acerca de la finalidad de un proceso terapéutico. Para mí, por ejemplo, además de bienestar, una conversación debe proporcionar autonomía a la persona que viene a conversar. Los terapeutas que consiguen mejorar la calidad de vida psicológica de sus pacientes sólo cuando éstos los visitan semanalmente durante años me generan dudas, me incomodan. Si hago memoria, desde que empecé como coach, no ha habido ningún proceso que durara más de una docena de sesiones. No me imagino haciendo conversaciones genuinas durante treinta años con una persona. A menos, que hayamos convertido nuestro espacio conversacional en una amistad.

INDOCTI DISCANT, ET AMENT MEMINISSE PERITI

En el libro ‘Paz y armonía en la vida cotidiana’, Ramesh S. Balsekar, trata de dar las claves para eliminar el sufrimiento de nuestras vidas. A continuación, incluyo algunas frases que he leído en las primeras páginas y que me han dado que pensar:
– No es preciso buscar una solución al problema de la felicidad o el sufrimiento, basta con comprender que nunca ha habido tal problema.
– La búsqueda espiritual consiste en convencerse y aceptar que toda acción es un suceso que, simplemente, tenía que suceder.
– El miedo tiene su origen en el sentimiento de autoprotección con el que hemos sido educados y encuentra su caldo de cultivo en nuestra mente especulativa, siempre preocupada por el futuro. Para liberarnos del miedo es imprescindible permanecer en silencio y salir de esta mente porque es imposible buscar un remedio para un problema desde un lugar que, a su vez, es la génesis del mismo. El mecanismo del pensamiento consciente es la esencia del miedo del que nos queremos deshacer.
– La causa fundamental de casi todo problema es el hecho de que la entidad individual no es capaz de aceptar Lo-Que-Es en el momento presente, y quiere algo distinto.
– Una atención y una relajación totales en el momento presente conducen a la espontaneidad y a la eficiencia en la acción, y a la paz y a la armonía en la no-acción.
– Uno no genera ningún pensamiento. Los pensamientos ocurren.
– La única respuesta posible a la pregunta ‘¿Qué harías si alguien se acercara con una navaja?’ es ‘No lo sé’.
– Una vez tomamos una decisión, lo que pase después nunca habrá estado bajo nuestro control. Ningún individuo puede alterar el inevitable flujo de la vida. 

BIENVENIDO AL CLUB

Escucho a Francisco Mora decir que los seres humanos sólo compartimos la realidad en lo relativo al conocimiento, no en lo relativo a las emociones y los sentimientos. Es decir, que una manzana es un concepto que todos entendemos por igual, pero no así el amor o la tristeza. Aclara este prestigioso neurocientífico que esto es debido a que la idea ‘manzana’ es un acuerdo al que ha llegado la sociedad para crear conocimiento, como una especie de ‘verdad consensuada’ que permite desarrollar diferentes conceptos o ideas de manzana sin cuestionar la idea madre. Si cada vez que decimos ‘manzana’ tuviéramos que explicar qué es, el ser humano aún estaría viviendo en las cavernas.
Sin embargo, explica el Sr. Mora, con las emociones no podemos realizar este ‘atajo lingüístico’, dado que éstas tienen que ver con la experiencia individual generada a partir de las billones de sinapsis que establecen nuestras neuronas a lo largo de nuestra vida. La idea ‘tristeza’ no se puede generalizar. Delante de un hecho o una sensación etiquetada como triste, una persona sentirá una cosa y otra persona sentirá una cosa diferente. Lo mismo ocurre con el amor o la compasión o el odio. El lenguaje, en este caso y a mi modo de ver, se convierte en una trampa, en un mal necesario que, por un lado nos facilita la comunicación y, por otro, nos limita.
Las experiencias, las emociones son únicas y exclusivas de cada uno. Si las etiquetamos es por una cuestión práctica, pero no debemos olvidarnos de su naturaleza. Creo que si entendemos y aceptamos el carácter individual de nuestras emociones podremos dejar de compararnos con los demás y aceptar mejor nuestro aquí y nuestro ahora.
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