CREER PARA SUFRIR

Creencias, juicios, ideas preconcebidas, historias. Sea cual sea la nomenclatura que utilicemos, el caso es que hay una parte de nuestro sufrimiento vital que nace en nuestra mente. La meditación o el mindfullness son técnicas que evitan esa diálogo incesante tratando de llegar al silencio, la quietud y la presencia con la respiración. Otra manera de reducir el ‘ruido mental’ es intentar cambiar aquellos pensamientos que nos bloquean la vida por otros que nos muevan a la acción y a la búsqueda del bienestar. En este post hablaré de dos técnicas que me parecen interesantes: The Work y la Terapia Narrativa.
Conocí el trabajo de Byron Katie a través de Elma Roura, una profesora de tantra y terapeuta que utiliza esta metodología para aliviar el sufrimiento de sus pacientes. The work, que así es como se llama la técnica de Katie, propone un trabajo de indagación a través de unas sencillas preguntas que van a permitir a la persona una reinterpretación de sus creencias y, así, dejar de ser una víctima y tomar responsabilidad en su vida. Este método funciona mucho mejor cuando las creencias se aplican a otra persona: la pareja, los hijos, el jefe, etc. Al final del proceso, uno siempre llega a la conclusión de que el otro nunca tiene la culpa de mi infelicidad, sino que son mis creencias sobre el otro lo que causa mi malestar.
El mismo enfoque, pero con diferentes técnicas, lo encontré en la Terapia Narrativa. Esta línea de trabajo, que fue desarrollada por Michael White and David Epston, propone que cambiemos aquellas historias que nos han contado sobre nosotros mismos (y que nos hemos creído) y que nos causan descontento. La idea es separar la persona del problema y, cuando eso ocurre, intentar examinar cuidadosamente la dinámica y la dirección de la interacción entre personas y problemas. Entonces puede abordarse una pregunta crucial: ¿está consiguiendo el problema más influencia sobre la persona, o está la persona consiguiendo una mayor influencia sobre el problema?

En ambos casos, la intención es la misma: cuestionar eso que llamamos realidad y reinterpretarlo en nuestro propio beneficio emocional.

EL OTRO, ESE ESPACIO DE ENCUENTRO CON UNO MISMO

Ahora, cuando estoy con el otro, me dejo sentir el calor en mis mejillas y el deseo que brota en mi piel. Y siento la apertura de mi pecho mientras el amor emerge hacia fuera. Ahora, en cada caricia y cada silencio, conecto con la sabiduría de los cuerpos. Me siento lleno, me siento nutrido, me siento vivo y, sobre todo, despierto.

UNA REIVINDICACIÓN

Coach de actores. Coach alimentario. Coach musical. Programa coach de TV. Hace tiempo que el coaching se ha convertido en un término popular. Me alegra comprobar que lo que en sus orígenes era considerado por algunos como una una secta o una pseudoterapia, hoy es visto como una actividad profesional normalizada y aceptada por una buena parte de la sociedad. Como ejemplo de esta normalización basta con mirar la web del Colegio de Psicólogos de Barcelona para comprobar que aquellos que, en su día, veían con recelo esta disciplina hoy lo acogen en sus foros sin titubeos.

A principios del 2000, cuando el coaching en España aún estaba en fase embrionaria, quienes nos dedicábamos a esta práctica teníamos que invertir muchos esfuerzos en explicar los beneficios y las técnicas que empleábamos. Afortunadamente, los resultados eran tan contundentes y eficaces que las voces críticas se fueron diluyendo con relativa rapidez.

Hace poco, leí una entrada de un blog (ver aquí) que me hizo pensar en los peligros que se esconden tras el éxito del coaching. Más allá de la sátira o la exageración, el autor apuntaba una serie de prácticas que, en determinados casos, se ejercen bajo el paraguas protector del término. De todas ellas, me interesa destacar una que, a mi modo de ver, ataca los fundamentos de esta disciplina. Se trata de la manía que existe en esperar consejos del coach, es decir, en confundir al coach con un asesor o un mentor.

Todos los profesores y maestros que me enseñaron sus técnicas me dejaron claro que el coach no es un consejero sino un mero facilitador que acompañaba a la persona en su proceso de aprendizaje a través de la pregunta y la indagación. Incluso en la motivación del cliente se debería utilizar la pregunta para que sea la propia persona la que verbalice sus avances. Este principio es, en mi opinión, el que confiere al coaching su poder transformador. Este enfoque es el que me motivó a enrolarme en esta aventura.

Es muy probable que la génesis de este re-enfoque hacia la asesoría resida en la propia palabra (‘coaching’ = entrenamiento). Siempre fui crítico con ella, pero nunca encontré un sinónimo en español que expresara el espíritu indagador que proponen los padres del coaching. Ahora muchas personas esperan de un coach que les indique el camino a seguir o les sugiera la conducta necesaria para alcanzar un objetivo. Pero eso, desde mi punto de vista no es coaching.

TANDEM TEAM BARCELONA: ¡TÚ TAMBIÉN!

Tandem Team Barcelona es una asociación sin ánimo de lucro cuya meta es impulsar, colaborar y promover proyectos en pro de la defensa de la diferencia y la diversidad en cualquiera de los dominios de expresión humana (social, cultural, sexual, laboral o económica) con el fin de mejorar la calidad de vida de las personas con diversidad funcional (discapacidad). Desde esta plataforma pretendemos generar impacto e influencia a través de una extensa oferta de proyectos estructurales y talleres puntuales.

Uno de estos proyectos es Tandem Intimity, la primera propuesta explícita para ofrecer un acompañamiento íntimo y/o sexual a las personas con diversidad funcional (discapacidad). Tandem Intimity hace de puente para que una persona con DF pueda encontrar a otra persona que quiera compartir su intimidad y su sexualidad con ella. Y viceversa.

ENTRAÑ(H)ABLE

A medida que avanzo en la práctica de la Conversación Genuina, a medida que profundizo en las respuestas a la pregunta “¿Quién soy?”, más me convenzo de que la autenticidad y la esencia de una persona no se pueden verbalizar o conceptualizar. Es probable que al plantear esta pregunta existencial nos quedemos sin palabras. Y es muy probable también que a lo largo de nuestra vida demos respuestas diferentes en función del ámbito, el ciclo vital o el entorno humano en el que la planteemos. ¿Significa que somos menos genuinos por el hecho de cambiar nuestra respuesta? ¿Dónde está nuestra genuinidad?

Llevo algunos días dándole vueltas a estas cuestiones y cuanto más converso, cuantos más procesos de toma de conciencia escucho, más me resuena la idea de la experiencia. Si tuviera que definir qué es la genuinidad, diría que es toda aquella experiencia que vibra en la boca de nuestro estómago. Así de fácil. Y así de complejo. No sé explicarlo de otra manera. Es la conclusión a la que llego después de recopilar decenas de respuestas de personas que se han acercado a su lado más auténtico y describen esa vibración cuando piensan, dicen o hacen alguna cosa que sale de su Ser Genuino. Desde este planteamiento, la búsqueda de la autenticidad pasaría por la selección y la facilitación de aquellos momentos, actividades o personas que gatillen en algún momento ese sentimiento en nuestras entrañas. Así de fácil. Y así de complejo.

VUELINGCUENCIA

Tras casi veinte años en silla de ruedas solo tengo palabras de agradecimiento para las miles de personas que con sus acciones, de forma permanente u ocasional, han hecho que mi día a día fuera un poco más accesible y llevadero. Hay, sin embargo, excepciones que por el impacto que me causaron quiero testimoniar. La primera vez que me sentí maltratado por mi condición de tetrapléjico fue en el hospital, mientras me recuperaba del accidente. Un enfermero cachondo con ganas de humillar a los pacientes empezó a pegarme sopapos en las nalgas simulando que me infringía un castigo por haber tenido una incontinencia. Su excusa para hacer semejante salvajada nacía en el hecho de que mi cuerpo no tenía sensibilidad en esa zona y por tanto podía zumbarme cuantos guantazos se le antojaran. Con el paso de los años he vivido situaciones menores en las que me he sentido incómodo o incomprendido por mi condición física. En la mayoría de ellas no he visto ninguna intención que me llevara a soliviantarme lo suficiente como la de aquella primera vez.

La semana pasada, sin embargo, volví a sentir ese fuego interno que produce la impotencia y la indefensión. Fue en un vuelo a Ibiza con la compañía Vueling. Subí al avión en una silla especial, acompañado de dos asistentes que se ocupan de ayudar a embarcar a las personas con diversidad funcional. Cuando llegué a la fila que me correspondía, les pedí que me sentaran en el siento del pasillo, como había hecho anteriormente en otros vuelos. Al oír esta indicación, el sobrecargo me dijo que no podía usar esa localidad, que tenía que viajar en el asiento de la ventanilla. Me quedé estupefacto. Era la primera vez que oía algo similar. “Vueling tiene una norma de seguridad que dice que las personas con movilidad reducida deben sentarse junto a la ventana”, me ordenó el jefe de la tripulación. Intenté razonar con él. Le dije que entrar en ese asiento iba a resultar muy complicado, que mi altura y mi tetraplejia complicaban enormemente esa maniobra. El tipo se mantuvo impertérrito, asido a la norma de seguridad. A la de tres, con el cuerpo lleno de rabia, acepté que los dos asistentes hicieran la transferencia. Llegué a mi ubicación con gran dificultad, gracias, entre otros, a la ayuda de mi cuidador que echó el resto en el tramo final. Estaba encendido. Las piernas tocaban con el asiento delantero y tuve que estar todo el trayecto con el respaldo reclinado para evitar llagarme. También tuve que pedirle al viajero de enfrente que por favor no se recostara hacia atrás para evitar lastimarme la rodilla. En la maniobra de aterrizaje no levanté mi respaldo, como obliga la normativa. Y ni el sobrecargo ni ninguno de los miembros de la tripulación tuvieron las narices de obligarme a ponerlo en posición vertical. Fue mi pequeña venganza. La demostración de que las normas, cuando la situación lo requiere, se pueden saltar.

A la hora de desembarcar, la maniobra fue más vejatoria porque los asistentes del aeropuerto de Ibiza eran mucho más bajos y mucho menos experimentados que los de Barcelona. Con mi peso y mi altura, salir de aquel agujero fue una auténtica pesadilla. Mis pies chocaban con las fijaciones del suelo y mis rodillas con los asientos delanteros, impidiendo avanzar hacia la salida. Los dos empleados estaban tan fatigados que se las vieron y se las desearon para levantar mi cuerpo hacia la silla, sin dejar de golpearlo con todo lo que se ponía a su paso. Durante ese largo calvario, el sobrecargo se desentendió por completo de su responsabilidad y, por no tener, no tuvo ni la decencia ni la valentía de despedirse de mí, como le obliga su norma laboral.

P.D. En el vuelo de vuelta, el sobrecargo no sólo me autorizó a viajar en el asiento del pasillo sino que colaboró personalmente a hacer la transferencia. Dejo escrito mi agradecimiento.

FOR I HAVE SINNED

Una conversadora genuina me ha pegado un varapalo a raíz de un comentario que le he enviado por mail y que lo ha tomado como una intromisión indebida en su intimidad. Mi intención, obviamente, no era causar ninguna ofensa ni levantar ampollas del pasado, pero aquí lo que vale no es lo que yo pretendí con el texto sino lo que ella interpretó. Y si la mujer se ofendió eso es lo que cuenta. El episodio me ha dejado un regusto amargo. También me ha dejado una lección magistral. De esas que perduran en el tiempo y que sacaré a colación en futuras charlas de sobremesa cuando explique aquellos aprendizajes que han modelado mi manera de entender la conversación genuina.

La palabra que más resuena en mi interior es humildad. En esto de la terapia o del coaching o del crecimiento interior es recomendable instalarse en la humildad, de lo contrario existe el riesgo de endiosamiento. Cuando una persona cura su depresión o su ansiedad o encuentra la alegría en su vida tras un proceso terapéutico, sea de la naturaleza que sea, tiende a halagar y ensalzar la labor del profesional que la acompañó. Pero no hay que olvidar una cosa: quien sana o mejora es el paciente o el coachee que viene a la consulta con la intención de cambiar su vida. Es la intención la que mueve todo el proceso y es el propio paciente quien realmente hace el trabajo. El coach o el terapeuta, en mi opinión, no son, o no deberían ser, los protagonistas del cambio. Lo único que, a mi entender, pueden aspirar es a ser luz para, ojalá, poder iluminar el camino hacia el bienestar de la persona que tienen en frente.

VERDE QUE TE QUIERO VER

Cuando escuchamos una historia sobrecogedora nos identificamos de alguna manera con la persona que nos la cuenta. La curación de una enfermedad, el duelo tras la pérdida de un ser querido, la emigración a otro país o la superación de una adicción son procesos emocionales que nos tocan profundamente y nos hacen pensar: «Sé de lo que habla». Incluso podemos a llegar a sentir lo que siente o ha sentido esa persona. Es el mismo fenómeno que, desde mi ignorante punto de vista, ocurre cuando miramos una pintura, escuchamos un aria o asistimos a una obra de teatro. El artista actúa desde su alma. Está desnudo mostrándonos su vulnerabilidad. Y cuanto más transparente es su sentimiento, cuanto más cerca está de su esencia, mayor es el impacto emocional que nos causa. Por eso creo que la cultura es tan importante. Porque nos sirve de espejo. Porque nos hace llegar de forma sutil y contundente a lugares de nuestro interior que yacen yermos e inhóspitos. Las vidas que narran los escritores o las fantasías que moldean los escultores son el mejor abono para reverdecer esos terrenos abandonados por culpa de la culpa o el trauma.

TRIGO LIMPIO

Hace varios días que acabé un curso de narrativa en el Ateneu Barcelonès que me ha tenido absolutamente enganchado. Su conductor, Javier Argüello, es uno de esos escasos profesionales que, además de ser un experto en su materia, tiene la maravillosa capacidad para transmitir el conocimiento a través de la pasión. Me quedo con su adorable trato hacia las diferentes sensibilidades del grupo. Me quedo con su impecable dominio de la técnica narrativa. Me quedo con su valentía a la hora de exponer públicamente las opiniones sobre los ejercicios presentados y de extraer una clase maestra a partir del análisis de cada uno de ellos.

Y, por destacar alguna de sus perlas, me quedo con la distinción que hizo sobre el concepto de la originalidad. Javier nos explicó que los escritores o los artistas, e incluso la sociedad, hemos desvirtuado la idea de la originalidad. Que le hemos atribuido el valor de lo diferente, lo nuevo. Tenemos la creencia que para ser original tenemos que innovar y hacer algo que nadie había hecho antes. Sin embargo, la etimología de la palabra nos indica claramente que la originalidad está relacionada con el origen (“origo” en latín es comienzo). Decía Javier que las obras originales lo son porque tocan y muestran el origen de quien las creó. Porque hablan de la esencia del autor. Cuando nos emocionamos al leer un texto o escuchar una ópera o mirar un cuadro estamos conectando con el alma del escritor o el compositor o el pintor. Y es esa conexión con la autenticidad lo que hace nuevas y diferentes las expresiones artísticas. Porque al final todo está dicho y todo está escrito, pero la manera en que se expresa, es decir, el lugar del que brota la obra es único.

Gracias, Javier, por enseñar con tanta originalidad.

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