QUOTE

‘As a man who has devoted his whole life to the most clear headed science, to the study of matter, I can tell you as a result of my research about atoms this much: There is no matter as such. All matter originates and exists only by virtue of a force which brings the particle of an atom to vibration and holds this most minute solar system of the atom together. We must assume behind this force the existence of a conscious and intelligent mind. This mind is the matrix of all matter.’
Max Planck
Nobel Prize 1918

IGNORANCIAS

Hace algunos días, tomé un café con una chica que quería indagar sobre las conversaciones genuinas. Se llamaba Patricia. Nada más empezar, me confesó que, después de la muerte de su madre, hacía un par de años, le costaba mucho levantarse cada mañana. ‘Necesito ayuda urgente’ –confesó. La noté muy desconcertada, hundida. Casi pedía perdón por el hecho de tomar la palabra. Intuí que esa pérdida no era la causa de su desorientación y su angustia vitales, sino el detonante de un proceso auto destructivo, latente desde quién sabe cuándo. A su lado, mis palabras no fluían y mi energía, tampoco. Me costaba conectar con ella. Estaba encogido, como si me hubiera contagiado su aflicción. Elegí derivarla a una gran amiga que jugó un papel fundamental en las fases más escabrosas de mi proceso de aceptación de la tetraplejia gracias a un reequilibrio que hizo con mi energía vital. Muy a pesar mío, también le sugerí a Patricia que buscara algún tratamiento ‘de choque’ más ‘tradicional’ que le ayudara a coger aire antes de sumergirse en las aguas frías del océano donde empezar a buscar su auto estima. Sí, me refería a un psiquiatra.
Patricia, o, mejor dicho, la experiencia con Patricia ha abierto un debate en mi interior acerca de los límites de las conversaciones genuinas. Un debate que, por otra parte, no es nuevo para mí. Cuando era coach, tenía claro que sólo haría coaching de empresa y que, por tanto, los temas personales no formaban parte de mi ámbito de intervención. Con los años comprobé que en TODOS los procesos, y, en especial, los que valoraba como más efectivos, aparecía una creencia, una experiencia o un aprendizaje del coachee que estaba influyendo en el comportamiento profesional que estaba siendo objeto del proceso, y que si queríamos modificar esa conducta asociada a ese evento había que sacarlo a la superficie y abordarlo de alguna manera. Mi creencia en aquel tiempo era que un coach no puede entrar en ese terreno, que eso es tarea de un psicólogo. Por eso, a pesar de saber y sentir que eso limitaba el alcance y la profundidad del aprendizaje del coachee, durante los primeros años de etapa como coach trataba de no abrir esa puerta tan privada. Lo que no sabía era que mi inconsciente estaba abriendo un montón de interrogantes.
¿Dónde acaba el coaching y empieza la terapia? ¿Es eso relevante para la persona que viene a la conversación? ¿Es cuestión de metodología o de la persona que la maneja? Mis respuestas desembocaban siempre en el mismo paradigma: la magia de la palabra y el AMOR permiten recibir a cualquier persona y entablar cualquier tipo de conversación. Esa sería la premisa que daría sentido a Hablacadabra. Ahora, tras hablar con Patricia, siento la necesidad de abrir una reflexión sobre esta cuestión. Y en esas estoy.

ARGUMENTACIONES

Hablacadabra, es decir, la creencia de que una conversación genuina puede tener capacidades movilizadoras en la conciencia y, por tanto, en el bienestar de una persona, nació como consecuencia de mi incomodidad en el ‘territorio coach’ y como conclusión a una inquietud que me apareció a medida que adquiría experiencia en el arte de conversar con los demás: si tuviera que evaluar los procesos de coaching más efectivos, ¿cuáles elegiría?; ¿qué ocurrió en ese proceso y con esa persona que facilitó el cambio?
Como he dicho en entradas anteriores, mi conclusión fue que los casos de ‘éxito’ coincidieron con las conversaciones donde mi prioridad no era centrarme en el discurso o la historia del otro sino en conectarme con la energía del AMOR y, desde ahí, escuchar y hablar con el otro. La diferencia básica con lo que hacía como coach es que antes me sentía con la obligación de seguir unas pautas (marcar objetivos, fijar plazos, revisar acciones, …) que, creo, me limitaban o, como mínimo, chirriaban con mi naturaleza, con la manera que tengo de entender el ser humano. Ahora, converso con el otro desde el AMOR, con el convencimiento que ese territorio es el que está mejor abonado para plantar la semilla de la autenticidad y ver florecer el árbol del bienestar.
Reconforta, pues, saber que personas más eruditas y con más experiencia se mueven en el mismo paradigma de la ‘palabra sanadora’ y aportan argumentos para su comprensión.

PALABRAS MAYORES

El debate sobre el anacronismo del sistema educativo está abierto desde hace años. Muchos expertos coinciden en que el modelo de enseñanza actual se ha quedado obsoleto para captar el interés del niño a la hora de aprender. Además de aburridas, Ken Robinson también dice que las escuelas son grandes proveedoras de conocimiento, pero muy poco hábiles en desarrollar el auto conocimiento, es decir, en ofrecer herramientas a los niños y adolescentes para que indaguen cuáles son sus pasiones y dónde está su talento. Una de las razones que esgrime Robinson para justificar el inmovilismo del sistema es de tipo económico. Según él, y comparto la idea, las escuelas están diseñadas para formar ‘entidades productivas’ capaces de generar recursos económicos. Siendo esto así, no hay ninguna necesidad ni obligación para ayudar a los niños a descubrir su vocación vital no sea que se les ocurra a todos inclinarse por la danza o por la música y se corte el suministro de mano de obra a la cadena de producción.
Paul McCartney, Andreu Buenafuente o Pablo Motos son ejemplos de ‘fracasados escolares’ que han sabido convertir su pasión en su medio de vida. Me pregunto, cuántos millares de personas están ocupando su tiempo en una actividad que les proporciona el mismo placer que un cepillado de dientes matutino. La escuela puede ser un campo de entrenamiento fundamental para empezar a responder a la pregunta de marras: ¿Quién soy? ¿Qué quiero hacer con mi vida? ¿Cuál es mi pasión? El reto, a mi modo de ver, tiene que ver, como siempre, con cambiar la creencia de que sólo se puede aprender y generar riqueza a partir del conocimiento y que la única manera de evaluar ese conocimiento es a través de la puntuación conseguida en un examen. Las emociones, las experiencias, las artes, la creatividad, … en definitiva, todo aquello que no se puede medir, choca de frente con este paradigma y, por tanto, tiende a menospreciarse. De la misma manera, hay que preguntarse qué pasa con las personas que pueden cambiar el modelo (básicamente políticos y catedráticos) y no lo hacen. ¿Serán víctimas del propio sistema?

TIENE MIGA

 “No se necesitan procesos reflexivos muy sofisticados y conscientes para tomar una decisión importante. Cuando se puede disponer de toda la información necesaria, entonces es mejor tomar una decisión racional; ahora bien, cuando no se dispone de toda la información, es mejor tomar una decisión inconsciente.” Son palabras de Punset que en su último libro se adentra en el poder de la mente.
No es la primera vez que escucho en boca de un científico una afirmación que llevo años escuchando en foros menos ‘oficialistas’. Parece como si, en ciertos aspectos, la ciencia vaya a paso de tortuga. Lo más inquietante, a mi entender, es que la humanidad posee una sabiduría milenaria de valor incalculable que se está transmitiendo de puntillas bajo la amenaza del descrédito facilón. Las mentes y los medios ‘status-quo-istas’ tachan a los portadores de esos mensajes de charlatanes, pirados o embaucadores. Ahora bien, cuando la revista Nature publica los resultados de una investigación como la que nos ocupa, todo son titulares y créditos de reconocimiento.
Qué pena, ¿no?

HITOS

Tengo un amigo en paro que ha trabajado más de treinta años en el mundo de la empresa ocupando posiciones de dirección. Ahora no quiere ni oír hablar de volver a trabajar por cuenta ajena. ‘Hay mucha crueldad y falsedad’ –dice con rencor. Hace poco, estuvimos poniendo al día nuestras vidas y, en uno de los lances, hicimos repaso a su trayectoria profesional y a los hitos que habían marcado su carrera. ‘El mayor descubrimiento que he hecho en todos estos años –me dijo con cierta nostalgia- ha sido darme cuenta que para ser un buen directivo no es necesario interpretar el papel de hombre duro.’
Las nuevas teorías del liderazgo incorporan la inteligencia emocional como factor determinante para mejorar el desempeño individual y de los equipos en una organización. Mostrar una emoción, no es un síntoma de debilidad como creía mi amigo, sino una señal de transparencia que aumenta la confianza en quien se atreve a compartir sus emociones. De la misma manera, un directivo que sepa leer las emociones de sus colaboradores y las gestione abiertamente, obtendrá una mayor implicación y compromiso con la tarea asignada.
Mi amigo hizo su descubrimiento pocos años antes de quedarse sin trabajo, a raíz de una serie de causalidades que le pasaron por delante. ‘Demasiado tarde’ –confesó.

¿LA NUEVA INQUISICIÓN?


Tengo la impresión de que en nuestra sociedad occidental estamos dando demasiada autoridad a la ciencia. Todo aquél fenómeno que no pase la prueba del método científico, o no existe, o, peor, no tiene credibilidad ni para los medios de comunicación ni, por su puesto, para la comunidad científica. La ciencia es sabia, sí pero no es infalible y, mucho menos, omnipresente. Hay decenas, centenares de ejemplos que prueban esa infalibilidad. Hoy se publican los resultados de un estudio que contradice lo que hasta esa fecha se consideraba una verdad inamovible y, mañana un nuevo estudio refuta todo lo escrito y probado hasta ahora. Y, cuando eso ocurre, a nadie se le pasa por la cabeza cuestionar el método.
Hace varios años, Bárbara Arrowsmith fundó una escuela especializada en desarrollar habilidades de aprendizaje para niños y niñas con dificultades para seguir el ritmo de estudios que impone el sistema educativo. Su teoría, basada en una experiencia personal, es que el cerebro se puede cambiar a base de un entrenamiento específico. Fue una de las primeras personas que, sin ser científica, habló de la plasticidad cerebral. En un reportaje se muestra el paso de cuatro niños por la escuela así como el tipo de ejercicios que contiene el programa. En él, se entrevista a una neurocientífica que tacha a Arrowsmith y su metodología de fraude. A la señora en cuestión, la opinión de los centenares de niños que lo validan no le sirve para nada si no sale una manchita en un escáner cerebral que pruebe que aquello es cierto.
En 1633 Galileo fue condenado a prisión por decir que la Tierra giraba alrededor del sol, contradiciendo a la iglesia que pensaba justo todo lo contrario. Ahora, los papeles se han invertido y son algunos científicos los que hacen de inquisidores y condenan con los dardos del desprestigio el trabajo de aquellas personas que se atreven a salir del redil.
Grrrrrrrrrr.

TO BE OR NOT TO BE




Leo una entrevista maravillosa a Jodorowsky que me reconforta. Hay veces que necesito leer las palabras de un sabio para darle más matices a mis argumentos vitales y reforzarlos, si cabe. ‘Ser uno mismo es la felicidad’ –titula el periodista. Cuando leo esto me pongo a pensar. ¿Qué quiere decir ‘ser uno mismo’? ¿Por qué usamos esta expresión tan rimbombante –yo el primero- y, a la vez, tan vacía de significado para algunos? ‘Ser auténtico’. ‘Encontrar tu camino’. ‘Tener una vida genuina’. Son frases hechas que, creo, sólo tienen significado para los que han experimentado el alivio que representa encontrar el centro de su ser. Es como querer describir a qué sabe el chocolate o qué se siente al tener un orgasmo. Hasta que no se prueba, no se sabe. Y, en cualquier caso, cada uno lo vive de una manera.
Para empezar a ser uno mismo, no es necesario irse a un monasterio budista a cantar mantras. Al menos, no para todos. La búsqueda de la autenticidad, desde mi punto de vista, empieza en los pequeños detalles. Julia Roberts, en ‘Runaway bride’, descubre al final de la película qué tipo de elaboración le gusta para los huevos de su desayuno. Hasta entonces se había pasado la película cambiando de novio y, por alguna razón desconocida para ella, adoptando el desayuno que prefería su pareja. Es un buen comienzo. Saber qué nos gusta comer, cómo queremos alimentar nuestro cuerpo. Luego, si queremos, podemos ir un poco más allá y plantearnos si nos gusta la ropa que llevamos o si elegimos la película que queremos ver cuando vamos al cine. Y, si tenemos fuerzas y ganas, el siguiente paso es valorar si hacemos lo que nos gusta, o si nos sentimos a gusto con los amigos que tenemos, o si nos callamos la opinión en alguna reunión, o si hacemos las cosas para agradar al otro, o si tenemos una pareja que nos saca lo mejor de nosotros mismos.
Ser auténtico supone, a mi modo de ver, haber sido capaz de responder en el algún momento vital alguna de estas preguntas: ¿Cuál es mi vocación, es decir, qué es aquello que hago de forma natural y cuando lo hago me siento realizado? ¿Cuáles son mis valores personales, es decir, cuáles son los pilares éticos que guían las decisiones de mi vida? ¿Vivo en coherencia y con respeto hacia esos valores? ¿Estoy haciendo, aquí y ahora, aquello que he elegido hacer?

EL AMIGO INVISIBLE


De vez en cuando, algunas personas me piden un café para preguntarme qué hay que hacer para ser coach. Generalmente hablamos de teorías, de tipos de coaching, de cursos de formación, de opciones profesionales, … También aprovecho para esbozar cuál fue mi experiencia mientras fui coach y cuáles fueron las razones que me llevaron a dar un paso lateral y crear Hablacadabra. Al final de la disertación, suelo introducir un concepto que a mí me parece crucial en este tipo de interacciones y que no tengo muy claro cómo se puede aprender. Es la confianza. ¿Qué es? ¿Para qué sirve? ¿Cómo desarrollarla?
Desde mi punto de vista, la confianza es la base sobre la que se construye una relación saludable, sea del tipo que sea: comercial, de pareja, de amistad y, por supuesto, la que se establece entre dos conversadores (*). Desde este último dominio, la confianza es para mí ese sentimiento intuitivo que hace que una persona abra sus miedos a un conversador para dibujarle con palabras el auto retrato de su sufrimiento más íntimo. ‘Tengo confianza en ti’ –decimos. O ‘Te confío un secreto’. Eso es así porque la confianza no la tiene el conversador sino que la otorga la persona que quiere ser escuchada. Es el otro quien elige con quién quiere confiar.
A pesar de las múltiples teorías que existen sobre el tema, desafortunadamente, no tengo ni idea cómo se aprende a ser una persona confiable. Como tampoco tengo ni idea de cómo se valora (**). Lo que sí pienso es que un conversador pone en juego su confianza desde el momento en que se levanta hasta el que se acuesta y que, de la misma manera que puede tardar muchos años en construirla, la puede perder tras un descuido en cuestión de segundos.
(*) A partir de ahora utilizaré el término ‘conversador’ para referirme a un terapeuta o coach y ‘conversación’ para hacer mención al proceso terapéutico o de coaching.
(**) Me remito a la intuición.

INSTINTO BÁSICO

¿Qué es la intuición? ¿Cómo identificarla? Y, más interesante, ¿qué hacer con ella? Supongo que todos tenemos una definición para describirla. Para mí la intuición es aquel ‘pronto’ que te recorre el cuerpo delante de un pensamiento, una situación o una persona determinada. ‘Este tío tiene algo’, o ‘Mejor no sigo por este camino’. La intuición, bien escuchada, creo que nos puede alejar de escenarios comprometidos o ayudar a tomar la decisión más favorable para nuestro bienestar.
Dos ejemplos. Para mí, la intuición sería aquella sensación que nos invade cuando nos enseñan una casa que queremos comprar o alquilar y nos hace sentir en un lugar familiar y confortable. ‘Esta casa es para mí’ –pensamos nada más cruzar la puerta. Otro caso de intuición es el de la señal que nos alerta cuando un amigo o pareja hace o dice algo que desentona y hace crujir nuestra confianza, bien sea en el inicio de la relación, bien sea a mitad de trayecto. Si en ese momento, fuésemos capaces de introducir un paréntesis, en lugar de utilizar la mente y el pensamiento para cuestionar nuestra intuición, creo que nos ahorraríamos algunos tragos innecesarios.
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