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Mirad con curiosidad. Fijaros bien en su mirada. Limpia, inocente, transparente, brillante. ¿Qué veis? Y, más importante, ¿qué sentís? ¿No creéis que estáis ante la personificación del amor? ¿No os gustaría que conservara esa luminosidad hasta el último de sus días? Pues pensad que vosotros y sólo vosotros sois los únicos que podéis hacer que ese milagro ocurra. Padres, hermanos, familiares, amigos, profesores, medios de comunicación, políticos, empresarios, religiosos, … Todos y cada uno de vosotros podéis hacer que este ser humano que ha nacido lleno de amor pueda mantenerlo y aumentarlo hasta el infinito. Pensad que cada vez que le cortáis una sonrisa, le ordenáis un comportamiento, le silenciáis un te quiero, le dejáis de preguntar sobre sus sueños, le coartáis un aprendizaje, le encasilláis en un juicio o le inducís a que diga algo que no sale de su interior estáis cercenando ese amor que desprende de forma natural. Es muy sencillo. Se trata de que, de la misma forma que una semilla se convierte en un árbol sólido y fructífero, seáis capaces de abonar y regar este maravilloso ser con una avalancha de te quieros para dejar que la naturaleza se ocupe de hacerlo florecer hasta su máxima expresión.
