TRAPOS SUCIOS
Cuando digo que la mujer tiene una herida arquetípica no pretendo decir que la cuestión del maltrato o del no-trato o del abuso por parte del hombre sea una cuestión del pasado. Al contrario, soy de los que piensan que la herida sigue más abierta que nunca y que hay que seguir insistiendo en la educación infantil para reforzar los valores de igualdad y respeto mutuo y así evitar que los niños de hoy se dejen influenciar por la dinámica machista que impera en una gran parte de la sociedad adulta masculina.
La muestra de que el problema está muy vigente lo encontramos en esta web donde mujeres de todo el mundo pueden enunciar y denunciar sus experiencias diarias. Para muestra un botón:
“He sufrido acoso en el trabajo por varios hombres diferentes en varias ocasiones cuando he ido al baño. Me han acosado con silbidos, llamándome «niña», intentando obligarme a hablar con ellos, haciéndome fotos sin mi autorización, llamándome perra por negarme a hacer una pausa y prestarles toda mi atención, o diciéndome que deberían haber ‘días sin camisa en el trabajo porque tengo una buena carrocería’. Ah, sí, el sexismo está vivo. Y es feo, humillante y aterrador.” (M.)
“Me llamó puta y cuando le pregunté porqué me dijo que por llevar los pantalones tan cortos.” (P., 13 años)
EL SECRETO ES QUE NO HAY SECRETO
¿Qué es la genuinidad? ¿Cómo sé que estoy siendo genuino? Recientemente, con las conversaciones que se general alrededor de la promoción del libro, escucho con bastante asiduidad este tipo de preguntas. Reconozco que no tengo una respuesta; de la misma manera que soy incapaz de explicar a qué sabe el chocolate o qué se siente al perder la movilidad corporal. Hay cuestiones que no se pueden explicar. Se tienen que vivir. Tomar conciencia, ser uno mismo o estar enamorado son conceptos tan ambiguos y, a la vez, tan íntimos y sensoriales que me resulta difícil conceptualizarlos. Vivimos encadenados a las limitaciones del lenguaje que nos obliga a concentrar en una palabra algo tan singular como una emoción.
Mi opinión es que la única manera de explicar estas distinciones es a través de la vulnerabilidad, de la apertura emocional. Mi experiencia me dice que cuanto más expongo mi alma, cuanto más honesto soy con la manera de hablar sobre mi vivencia mejor es la comprensión de lo que intento transmitir. Es mágico. Ocurrió el día de la presentación del libro. Y ha ocurrido en otras ocasiones. Más que hablar sobre la conciencia o el amor, propongo a los que manejamos esta terminología que tratemos de Ser Conciencia y Amor. Desde ese lugar, todas las preguntas tienen respuesta. O, mejor, todas las preguntas dejan de tener sentido y, por tanto, no necesitan ninguna respuesta.
EL NIÑO QUE HAY EN MÍ
LA MADRE DE TODOS LOS ABRAZOS
El sábado siguiente a la presentación del libro organicé una comida con mis amigos más íntimos para celebrar el éxito de la convocatoria. Más que la celebración en sí, lo que me apetecía de verdad era cotillear, escuchar las anécdotas que cada uno de ellos había captado desde su propia vivencia. Necesitaba bajar de la nube en que me había subido tras el inolvidable abrazo (“Me hubiera quedado ahí toda la vida”, me confesó mi madre al día siguiente) y la interminable ovación que me dedicaron todos los presentes al finalizar la entrevista de Albert Om.
Hasta esa comida, llevaba dos noches saboreando en mi memoria las muestras de cariño que recibí de decenas de familiares, amigos y conocidos que, bien de forma presencial, bien a través de la tecnología, bien con el pensamiento, me acompañaron en esa velada. No quiero destacar a nadie en particular. Ni lo hice entonces, ni lo haré ahora. Mi agradecimiento es extensible a todas y cada una de las personas que, de manera más o menos amigable, se han relacionado conmigo a lo largo de mi vida.
Lo que sí quiero hacer en este post es tratar de explicar algo inexplicable: la conexión que se creó en la sala. Me he revisado los vídeos y aún no logro entender el fenómeno. No creo que fuera el mensaje lo que captó la atención del público. Tampoco creo que fuera la novedad la causante de esos silencios tan cargados de significado. Cuanto más pienso sobre la cuestión, más me convenzo de que no fue el ‘qué dije’ lo que me conectó con la audiencia, sino el ‘desde donde lo dije’. Sí, reconozco que durante los primeros cinco minutos estaba muy nervioso, pero a medida que avanzaba la entrevista, y, sobre todo, durante el turno de preguntas, fui cogiendo el hilo de mi genuinidad y empecé a tejer un mensaje cuyas palabras fluían de manera natural, ajenas a las indicaciones que recibían de mi mente. Respondí cada cuestión sin pensar en el libro, ni en la promoción, ni tan siquiera en la imagen que podía estar causando entre los asistentes. Me conecté profundamente con mi experiencia sentida. Cada cosa que dije la traté de mostrar desde el sentir, no desde el pensar. Y fue esa conexión con lo experimentado lo que, en mi opinión, traspasó la mente de cada participante y descendió hasta su hara, ese lugar mágico localizado en la parte inferior del vientre que nos conecta con la conciencia universal, con la certeza. Con el amor.
De ahí la ovación. De ahí la euforia. Sí, aquel aplauso final estaba repleto de amor. De ‘esas palabras me pertenecen’. De ‘ese lugar desde el que hablas es el mío’. De ‘me reconozco’. De ‘te reconozco’. De ‘soy Amor’.
SOUNDS PERFECT
UNA METÁFORA CUALQUIERA
Ayer, día del lanzamiento de mi primer libro, hice el envío de la convocatoria de la presentación a casi medio centenar de contactos. Eran las siete y cuarto de la mañana. A la media hora, ya tenía más de diez correos electrónicos en mi bandeja de entrada con palabras de ánimo y reconocimiento hacia el trabajo. Por la noche había recibido casi un centenar de mensajes cuyos remitentes, bien me felicitaban por la iniciativa, bien me confirmaban su asistencia. Fue tal la emoción acumulada que nada más estirarme en la cama me puse a escuchar Frecuencias del Alma para soltar las lágrimas que se habían acumulado a lo largo de la jornada.
El domingo hará diecinueve años que me partí el cuello y la vida en una autopista portuguesa. En todo este tiempo he pasado por un interminable abanico de emociones que van desde la rabia y la culpa hasta la aceptación y el amor. Han sido dos décadas trepidantes en las que he aprendido a pedir, a dar, a esperar, a conversar, a escuchar, a llorar, a escribir, a recibir, a saber y a saberme. En definitiva, a tomar conciencia.
No siento que este libro sea ni mi hijo ni una culminación de un proceso. Han sido tantos y tan profundos los cambios que he sufrido a lo largo de esta tetraplejia, tantas las pequeñas conquistas que me resulta descortés ponerle una bandera a este trabajo por el hecho de tener más visibilidad que el resto. Vivir el sexo es una tapa deconstruida, una osadía de mi vanidad y mi ego que llevan muchos años pidiéndome una oportunidad. Quizá también sea un granito de arena para mezclarlo entre los millones de granitos de arena que forman esta maravillosa playa que llamamos conciencia universal.
ANÁLISIS DE CONCIENCIA
Antes de entrar en la tienda de libros, me tomo un cortado en la terraza del bar contiguo para despabilarme un poco. A esa hora del mediodía, escasean los transeúntes. De repente, una voz llama mi nombre por la espalda. Cuando me giro, veo a un compañero de universidad y de jolgorios juveniles que se alegra de verme. Compartimos un café y nos ponemos al día de nuestras respectivas trayectorias personales y profesionales. A mitad de la conversación, el hombre me confiesa entre llantos que se siente culpable por no haber estado a mi lado durante los meses posteriores al accidente. Que cuando se enteró de la noticia se quedó petrificado y que nunca supo ni cómo ni cuándo podía hacer la maniobra de acercamiento. Le digo que estoy bien y que no tengo ningún sentimiento negativo hacia él. Que aquello ya pasó y ahora podemos volver a reconstruir la amistad desde otro lugar.
Al llegar a casa pienso en mi amigo. Me pregunto cuánto habrá sufrido a lo largo de los últimos veinte años cada vez que se auto inculpaba por ser incapaz de coger el teléfono. Me viene a la memoria la confesión que hizo el tenor José Carreras en un entrevista tras ganar la batalla a su leucemia: «Antes de entrar en quirófano hablé con mi hermano y le dije todo lo que le tenía que decir». También pienso en las declaraciones que hacen las personas que trabajan con enfermos paliativos que observan que, en el lecho de muerte, la máxima preocupación de muchos moribundos es poder despedirse de sus seres queridos para pedirles perdón por todo aquel mal que hubieran podido causar y para decirles, quizá por primera vez, que les quieren.
GROSSO MODO
Escucho con regularidad que la crisis económica va a provocar un cambio de paradigma en muchos ámbitos. El estado del bienestar o los hábitos de consumo, por ejemplo, ya se están viendo afectados por la devastadora explosión de la burbuja inmobiliaria. A nivel laboral, hace algunos años que se inició un cambio de modelo que ahora, con la recesión, empieza a estandarizarse. Se trata de la forma de trabajar de los millennials, la generación G o Y, los globalizadores o como quiera que se llamen (ver vídeo). Esta nueva hornada de chicos y chicas trabajan inter conectados con un espíritu emprendedor en proyectos que, de forma directa o indirecta, tienen que ver con sus valores, su talento innato o su pasión.
El reto que plantea este nuevo modelo no es baladí. En primer lugar, hay que saber cuál es esa pasión. Para ello retomo el tema del post anterior y me pregunto qué herramientas pone a disposición de los ciudadanos el sistema educativo para hacer esta introspección. Es cierto que hay escuelas privadas que han empezado a incorporar programas o asignaturas que van más allá de los contenidos y ponen un espejo delante del alumno para que se cuestione quién es y dónde está su vocación, pero en la escuela o la universidad públicas no se ven indicios de cambio. No nos olvidemos que estas instituciones están al servicio de la sociedad y no al revés y que son ellas quienes deben adaptar sus estructuras a las necesidades que plantea la nueva economía. Y no al revés.
Los puestos de trabajo del futuro no tendrán una descripción de tareas. Incluso dentro de una organización multinacional, lo que se va a pedir al empleado es que trabaje con mentalidad emprendedora. «Es lo que hace Google —dice Katherine von Jan— que obliga a sus trabajadores a dedicar una quinta parte de su jornada laboral (el equivalente a un día laborable de la semana) a desarrollar ideas o proyectos que sean de su interés. Como consecuencia de esta filosofía la mitad de los nuevos productos que ha lanzado el gigante tecnológico desde 2009, incluido Gmail, han surgido de este ‘tiempo libre’.»
Una vez hemos atinado con la pasión, el segundo reto que propone el nuevo modelo laboral es el de la fortaleza interior para exponerla públicamente y conseguir una compensación económica por ello. La pasión esta tan ligada al ser y a la esencia interior que cuando se usa como medio de vida genera mucha inseguridad. Que se lo digan a los pintores, cantautores o escritores que cada vez que publican su obra sienten que en el fondo son ellos mismos quienes se están exponiendo. La buena noticia es que, a largo plazo, cuando somos capaces de asirnos a nuestros principios, la balanza emocional abandona el sufrimiento y se inclina del lado de la gratificación.
El nuevo milenio nos lleva hacia a una sociedad más genuina. En el ámbito de la sexualidad, en el laboral, en el social o, incluso, en el político se empiezan a observar una serie de comportamientos y actitudes que apuestan por la singularidad, por la flexibilidad y por la honestidad. En definitiva, una apuesta por el ser humano y por aquello que lo define como tal: su conciencia.
TANT DE BO
Toma de conciencia, ser uno mismo, vivir en coherencia, ser auténtico, sentir al centro, conectar con nuestra esencia. Para mí, todas estas expresiones son sinónimas y forman parte del mismo proceso de descubrimiento vital. Cada día que pasa estoy más convencido que la vida es el conjunto de experiencias que nos permiten responder a la pregunta quiénes somos y qué hemos venido a hacer a este mundo. También, poco a poco, me reafirmo en la teoría que dice que la calidad de esa vida depende, en primer lugar, del grado de honestidad que aplicamos a esas respuestas y, en segundo lugar, de nuestra capacidad para trasladar esas conclusiones a nuestro día a día.
Hace años vi un reportaje sobre los métodos de aprendizaje emocional que aplicaba en sus clases un maestro japonés de enseñanza primaria. A mitad de curso, les decía a sus alumnos que dibujaran la silueta de su cuerpo en un papel de gran tamaño y les pedía que la rellenaran con todo aquello que tuviera que ver con su personalidad, sus gustos, sus inquietudes. «Para estos niños y niñas de diez años —dice la voz en off— es una oportunidad para reflexionar sobre quién son».
En efecto, la vida no es más que la redacción de nuestro retrato interior. Desafortunadamente, nuestro sistema educativo no incluye ninguna asignatura que nos enseñe a conocernos mejor. Nuestra cultura ha delegado esa función en la familia. Son nuestros padres y nuestras madres los que, de buena fe, deciden cómo tenemos que vivir la vida. Y, claro, ahí empieza el gran problema porque si hay algo que caracteriza el ser humano es la singularidad. Cuando nos damos cuenta que las sugerencias de nuestros progenitores están hechas desde su propia manera de ver y entender el mundo y no nos sirven, no nos queda otro remedio que coger el lápiz y el papel para ir escribiendo, a través del ‘prueba-error’ o de las diferentes crisis emocionales, la sinopsis de nuestra esencia y el guión de nuestra felicidad.
