¿QUIÉN CREÓ A DIOS?

Greta tiene cuarenta y todos años. Me dice que no puede más. Que le va a explotar la cabeza de tanto pensar y de tanto sufrir. Hace tres años que uno de los mejores especialistas en la materia le ha diagnosticado una bipolaridad. Sus antecedentes familiares y sus repetitivos estados depresivos la llevaron a sospechar de que su malestar existencial iba más allá de un desánimo crónico. Desde que tiene el dictamen en el bolsillo se mueve entre dos aguas. Por una parte, Greta ha conseguido entender las causas de su deriva vital, el porqué de tantas idas y venidas, de tantos compromisos incumplidos y de tantos proyectos evaporados. Por otra parte, la cabeza de Greta se ha convertido en el enemigo a batir. «Si mi mente me ha estado traicionando todos estos años, —me confiesa angustiada—, ¿como puedo confiar en ella para que me saque de este laberinto? ¿Quién ha vivido mi vida, yo o mi enfermedad?»

Sus preguntas me hielan el ánimo. Como no tengo respuestas la invito a respirar. Es el único camino que se me ocurre para sacarla de la trampa que le ha tendido el pensamiento. Sin embargo, ella quiere pelea. Quiere saber qué va a ser de ella. Si podrá tener una vida en pareja. Si podrá armonizar sus vaivenes anímicos con alguna actividad que le permita alguna recompensa, no ya en forma de dinero, sino en forma de reconocimiento ajeno. Si podrá reprimir los deseos de sacarse de en medio.

Si podrá.

BY ANY MEANS

Los jueves eran especialmente tediosos para Biel. Su padre le pagaba una tutoría de matemáticas en casa de una licenciada universitaria que vivía al otro lado de la ciudad y que le impedía participar en la partida de Age of War que su amigo Christian organizaba semanalmente. Las notas del último trimestre confirmaron que el gasto era inútil, pero Biel quería tanto a su padre que era incapaz de llevarle la contraria en ninguna de las sugerencias que le proponía. Salió de la estación de metro con ganas de nicotina. Como había llegado demasiado pronto para el inicio de la clase, entró en un estanco y se puso a la cola. Mientras esperaba el turno, se distrajo con los transeúntes que aprovechaban la tarde para hacer compras en la calle. Una mujer que cruzaba la calzada con temeridad y con prisa llamó su atención. La siguió con la mirada. Vestía un tejano ajustado y una cazadora negra, a juego con las botas. La señora se paró frente a un edificio de oficinas, giró la cabeza en ambas direcciones y pulsó el timbre. En uno de los gestos, Biel reconoció el rostro de esa desconocida. Era su madre. La primera reacción que tuvo al identificarla fue de extrañeza. Ni el lugar ni la hora ni el vestuario encajaban en sus hábitos. Se olvidó del tabaco y salió del establecimiento dispuesto a saludarla. Empezó a sentirse incómodo. La densidad del tráfico le obligó a detenerse un momento antes de poder atravesar la avenida. Agitó los brazos para llamar su atención, pero como ella se había dado la espalda para recomponerse la melena frente al cristal de la puerta decidió gritar su nombre. Cuando iba a levantar la voz, vio a un hombre bastante alto que salía del portal y la rodeaba con sus brazos. Biel se quedó helado. Petrificado. Tras el abrazo, empezaron a besarse con pasión y con descaro. Ahora sintió asco. Era tanto el dolor, tanta la sorpresa que apartó la mirada de aquella escena. Parecía que su inconsciente evitaba presenciar aquella realidad. Buscó apoyo en un árbol antes de alzar la vista. Lo que vio acabó por confirmar la infidelidad: su madre paseaba de la mano de un extraño en dirección a alguna habitación cómplice.

OUBLIEZ TOUT CE QUI S’EST PASSÉ

Gracias a las confesiones que me han hecho varios amigos y conocidos a lo largo de casi veinte años en silla de ruedas, puedo concluir que las dos preguntas más recurrentes que se hace la gente que me conoce por primera vez, independientemente del sexo que sean, son:
    —¿Cuál es la causa de mi tetraplejia?
    —¿Cómo me las arreglo para tener relaciones sexuales?

En este post me centraré en dar una pequeña pincelada sobre la segunda cuestión. Para empezar diré que la tetraplejia es un tipo de lesión medular que afecta, en mayor o menor medida, a la funcionalidad del tronco y las cuatro extremidades. El grado de afectación corporal depende del nivel en que se ha producido la lesión. La más severa es la que sufrió Christopher Reeve tras caerse de un caballo. El famoso actor se rompió la columna vertebral al nivel de la segunda cervical y no solo perdió la función motora y sensora de su cuerpo desde el cuello hasta los pies sino que, mientras vivió, necesitó de un respirador artificial para bombearle oxígeno a los pulmones. En mi caso, la lesión me permite respirar autónomamente y mover los hombros y determinados músculos de mis brazos, pero me impide mover los dedos de las manos y cualquier otro músculo desde el pecho hacia abajo. En cuanto a la sensibilidad se refiere, mi cuerpo solo es capaz de sentir al cien por cien de su capacidad en un dedo de la mano, en determinadas partes de los brazos y en cualquier zona que esté localizada por encima de mi pecho.

Las repercusiones de la tetraplejia en mi sexualidad son obvias: ni tengo erecciones ni puedo eyacular ni tengo sensibilidad en la zona genital. Esto me convierte en un impotente y en un frígido, pero, al contrario de lo que pensé durante los primeros años de lesión, y quizá piensen muchas de las personas que me conocen por primera vez, no me convierte en una persona asexuada (con todo el respeto para quienes se declaran así). Tendemos a confundir la sexualidad con la genitalidad. De esta manera, muchos hombres que, como yo, no tienen habilitada la función genital o la tienen averiada (gatillazos, cavernitis fibrosa y demás incomodidades) tienden a ponerse en duda como entes sexuales por el mero hecho de no ser capaces de alcanzar la penetración o por no tener el vigor necesario para mantener la rigidez del miembro hasta el éxtasis de su pareja.

La gran lección que me ha dado la tetraplejia en el ámbito de la sexualidad es que la ausencia de pene no implica la ausencia de sexo. Eso sí, para construirme como individuo sexuado tuve que hacer un desaprendizaje de todas las querencias que había grabado en mi manual de conducta amatoria a lo largo de mis años de ‘pene-centrismo’. Hoy en día mis relaciones sexuales no tienen ni la urgencia ni la presión para cumplir con el deber que se supone a todo macho, es decir, la penetración. Una vez liberado de este lastre, mis interacciones íntimas son, ante todo, un diálogo corporal, una búsqueda del placer en zonas, ámbitos y situaciones que cambian en función de la persona con la que estoy conversando.

EMBOLICA QUE FA FORT

Hace varias semanas, a raíz de las noticias que se publicaron sobre la corrupción en Catalunya, publiqué un tuit en el que instaba al partido del gobierno catalán a crear un órgano independiente constituido por profesionales de primer nivel cuya misión fuera la de auditar todas las cuentas públicas. De esta manera, pensaba entonces, se lograría un mejor control sobre los gastos y se evitarían tejemanejes entre políticos y contratistas.

A raíz de una conversación con un proveedor del Ayuntamiento de Barcelona me he dado cuenta de que para acabar con la corrupción y el tráfico de influencias hacen falta bastantes más cosas que una auditoría independiente. Concretamente, hacen falta toneladas de ética profesional. Me decía este buen hombre que para estafar al erario público basta con que un funcionario responsable del aprovisionamiento de una escuela, un ayuntamiento o un hospital se compinche con un proveedor para que infle el importe de una factura y éste, a cambio, le dé una compensación en efectivo cuando reciba el ingreso. Es materialmente imposible que una auditoría llegue a detectar este tipo de fraude. Por muchos controles que se establezcan, por muchos dobles o triples presupuestos que se pidan para hacer más justa la licitación, siempre habrá un momento en que la ética o, mejor dicho, la ausencia de ética llevará a una persona que tiene poder de decisión a inventarse los triquiñuelas que sean precisas para manipular las reglas de juego y revertirlas en su propio beneficio.

OTRO GALLO CANTARÁ

Podemos reflexionar sobre el sentido de nuestra vida. Podemos hacer teorías y análisis acerca del fenómeno humano. Nos podemos identificar con la tesis de un autor o profesional que escribe y describe los procesos elementales de nuestra biología. Podemos encadenarnos o liberarnos cada vez que interpretamos una idea, un gesto o una palabra. Podemos quejarnos del pasado, pasar de puntillas por nuestro presente y angustiarnos por el futuro. Podemos escuchar opiniones de otros acerca de nosotros y elegir de qué forma queremos que nos afecten. Podemos pensar, decir y hacer millones de millones de cosas a lo largo de nuestra existencia.

Pero lo único que permitirá tener una comprensión genuina sobre nosotros mismos, es decir, sobre nuestra identidad es la experiencia directa. El sentido de plenitud al mirar el mar, la pena de una pérdida, la alegría que nos produce un reconocimiento o el nirvana sexual solo tienen sentido en nuestra mismidad. Somos nosotros quienes dotamos de contenido a cada emoción a través de la vivencia de ese acontecimiento. Y es en ese experimentar donde le damos significado y contenido a nuestro Ser. Como dice Andrés Schuschny, «Sólo a través de la experiencia directa, se puede comprender en uno, lo que haya que comprender de Uno.»

FLUIR EN EL SUFRIR (3)

La mujer me dice que se identifica con ese estado casi eufórico que explico en el post. Todo lo que ocurre a su alrededor, todo lo que lee y todas las personas que conoce parece que le son familiares, aunque sea la primera vez en la vida que se cruza con ellas. Ella cree que es la casualidad. Yo creo que es la toma de conciencia. Es el clic terapéutico. Algunos autores lo denominan ‘experiencia de mismidad’, de conexión con algo muy genuino y sublime a la vez que tiene que ver con el reconocimiento de nuestra esencia más auténtica. Y como es tan valioso y tiene unas proporciones tan gigantescas y unas repercusiones tan placenteras nos parece irreal o pasajero.

Cuando esto ocurre visualizo a la persona como un archipiélago que acaba de vaciar el agua de su océano y se acaba de dar cuenta que el conjunto de islas que lo forman (lo que mostraba al exterior) en realidad están unidas por una inmensa masa de materia (la conciencia individual) que es grande y sólida y rica y que, a su vez, está unida férreamente a una masa muchísimo más grande y muchísimo más sólida llamada planeta (la conciencia o el amor universal). De ahí la sensación de familiaridad. De por fin haber llegado al lugar donde siempre hemos querido estar.

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