MI MISMA MENTE

En Conversaciones sobre la conciencia Susan Blackmore entrevista a veintiún expertos mundiales en el terreno de la psicología, la neurociencia, la filosofía o la biología que en algún momento de su carrera han abordado el tema de la conciencia. Los últimos párrafos de su introducción me parecen reveladores:

«Me pareció fascinante comprobar que algunos entrevistados se emocionaban con la pregunta (de qué manera el estudio de la conciencia los ha cambiado como personas), y me contaban cómo su trabajo había enriquecido su vida interior o cómo se habían visto forzados a integrar su vida personal con su vida intelectual. Para ellos, el trabajo interior y el trabajo intelectual son inextricables, pero otros parecen muy contentos de mantenerlos separados.

He aprendido muchísimo de estas maravillosas conversaciones, y agradezco enormemente a todos y cada uno de mis interlocutores por haber tomado parte en ellas. ¿Puedo afirmar, sin embargo, que ahora entiendo la conciencia? Sin duda comprendo mucho mejor que antes las numerosas teorías que hay sobre ella; pero, en lo que respecta a la conciencia misma (si es que en verdad existe algo así), me temo que no.»

CAN YOU SAVE ME?

Estos días vivo de cerca el diagnóstico de una persona que le obliga a pasar por el quirófano sin garantías para seguir con vida. Caso de que logre sobrevivir, el mismo diagnóstico le condena a seguir visitando la mesa de operaciones de forma regular sin que por ello disminuya el porcentaje de riesgo. Ante esta realidad, esta persona ha decidido buscar soluciones en la medicina alternativa y darse un tiempo de prueba antes de operarse.

Paralelamente a esta triste noticia, me topo con un blog que, como indica su nombre, califica de charlatanes a todos los seguidores y practicantes de las llamadas pseudociencias, en especial la homeopatía. Como no me quiero alargar demasiado en la entrada, diré que ni la ciencia ni la medicina alternativa tienen solución para todo. Es muy probable que hoy no estaría escribiendo estas líneas si no hubiera sido por los avances científicos que se han producido en las últimas décadas. También quiero reconocer la labor de centenares de innovadores que se enfrentan al escarnio público para poner en práctica métodos y terapias no contrastadas por la comunidad oficial cuyos resultados están absolutamente refrendados por los beneficiarios de las mismas.

Me quedo con la cita de Paco Traver:

«Las medicinas alternativas hay que tomárselas muy en serio, tanto como tomamos en serio las enfermedades sin explicación médica o a las que contradicen los circuitos nerviosos conocidos. No debemos exigirles que demuestren su eficacia (del mismo modo que no exigimos a nuestros pacientes que objetiven sus dolores inexplicables) pues quizá estén señalando hacia el lugar donde efecto placebo e intención puedan algún día encontrarse, es decir cuando aprendamos a usar nuestra mente como lo que es: un interface perfecto para sintonizar el cerebro con la información del medio.»

LA SOFFERENZA DIETRO IL SORRISO

Me preguntan la diferencia entre una conversación genuina y una charla con un amigo. Para empezar, diré que hay muchos tipos de amigos y muchos tipos de conversación. Mi nariz dice que, por mucho que diga el esteriotipo, no es tan habitual ver a dos colegas que se abren emocionalmente cuando hablan de sus vidas. Es más, diría que en la mayoría de casos tanto el miedo a perder la relación como la monotonía en los contenidos que se tratan, impiden que haya una completa apertura.

En una conversación genuina hay una intención, una esperanza de que pase algo. Al contrario de lo que podría esperarse en una charla entre amigos, no hay consejos, ni objetivos, ni juicios, ni compromisos para que eso que esperamos que pase ocurra en un determinado espacio temporal. El conversador entrega el amor intentando no quedar ‘objetalizado’ ni expuesto al deseo del otro. Jamás debe llenar la falta del otro, porque en realidad al otro, aunque no lo crea, no le falta nada. Pues todo lo que necesita está en su interior, en su verse y saberse a sí mismo.

VERBIDESGRACIA

Hace algunos meses escribí sobre el riesgo que conlleva la deriva clasificatoria y homogeneizadora de los profesionales de la salud mental. Sin embargo, a raíz de una serie de conversaciones recientes, quiero matizar ese comentario. Los diagnósticos sobre un determinado tipo de enfermedad o síndrome mental no son, o no deberían ser, contraproducentes en sí mismos. Hay personas que se mueven en el límite de determinadas neurosis o psicosis que necesitan saber, sí o sí, cuáles son los síntomas que lleva asociada su disfunción. Una vez bautizado su trastorno, estas personas respiran hondo y son capaces de tomar las riendas de su carruaje vital sin titubeos ni sentimientos de culpa o auto destrucción.

Los riesgos que, a mi modo de ver, conllevan determinados diagnósticos son, por una parte, el estigma social y el aislamiento que genera el cartel que cuelga del paciente, y, por otra, el devastador efecto de los fármacos asociados a cada uno de ellos. Es aquí, en el terreno de la medicación, donde parece que prima más el nombre de la enfermedad que el de la persona que la sufre y donde se cometen algunos experimentos o excesos de muy difícil justificación.

FLUIR EN EL SUFRIR (2)

En más de una ocasión he presenciado ese mágico momento en el que el conversador, tras un silencio o un comentario, hace el ‘click terapéutico’. A posteriori, cuando he intentado entender cuál ha sido el detonante de ese abracadabra, me he dado de bruces con una obviedad. La frase o pregunta que, supuestamente, ha servido de interruptor para iluminar el túnel interior, ya era conocida por la persona en cuestión. Ésta ya la había leído o escuchado con anterioridad. O incluso, y eso sí que es sorprendente, ya la había pensado en repetidas ocasiones. He ahí la magia a la que me refiero. Porque el ‘click terapéutico’ no tiene que ver con el pensar, sino con el sentir. Con el resentir.

De ahí mi empecinamiento en hablar del Amor como el mejor entorno para promover el cambio. Porque de lo que se trata es que la persona haga ese click desde el estómago, no desde la mente. Y, a mi modo de ver, una de las maneras de conseguirlo es conversar desde el Amor, desde la aceptación. En el fondo, ni el coach ni el terapeuta son los protagonistas de la película. Como dice una buena amiga, el verdadero sanador está dentro de la propia persona, que solo necesita un entorno confiable y acogedor para descubrir el lugar donde cuelga el cabo que le servirá para tejer su bienestar.

FLUIR EN EL SUFRIR

Soy de la opinión que los procesos de cambio personal no siguen ningún patrón, ni están garantizados por un tipo de terapia concreta. De la misma manera, pienso que tampoco se puede definir de antemano el tiempo que necesitan dichos procesos para darse por concluidos. Cuando alguien me pregunta qué hacer para salir del pozo me quedo sin respuesta. Creo, sinceramente, que no la hay. En esto del crecimiento personal, como en tantas otras cosas, no existe la panacea, la terapia milagrosa. Mi único consejo en estos casos es empezar por algún lugar. Un psicólogo, un coach, un libro, un taller, un reportaje. Y, a partir de ahí, ir explorando. Con el prueba-error o con el consejo de algún amigo que hable bien de sus experiencias en el terreno del auto conocimiento, el caso es ir acumulando reflexiones acerca de quienes somos, por qué hacemos lo que hacemos y por qué sentimos lo que sentimos.

Llegará un momento en que, a raíz de una frase del coach o del terapeuta o a raíz de un pensamiento propio, nos dará un vuelco el corazón. Es el ‘click terapéutico’, el resentir, como dice Christian Flèche. Un momento mágico que nos indica que hemos tocado hueso, que hemos dado con el origen de nuestros sinsabores cotidianos. A partir de ese instante, desaparece la sensación tan angustiosa que nos corroía en el pasado cuando queríamos enderezar nuestra vida y no teníamos ni puñetera idea por dónde empezar. Es en ese click donde se abre la página del cambio personal.

AFTER SESSIONS

Vaya por delante mi reconocimiento al director y productor de la película por su atrevimiento a la hora de tratar una cuestión tan incómoda como es el de la sexualidad en la discapacidad. También me quito el sombrero ante Helen Hunt por arriesgarse a interpretar un papel (por cierto, magistralmente) tan alejado de su registro y con tanta exposición corporal. Y, por supuesto, no puedo dejar de admirar a John Hawkes por haber plasmado con fidelidad el sinfín de dudas y sentimientos que transcurren por la mente de una persona que vive entre las aguas de un cuerpo inmóvil y sensible y una mente aventurera.

Dicho esto, como hombre tetrapléjico con inquietudes sexuales, me gustaría compartir algunas opiniones que ocupan mis pensamientos desde que salí del cine. (Cuidado que vienen spoilers). La primera alude a la naturaleza de la discapacidad de Mark O’Brien. La parálisis del protagonista no tiene nada que ver con un traumatismo craneal, o con una lesión medular, o con una esclerosis múltiple. Mark no puede mover su cuerpo, pero sí puede sentirlo. Hay personas, como los lesionados medulares incompletos, que pueden mover el cuerpo, pero no pueden sentirlo. Y hay otras, como es mi caso, que no tenemos ni la capacidad motriz ni la sensora, lo que establece unos límites muy diferentes a los de Mark para construir la sexualidad.

Sobre el rol de la asistente sexual, me gustaría felicitar al director por llevar a Cheryl a consumar la penetración con Mark. No es habitual encontrar a un asistente sexual que acceda al contacto íntimo. Generalmente, las personas (hombres y mujeres) que se dedican a este tipo de servicios ponen el límite en ‘el intercambio de fluidos’, es decir, no permiten ni que les toquen, ni que les besen, ni que les penetren. Cuando digo que no es habitual, hablo de países como Holanda, Alemania, Bélgica o Francia que reconocen el derecho a la intimidad y la sexualidad como algo fundamental y que tienen programas públicos para facilitar el acceso de los discapacitados al sexo. En España, el tema está muy verde. Hay algunas masajistas tántricas que se avienen a hacer masajes con el cuerpo desnudo, pero que, de nuevo, no acceden a intercambiar fluidos. Me consta que la psicóloga Silvina Perano a través de su web y de su grupo de trabajo, está dando los primeros pasos para crear los cimientos de la asistencia sexual en Barcelona.

En relación a la terapia sexual en sí, me parece que la película aborda el tema con seriedad y naturalidad. De la mano de Cheryl, Mark aprende a tomar conciencia de su cuerpo y del de su amante y experimenta por primera vez la masturbación, el sexo oral y la penetración. La única cuestión que me chirría bastante es la del orgasmo simultáneo. Sólo la puedo entender desde el propósito del director por mantenerse fiel a la biografía de Mark O’Brien. Si no es el caso, me parece una licencia esteriotipada que se aparta del mensaje principal que,a mi entender, propone el film. Lo mismo digo del flechazo que tienen entre los dos.

En resumen, chapeau al director por llevar al cine la vida sexual de este poeta y activista estadounidense. Ahora bien, que quede claro que lo que muestra la película es sólo un tipo de expresión sexual. La sexualidad de los discapacitados que no movemos ni sentimos el cuerpo no está en los genitales ni ocurre en un plis-plás, sino que transcurre a lo largo de un delicado diálogo corporal y emocional entre dos energías que buscan vibrar en la misma frecuencia para encontrar el placer en lugares tan inverosímiles como un silencio, una mirada o una caricia infinita entre las yemas de sus dedos.

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