SANAR HACIENDO CAMINO

Laura recibió la noticia de la enfermedad de su marido en el peor de los momentos. Hacía pocos días que, tras varias dilaciones y a espaldas de su cónyuge, había tomado la decisión de separarse. Ahora, su conciencia se veía perturbada por culpa de un diagnóstico que postraba al padre de sus hijos en una silla de ruedas y que la obligaba a vigilar de cerca las necesidades de su nueva fisonomía. El debate interno se abría de nuevo. Si seguía casada, más allá del esfuerzo físico por cuidar de una persona a la que había dejado de querer hacía muchos años, se sometía a los reproches de su propia conciencia por renunciar a un futuro más feliz. Si optaba por la separación, se arriesgaba a recibir una somanta de acusaciones por parte de su esposo y de su círculo familiar, amical y profesional. En cualquiera de los dos escenarios se sentía condenada.

Con el avance de la enfermedad, y el chantaje al que le sometía su marido, la balanza empezó a inclinarse hacia la puerta de salida. Antes de abrir el pestillo, tuvo un par de conversaciones con sus hijos para explicarles el origen de su decisión. No buscaba su aprobación, sino un poco de atención para explicarles su versión de la historia.

Han pasado tres años. Laura vive en un pequeño apartamento del mismo barrio. Hace algunas semanas que la frecuencia de sus llantos ha disminuido. También el sentimiento de culpa. Sus hijos viven a caballo de los dos pisos y le ponen al día sobre la vida de su padre. La última noticia es que ha empezado a salir con su cuidadora.

FREE AT LAST

Miré el reloj. Faltaba algo más de una hora para que llegara mi hija. Encendí otro pitillo y volví a pensar en sor Asunción. Tras el entierro de mi madre, mientras recogíamos la ropa en su ático para entregarla al fondo social de la parroquia, le confesé que mi vida estaba siguiendo el mismo patrón de vejaciones. Allí se abrió una rendija para mi salvación. A escondidas de mi marido, empecé a visitarla con regularidad en busca de confort. Mi monja redentora era experta en temas de violencia de género y, en un intento de liberarme de la culpa, me explicó que el origen de mi dificultad para establecer una relación de apego podía nacer en el régimen de terror que instauró mi padre en nuestra casa y en su incapacidad para crear un vínculo afectivo tanto con mi madre como conmigo. Me costó horrores aceptar esa deriva. Y cuando la entendí, me vinieron a la cabeza centenares de preguntas. Porque si el hogar donde nací era un sitio oscuro del que me escapé para cambiarlo por otro mucho más tenebroso, ¿qué había ocurrido con mi hija Susana que también huyó a EE.UU. cuando alcanzó la mayoría de edad? ¿Estaría sometida al capricho intimidatorio de algún macho americano? ¿Habría sabido eludir la querencia endémica al que estábamos condenadas las mujeres de mi familia? ¿Sería su visita una llamada de socorro?

Pedí otro café con leche y encendí el cuarto cigarrillo de la mañana. De pronto, un taxi se paró en la esquina de enfrente. Mi corazón empezó a latir con contundencia. Del interior salieron dos mujeres. La primera, más alta, más joven y con una melena rubia espectacular, llevaba ropa deportiva de color negro y unas botas de tacón de aguja. La segunda era Susana. A pesar de las gafas de sol, la reconocí al instante. Lucía un corte de pelo asimétrico y vestía una gabardina tornasolada que le cubría la silueta. La mujer esbelta señaló con el dedo la terraza del bar e hizo un ademán a Susana para indicarle el camino. Ella se sacó las gafas para ratificar la sugerencia y empezó a andar hacia mí. Ahí tuvimos el primer contacto visual. Me temblaba tanto el cuerpo que fui incapaz de levantarme. Susana caminaba con determinación, por delante de su amiga. A medida que se acercaba, fui reconociendo los rasgos que la caracterizaban y que el paso del tiempo había subrayado. El cuello ligero, la nariz estricta, la mandíbula aristada. Estaba radiante. Más madura, pero radiante.

Cuando llegó a mi mesa, tiré el cigarrillo y me puse en pie con alguna dificultad. Di un par de pasos al frente y le cogí la cara con ambas manos para decirle en silencio todo lo que había callado a lo largo de los últimos veintidós años. Más allá de las lágrimas, en la trastienda de su mirada, pude encontrar vestigios de una felicidad genuina que me reconcilió con todo el sufrimiento acumulado. A continuación, la abracé con ganas, dejando caer todo mi peso sobre el suyo. Ella también buscó mi cuerpo sin contemplaciones. Apreté mi cabeza contra su pecho y empecé a dar respiros profundos. Además de tocarla, quería olerla, como hace la leona con sus cachorros. Tras el abrazo, Susana alargó la mano e invitó a su compañera a reunirse con nosotras.

—Mamá te presento a Samantha, mi mujer.
—Sam, this is my mother, María.

MIRA QUIÉN MIRA

El primer frío invernal llena la cafetería del centro comercial de gente necesitada de calor. A mi lado, un grupo de mujeres sordomudas que se ríen en silencio después de ver pasar a un tío bueno me hacen pensar en lo divertido que sería poder interpretar sus signos sin que ellas lo supieran. En el fondo del local, camuflada bajo una melena desordenada, una mujer de mi edad observa con curiosidad a la clientela. Cuando adivino la trayectoria de su mirada, bajo la cabeza para eludir el contacto visual. Tras pedir un té, la mujer se quita la chaqueta y saca del bolsillo una pequeña Moleskine y unas gafas. Parece que ha encontrado algo de su interés. Sí, efectivamente. Dos mesas más a su izquierda, una pareja de jóvenes chinos toman una Coca Cola mientras teclean sus respectivos teléfonos móviles. Hace tiempo que no se hablan ni se miran a la cara. La chica parece menor de edad, pero eso no le impide mostrar con generosidad la exuberancia de su cuerpo. La escena es sugerente. La señora escribe acelerada en el papel. Cuando vuelve a levantar la mirada, el joven chino se está haciendo una fotografía con la Blackberry sin dejar de sorber líquido por la pajita. A pesar de la distancia, puedo adivinar la expresión de sorpresa de la escritora, que vuelve coger el lápiz para seguir con su relato.

Al cabo de un buen rato, de manera inesperada y quizás alertada por una intuición, la mujer levanta la cabeza, se quita las gafas y, en lugar de enfocarse en la parejita oriental, dirige la mirada hacia mi mesa. La rapidez del gesto me pilla por sorpresa. Me siento cazado. Aún así, no evito el diálogo. ‘¿Qué? —intuyo que me dice—, ¿tú también?’. Sí, yo también, le insinúo con un gesto arrepentido. A mí también me apasiona observar lo que ocurre a mi alrededor para ponerlo a disposición de mi imaginación.

CONFESIONES EN EL TREN

El vagón está medio vacío. Un grupo de juerguistas duermen la resaca del fin de semana en los asientos de atrás. A mi izquierda, dos azafatas extranjeras apuran el reposo antes de subirse al taxi que las llevará al aeropuerto. La película que pasan en los monitores de plasma está llegando a su fin. Cuando llegan los créditos, giro la cabeza hacia la ventana para disimular el llanto. La noche esconde el paisaje. Al rato, aún con los ojos húmedos, miro hacia la siniestra y cruzo la mirada con la azafata más atractiva. Ella no quiere fingir la emoción. Al contrario, aprovecha la llorera para compartir el sentimiento. ‘¡Qué bonita! —dice en un inglés perfecto—, siempre que la veo me pongo así’. Empezamos a hablar de la película, de la superación, de la discapacidad. Sin buscarlo, nos ponemos a hablar del amor. De lo difícil que es encontrar una persona que nos complete. De pronto, la chica retoma el llanto con ganas. Mientras se seca la cara con un pañuelo de papel, se acerca a mi asiento y me cuenta en voz baja su historia.

‘Hace diez años me enamoré de Carl, un ucraniano que conocí en el trabajo. Fue un amor a primera vista, de aquellos que sirven para perpetuar el mito. Me costó nada saber que era mi hombre. A su lado mi vida era más fácil. Más todo. Al cabo de unos meses de casarnos, un brote esquizofrénico se interpuso entre los dos. Ingresos, médicos, terapias, pastillas. Un infierno. Su familia me lo quitó de las manos y lo encarceló en una centro psiquiátrico de su país sin darme ninguna opción para hablar con él. ‘Prescripción médica’ —mintieron. Tardé algunas semanas antes de recoger el dinero y el valor para ir a Kiev. Allí, menos prostituirme, hice de todo para encontrar el hospital. Finalmente, con la presencia de un celador, pude tener una conversación con Carl. La enfermedad y los fármacos se lo habían llevado. Sin embargo, en el fondo de su mirada encontré una brizna de esperanza que es la que hoy aún me mantiene con vida.’

LA PUERTA DE ATRÁS

Mamá, papá,

Esta noche no vendré a dormir. Y la próxima, tampoco. Ni la otra. Ni ninguna de las noches de la semana que viene. De hecho, no sé si algún día volveré a dormir en vuestra casa. Sí, he dicho bien. Vuestra casa. Vuestra residencia familiar. Vuestro palacio. Llamadle como queráis, pero sabed que este lugar al que llamáis hogar ya no es el mío. De hecho, nunca lo fue. Quizás por eso me cuesta tan poco hacer la maleta. Me voy a respirar un poco, lejos de vuestro dinero y vuestra reputación. Porque si sigo aquí, bajo este océano de normas y falsedades, me ahogaré. Me desintegraré. Me voy para dejar de ser la fuente de vuestras preocupaciones y para que podáis seguir interpretando sin interferencias el papel de familia feliz. Estoy tiesa de tanto fingir. Me he quedado sin palabras de tanto callar. ‘No hagas esto’. ‘No vayas allí’. ‘No salgas con este’. No, no, no. Vuestra afición por la negación ha acabado por borrarme del mapa. Ya no sé quién soy. Y estoy a punto de no saber lo que quiero. Y vosotros no deseáis esto para vuestra hija, ¿verdad?  Vosotros y vuestra religión queréis que sea una mujer de bien. Pues sabed que el bien para mí, ahora que tengo la ley de mi parte, pasa por abandonar este infierno y perderme en algún lugar donde empezar a encontrarme.

Vuestra hija

ROUTINE THAT IS CRIMINALLY VULGAR

La hija soplaba las velas de su mayoría de edad sobre un pastel prefabricado sin que ninguno de los presentes se dignara siquiera a tararear el cumpleaños feliz. El hijo pequeño, que apenas probó bocado en toda la comida, siguió con la mirada clavada en la consola. El padre, habano en ristre, se limitaba a tocarle los cojones al camarero pidiéndole más hielo para refrescar la tercera botella de champán francés y un platillo donde posar las cenizas de su desidia. La abuela se repasaba el carmín de los labios frente a un espejo circular después de soltarle a la nieta un billete de cien. El abuelo, pobre, bastante trabajo tenía con mantener los ojos abiertos y no sucumbir a la presión del sopor.

Y ella, la madre, con la cara escondida tras una melena estratégicamente peinada para ser utilizada como parapeto, miraba disimuladamente entre las mesas vecinas de la terraza alguna excusa para distraer su aburrimiento. O tal vez no. Tal vez lo que pretendía era comprobar si alguno de los presentes se estaba dando cuenta de la desafección tan escandalosa que reinaba en su familia.

ESTAT CATALÀ SÍ, PERÒ AMB ACCENT A L’ESTAT

El Sr. Mas va dir a Madrid que després de trenta anys d’intents inútils per encaixar Catalunya dins España havia arribar l’hora de tenir estructures d’estat pròpies. Aquella mateixa setmana sortia als mitjans de comunicació una notícia relacionada amb l’Institut d’Hisenda Català. I dies abans, el govern català havia desvetllat el projecte Barcelona World. És la independència una qüestió financiera?

És cert que la crisi econòmica ens ha despertat a molts catalans un sentiment d’independència que romania adormit, però en el meu cas no són únicament els diners els que mouen aquesta reivindicació. Ni tant sols la llengua o la cultura o la recerca d’una identitat. El que m’il·lusiona d’aquesta oportunitat històrica per tenir un estat propi és, precisament, el disseny de l’estat.

Quins instruments tindrà aquest estat per assegurar la independència del sistema judicial? Com es garantitzarà la participació ciutadana en les decisions clau del govern? Quins mecanismes de control es posaran en marxa per detectar fraus, malversacions, prevaricacions o tràfic d’influències? Seguirem amb l’arcaica llei electoral? Què farem amb el sistema educatiu? Com es gestionaran les polítiques de subvenció? De quina manera donarem sentit a la paraula transparència, igualtat d’oportunitats o dignitat?

M’apunto a la tesi d’en Jaume Barberà: «La independència no és la finalitat, sinó una il·lusió i una esperança. Il·lusió per construir. Esperança per tenir una societat millor.»

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