POR FIN (6)

Una nueva concepción de la pareja, según John Welwood:

El matrimonio tradicional lograba la estabilidad cumpliendo con una función social prescrita. El matrimonio moderno, por el contrario, no se basa tanto en la función como en el sentimiento. No es de extrañar, pues, que sea tan inestable, puesto que los sentimientos románticos, aunque inspiradores, son manifiestamente volubles. Necesitamos encontrar unos nuevos cimientos sobre los que asentar las relaciones a largo plazo, unos cimientos distintos a los meros deberes sociales pero también ajenos a toda motivación romántica; necesitamos, en suma, de una nueva visión y contexto global que puedan orientar e inspirar adecuadamente a las parejas. 

El mejor modo, en mi opinión, de cultivar un nuevo tipo de compromiso en la relación de pareja es el de considerarla como una ocasión para despertar a nuestra auténtica naturaleza. Para que una relación florezca es preciso que refleje y promueva lo que realmente somos, más allá de cualquier visión limitada estipulada por la familia, la sociedad o nuestra propia mente. En este sentido, la relación no tiene que basarse en una mera forma, función o sentimiento, sino en la totalidad de nuestro verdadero ser. Y esto implica un auténtico desafío, porque nos obliga a emprender un viaje en busca de nuestra naturaleza más profunda. De este modo. la relación con la persona amada puede convertirse en uno de los vehículos más apropiados para llevar a cabo el viaje del desarrollo personal y espiritual.

POR FIN (5)


En el mismo momento en que podía conectar con la bondad básica de mis clientes –el anhelo y la predisposición a ser quien uno es y a conectar plenamente con la vida–, no como un ideal ni como un mero pensamiento positivo, sino como una realidad viva, podía crear una especie de alianza con el núcleo esencial de salud que descansa en cada uno de nosotros. Y en tal caso podía ayudarles a permanecer consigo y atravesar cualquier cosa que estuvieran experimentando, por más terrible que pudiera parecer. (…) De este modo, el hecho de establecer contacto con la bondad básica que subyace a sus conflictos me permite conectar con la profunda vitalidad que circula en su interior y se mueve entre nosotros en el momento presente, lo que hace posible una conexión de corazón que alienta la auténtica transformación. 

Cuando estamos trabajando, la conciencia de mi cliente y mi propia conciencia son los dos extremos del mismo continuo. Y, aunque esto pueda parecer un tanto extraño y místico, lo cierto es que tiene un sentido muy práctico. El miedo es esencialmente miedo, la inseguridad es esencialmente inseguridad y el deseo bloqueado es deseo bloqueado, aunque puedan asumir multitud de formas y significados en el caso de individuos diferentes. Así pues, la comprensión de que comparto la misma conciencia con mis clientes me ayuda a abrir mi corazón y no cerrarme a una posición de distancia clínica.

EL ÚLTIMO APOCALIPSIS

En las pasadas elecciones andaluzas el PP consiguió una victoria tan ajustada que le impidió formar un gobierno de mayoría. Al confirmarse los resultados, el periodista Pedro J. Ramírez escribió en su cuenta de Twitter: «Lo ocurrido en Andalucía complica mucho la política de ajuste de Rajoy y acerca a España a un escenario de rescate y economía intervenida.» Cuando leí el texto me enervé. El tono del titular escondía un patrón que, desafortunada e inevitablemente, se ha convertido en un arma habitual de destrucción masiva: el miedo. El tiempo ha confirmado que el rescate español no tiene ninguna relación causa-efecto con lo ocurrido en Andalucía. Y ahora que se saben los hechos conviene, en mi opinión, volver un momento al pasado para reflexionar sobre el venenoso poder que pueden ejercer determinados políticos, periodistas o tertulianos cuando tiran del miedo para defender sus ideas o decisiones.

Tomar conciencia, para mí, es también un ejercicio de destilación de los mensajes que nos llegan del exterior. Hay mucho dinero, mucho poder en juego y quienes lo persiguen apelan a cualquier argumento sin ningún tipo de escrúpulos. El miedo, la codicia o el egoísmo son emociones que, si se apoderan de nuestra voluntad, nos convierten en seres muy vulnerables. Por eso resulta tan poderoso aprender a permanecer en nuestro centro. Ahí, plantados, no hay nada ni nadie que nos pueda mover. En ese lugar tenemos la capacidad de ver venir el miedo, dejar que nos atraviese y permitir que se vaya sin habernos afectado lo más mínimo.

SALIR DEL ARMARIO

Cuando Pep Guardiola anunció su dimisión, el decano de las retransmisiones en catalán de los partidos del Barça, Joaquim Mª Puyal, aprovechó la tribuna que le otorgaba su radio y su prestigio para hacer memoria, entre otras cosas, que hay «personas que mandan en el club que se refieren o se referían a Guardiola como el ‘Dalai Lama». Sí. Dalai Lama. O maricón. O filósofo. Al ex entrenador del Barça le han dicho de todo. Su tono conciliador, su afición por la poesía, su sensibilidad en el trato, su atención a la imagen personal o su mensaje emocional han dado motivos a ciertas lenguas para ponerle etiquetas peyorativas ‘váyase-usted-a-saber-con-qué-fin’.

No todos los que hablamos de emociones, de espiritualidad, de crecimiento personal o de conciencia universal somos veganos, vestimos de lino blanco, hemos ido a la India o olemos a incienso. De la misma manera, no todos los que creen en la religión católica van a misa cada domingo, llevan una Biblia debajo del brazo o se cuelgan una cruz en el cuello. ¡Basta ya de esteriotipos! El terreno de lo intangible no es patrimonio de nadie. La palabra Amor, tampoco. Defiendo el derecho a hablar libremente de nuestras creencias en cualquier ámbito sin que sea causa de mofa por parte de quienes se oponen a ellas o las desconocen. Defiendo, también, la responsabilidad de quienes tratamos con este material sensible para que hagamos un esfuerzo por simplificar y normalizar nuestras opiniones al respecto.

¡POR FIN! (4)

Podría contar con precisión y sin duda los escasos momentos de mi vida en que he empezado a leer una novela y, a medida que ido avanzando en la historia, he tenido que hacer un esfuerzo para ralentizar la lectura con el fin de demorar la llegada del desenlace final. La psicología del despertar de John Welwood es el primer ensayo que ha rescatado en mí esa sensación. Lo empecé a leer a mediados de mayo y, a día de hoy, todavía no lo he acabado. Y es que no lo quiero acabar. Saber que aún tengo varios capítulos en la recámara me da tanto bienestar como abrir la nevera y comprobar que aún me queda una botella de champán francés. Cada vez que leo un capítulo me apetece cerrar el libro y dejar que ese conocimiento, esa idea fluya dentro de mí y se integre en el inconsciente. Las propuestas de Welwood, a pesar de ser controvertidas y heterodoxas, me resultan sorprendentemente familiares:

«Cuando dos personas se encuentran y conectan, comparten la misma presencia de conciencia. No hay modo alguno de dividir netamente ‘su conciencia’ de ‘mi conciencia’. Y debo decir que no estoy hablando aquí de saltar los límites convencionales ni tampoco de identificarme con los problemas de mis clientes sino de permitir que la experiencia de la otra persona resuene a través de mi. El trabajo terapéutico resulta mucho más grato y eficaz cuando puedo considerarlo como parte de nuestro viaje común por las turbulentas aguas de la mente hacia el descubrimiento del fundamento auténtico de la presencia humana.»

LOS MACHOS DE VERDAD SE EMBORRACHAN Y SE VAN DE PUTAS

No, no es una frase de principios del siglo pasado. Ni de un país remoto. Ésta es una afirmación que uno de mis conversadores escuchaba habitualmente de boca de sus congéneres durante las reuniones familiares del fin de semana. A media tarde, cuando los varones de este clan habían consumido el alcohol necesario para agriar aún más la mala leche que traían de serie, se entretenían en bombardear la autoestima de este hombre con comentarios machistas que la hacían dudar de su vocación por la cultura y el cuidado infantil.

Ahora, este hombre está felizmente separado tanto de su mujer como, sobre todo, de la banda de descerebrados que lo trataron como un paria. También anda un poco despistado, intentando buscar un lugar en este mundo que lo acoja sin reproches ni condiciones. De momento, sus hijos empiezan a disfrutar de un padre nuevo que, además de seguir ocupándose de su bienestar y su educación, ha aprendido a compartir con ellos sus inquietudes y a mostrarles ese rostro más amable, más tierno que permaneció oculto tras el temerario telón de la vergüenza y el escarnio.

PARADIGMAS, ¿PARA QUÉ? (2)

Dicen que Ferran Adrià gastaba muy malas pulgas con su equipo de cocineros cuando las cosas no salían como él quería. No seré yo quien ponga en duda esta versión menos idílica del genio, pero, a la luz de los hechos públicos, la figura de este cocinero sólo merece alabanzas. Y es que, además de darle la vuelta a la tortilla de la alta cocina, hay una aportación de Adrià que va más allá del mundo gastronómico.

Consciente o inconscientemente, interesada o generosamente, Ferran Adrià tuvo la necesidad de compartir su creatividad con el resto del mundo y empezó a presentar su trabajo en congresos gastronómicos. Fue el primer chef en exponer públicamente su metodología, en explicar cuáles eran los pasos que había dado para llegar hasta ahí y, mucho más revelador y significativo, en detallar cómo los había hecho. La sferificación, la liofilización o el uso del nitrógeno para cocinar un producto eran técnicas creadas en un pequeño taller de la Costa Brava que, en cuestión de semanas, podían llegar a cualquier rincón del planeta para su utilización inmediata. Se había destruido otro paradigma. Ahora los cocineros ya no guardaban sus secretos en la trastienda del restaurante para ser famosos, ahora si querían ser famosos tenían que sacarse el delantal e ir a un certamen a presentar alguna novedad. 

A mí, personalmente, y después de experimentar durante años el uso partidista, especulativo y restrictivo que se hace de la información en el mundo empresarial, en particular, y en el mundo, en general, esa labor divulgativa me parece de una generosidad admirable. Es como si Ferran hubiera asimilado que todos esos conocimientos, todas esas ideas no le pertenecían o, si acaso, no le pertenecían sólo a él. Parecía que hubiera tomado conciencia de la magnitud y de la trascendencia de su trabajo y necesitara difundirlo de forma altruista, como haría un alquimista que hubiera descubierto el elixir de la inmortalidad y le regalara al mundo su receta.

PARADIGMAS, ¿PARA QUÉ?

La palabra paradigma está de moda. En este blog, sin ir más lejos, la he utilizado cuatro o cinco veces para referirme a la propuesta que planteo a la hora de conversar genuinamente con una persona. Durante los últimos años he escuchado muchos ejemplos que me han servido para entender el significado de este término, pero el que me pareció más contundente y revelador lo encontré en la serie documental El Bulli, historia de un sueño.

‘La menestra de verduras de Ferran -dice el gastrónomo Philippe Regol en el cuarto capítulo de la serie documental- es un cambio de paradigma culinario. Ya no es considerar el producto y los ingredientes y ordenarlos; es cuestionar cada producto, traducirlo y crear otro concepto de plato, que deja de ser una menestra de verduras y se convierte en otra cosa’. Efectivamente, la Menestra de Verduras en Texturas que inventó Ferran Adrià en 1994 mientras trataba de interpretar la gargouillou de su admirado Michel Bras, rompió un paradigma establecido: para saborear un producto no era necesario verlo físicamente, sino que se podía disociar de su estructura original, sin que, por ello, quedara hipotecada su aportación gustativa. Esta reflexión, en principio tan banal, marcó el inicio de la revolución que lideró este genio creativo. Hasta ese día, una menestra de verduras era una puzzle, más o menos ordenado, más o menos cocinado de vegetales. Ahora, una menestra de verduras era una mezcolanza de sorbetes, purés, gelatinas, mousse o helados con sabor a verduras.

Raviolis líquidos, espumas de humo, polvo de foie gras, mango como pasta, sopas que son salsas. Con una representación ‘deconstruida’ de los platos, Ferran Adrià incorporaba al comensal a la receta. Por ejemplo, el arroz a la cubana dejó de emplatarse con la tradicional base de arroz hervido bañado en salsa de tomate y coronado con un huevo frito y se empezó a presentar en forma de crema (arroz), buñuelo con textura de algodón (huevo) y granizado (tomate). El plato se servía deconstruido, inacabado, pero el comensal, cuando lo ingería, y gracias a su memoria gastronómica, tenía la posibilidad de reconstruirlo de nuevo en su imaginario privado, convirtiéndose él mismo en un ingrediente más. Un ingrediente, y ahí viene la genialidad de la propuesta, que no se podía ver ni saborear, pero que tenía un papel fundamental en la elaboración del mismo. El protagonismo de la obra culinaria se desplazó al comensal, que, gracias a su interpretación única y exclusiva, conseguía que cada arroz a la cubana que se servía en El Bulli fuera un plato irrepetible.

EL NUEVO DIOS

Asisto a la presentación de un curso. En la sala hay una docena de personas, la mayoría de sexo femenino. El ponente nos hace una exposición muy breve del contenido, la duración y el coste del curso. A continuación, con el fin de mostrar la eficacia de la metodología, nos divide en grupos de tres para realizar diferentes ejercicios prácticos. Los resultados son contundentemente eficaces. A tenor de las primeras impresiones, parece que todos nos apuntaremos. 

Cuando acaba la presentación, ya en la calle, hacemos un corrillo entre seis o siete de los asistentes para discutir la jugada. El comentario es mayoritario: la herramienta parece muy poderosa e interesante, el precio es asequible, pero el facilitador tira para atrás. La opinión generalizada, incluida la mía, es que el hombre se ha comportado, sobre todo en el apartado de preguntas, como un arrogante, con muy poca flexibilidad y con un punto de soberbia. Ninguno del grupo se inscribirá.

Y es que en esto del desarrollo personal (y de tantas otras disciplinas) es muy fácil dar con ‘neo gurús’ que se creen el centro del universo por el hecho de haber accedido a una metodología, práctica o terapia cuyos resultados son palpables y duraderos. Son personas que muestran un determinado ‘estar-en-el-ser’, pero que no lo demuestran en su presencia. Hay algo en su discurso que chirría. No sé. Como si todo fuera una pose para seducir, más que para atraer. Como si escondieran alguna carta, alguna motivación egoísta debajo de esa sonrisa tan encantadora. Cuando alguien se planta delante de una audiencia y habla de transformación interior y es incapaz de transmitir humildad y generosidad está distorsionando y cuestionando, en mi opinión, la validez de su propuesta.

(NO) HACER EL AMOR

El sexo genital, físico es maravilloso. Descubrir esa zona erógena inaudita. Exprimir la boca del otro. Agitar los cuerpos hasta el orgasmo. Tocar, chupar, morder, arañar. Cuando prende la chispa entre dos amantes, el fuego, es decir, la acción invade el diálogo corporal hasta que éste alcanza el éxtasis y la extenuación.

El sexo consciente también utiliza el movimiento como lenguaje erótico. Pero aquí, la conversación está repleta de pausas, de reposos. Oler el aroma que asoma tras un suspiro. Descender hasta lo más vulnerable del otro a través de su mirada. Encontrar placer en el preámbulo. En la intención. En el pensamiento. Sostener la caricia hasta el infinito. Hablar sin parar. Parar sin hablar. Aquí, en la quietud, emerge una nueva sexualidad inédita en la que no hay normas, ni fines, ni inicios. Una sexualidad tan vasta y virgen como una hoja en blanco. Una sexualidad carente de referencias o anclajes que convierte a los amantes en co-actores de una obra improvisada y efímera que, para ver la luz, necesita de su intuición para que ambos puedan acceder a los recovecos más sublimes que aparecen a lo largo de la puesta en escena.

Ya lo dice Artur Schnabel: «Yo no toco las notas mejor que muchos pianistas, pero las pausas entre las notas… ¡ahí es donde reside el arte!».
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